El salto mortal italiano

  • Descalabro electoral del centro
  • Alerta máxima en Unión Europea

 

La sorpresa tras las elecciones del domingo pasado en Italia fue mayúscula. El país amaneció ese día bajo un gobierno centrista pero al día siguiente lo hizo con una votación mayoritaria de izquierda y contra el establecimiento. El voto protesta arrasó, incluso en antiguos bastiones regionales caracterizados por el conformismo político y el respeto al orden. Se sabía que el partido “Cinco estrellas” sacaría una alta votación, sin que pudiese alcanzar la mayoría. Al parecer la estrategia de esa agrupación en torno a mostrarse partidaria de salirse de Unión Europea, así como sus postulados políticos antisistema, típicos del siglo XIX, incluso con cierta moderación del discurso en la antesala de las urnas, consiguió cautivar a un amplio espectro de descontentos, indecisos y sin partido.

Lo sorprendente es que por esa vía a última hora la izquierda obtuvo una mayoría relativa. Algo que ni sus jefes más entusiastas imaginaban días antes como tampoco lo presagiaban las encuestas. Los sondeos previos le daban el triunfo a Silvio Berlusconi quien, por cierto, había evolucionado al centro y se presentaba como una suerte de salvador de la sociedad y garante del orden, que podría impedir que los extremos de izquierda y de derecha amenazaran la estabilidad italiana y la de la Unión Europea. Pero a la hora de las urnas en un país donde la opinión está polarizada la maniobra política de Berlusconi tuvo el efecto contrario y no pocos de sus seguidores terminaron votando por los extremistas de la Liga Norte.

Así las cosas, una unión Europea centrista o incluso con el ascenso de partidos de derecha, de improviso se encuentra que en Italia, uno de los corazones del sistema comunitario,  se levanta la bandera roja del inconformismo y de lucha contra los postulados económicos ortodoxos que impulsa Alemania y que hasta el presente se seguía a rajatabla en la bota itálica.

El voto de protesta amenaza con conducir a Italia por un túnel oscuro en el que, por ahora, no se ve la luz a corto plazo. Los resultados matemáticos de la elección son abrumadores y elocuentes. Uno de cada dos italianos el domingo pasado depositó en las urnas su voto por la “Cinco estrellas”, de izquierda, o La Liga Norte, de derecha. Esas dos agrupaciones pese a ser antagónicas se nutren del mismo electorado de las barriadas de las grandes ciudades, en donde prima el inconformismo. En ambas orillas se critica tanto el manejo interno del país como su rol en la Unión Europea. También van en contra del neoliberalismo, son anti-europeístas y contrarios a la política migratoria flexible que abanderan los alemanes.

Lo más preocupante es que los dos extremos de la política italiana han crecido casi que sigilosamente a costas de las fuerzas políticas tradicionales, que no fueron capaces de  percibir el cansancio del electorado y la consecuente voluntad de las masas por dar un salto al vacío con tal de salir de la rutina y el desgaste político del centrismo así como de los arreglos bajo la mesa, en los cuales Berlusconi es un maestro.

El partido “Cinco estrellas”,  fundado por el cómico Beppe Grillo, ha conseguido el 32,6 por ciento de los votos. Es decir, uno de cada tres depositados el domingo. Y La Liga Norte, de Mateo Salvini, sumó el 17,4 por ciento de los sufragios, superando por primera vez las toldas de Berlusconi. Y convirtiéndose, de paso, en la primera fuerza de la centroderecha italiana y en la tercera colectividad de ese país, detrás del Partido Democrático (PD) y la sorprendente facción izquierdista. No hay que olvidar que Salvini, quien cuadriplicó sus votos, promete expulsar a medio millón de inmigrantes. A su turno, el PD, baluarte del centrismo, obtuvo su peor resultado desde 1947, con apenas el 18 por ciento del electorado. A su jefe, Matteo Renzi, no le quedó otra que anunciar su dimisión como secretario general y dar un paso al costado.

De otro lado, Forza Italia, de Berlusconi, vio mermados sus votos a apenas un 14 por ciento. El ex primer ministro trató de justificar el descalabro con el argumento que otro gallo cantaría si él hubiese sido la cabeza de lista, pero estaba inhabilitado por un delito fiscal.

El cambio político del electorado en Italia es tan profundo que Europa tiembla frente al riesgo que implican los extremos en ese país, en caso de que para hacerse al poder parlamentario acuerden un gobierno conjunto. No se sabe que sería peor: si la confrontación entre esos dos bandos o un eventual entendimiento político para formar gobierno. En cualquiera de las dos alternativas se da al traste con la política centrista que prevaleció en Italia aun en tiempos de los gobiernos de Berlusconi, un millonario populista que, en la práctica, es partidario de la ortodoxia en el manejo de la economía.