Un planeta sediento

  • Poco que celebrar en Día Mundial del Agua
  • Datos globales y locales muy preocupantes

 

A mediados de año pasado la prestigiosa organización no gubernamental Global Footprint Network reveló un curioso indicador: el 2 de agosto de 2017 la humanidad ya habría consumido la totalidad de recursos que el planeta podía renovar en un año. En otras palabras, que desde esa fecha hasta el 31 de diciembre pasado, todo lo que la población mundial consumió era a “crédito”. El indicador, denominado técnicamente el “día del rebasamiento”, se calcula haciendo un cruce de variables en las que se analizan la llamada huella carbono y los recursos demandados por la humanidad como pesca,  ganadería, cultivos, construcción y la utilización del agua.

Los científicos alertaron sobre el peligro que significa que cada vez ese “día del rebasamiento” se presente más temprano en el año, a tal punto que para satisfacer toda la demanda mundial de recursos factibles de renovarse en doce meses sería necesario contar con el equivalente a 1,7 veces más de lo que produce el planeta. Se advirtió, entonces, que el costo de este sobreconsumo era muy alto y se traducía en escasez de agua, desertificación, erosión de los suelos, caída de la productividad agrícola y de las reservas de peces, deforestación y desaparición de especies. Todo ello con el consecuente deterioro de la calidad de vida de la población mundial en todos los aspectos.

En vista de que el próximo jueves se celebra el Día Mundial del Agua es bueno traer a colación ese preocupante indicador, más aún porque si hay un recurso que está desapareciendo en el planeta es, precisamente, ese vital líquido. Las cifras son alarmantes. Según distintas agencias de Naciones Unidas, a nivel mundial la escasez de agua ya afecta a cuatro de cada 10 personas. La falta del vital líquido o su mala calidad aumenta el riesgo de diarrea, que mata a aproximadamente 2,2 millones de personas cada año. La cuestión es tan dramática que para 2025 se espera que 1,8 mil millones de personas que viven en países o regiones con escasez absoluta de agua, y dos tercios de la población mundial podrían estar en condiciones de “estrés hídrico”. De igual manera el aumento de las temperaturas y el desorden climático disminuyen cada vez más el rendimiento de los cultivos, haciendo de la inseguridad alimentaria una crisis global. No menos grave resulta que el 90 por ciento de todos los desastres naturales están relacionados con el agua. Otro dato: las pérdidas económicas anuales por las tragedias  relacionadas con el clima pueden llegar a los 300 mil millones de dólares. Y hay más: ecosistemas en todo el mundo, en particular los humedales, están en declive; el número de lagos con las floraciones de algas nocivas se incrementará en al menos el 20 por ciento hasta el año 2050; se estima que uno de cada cinco de los acuíferos del mundo está siendo sobreexplotado; se prevé que la demanda de agua global aumente 55 por ciento en 2050; mundialmente, más del 80% de las aguas residuales que se generan vuelven a los ecosistemas sin ser tratada ni reciclada; 1.800 millones de personas usan una fuente de agua contaminada por material fecal; en la actualidad más de 663 millones de personas viven sin suministro de agua potable cerca de su hogar…

La lista de alertas es interminable y eso que no se mencionan aquellas de corte casi apocalíptico que advierten que la tercera guerra mundial se desatará por el dominio y acceso a las reservas de agua.

Para países como Colombia, que se considera una potencia en materia hídrica, es claro que las amenazas que se ciernen sobre el agua son aún más preocupantes. No hay que olvidar, por ejemplo y según cifras del Ministerio de Medio Ambiente, que nuestro país posee 20,5 millones de hectáreas de ecosistemas acuáticos. De igual manera se estima que el  rendimiento hídrico promedio para el país supera seis veces el mundial y casi tres el de Latinoamérica. Además, hay un alto potencial de oferta hídrica subterránea, que supera casi tres veces el potencial de agua superficial.

Lamentablemente una parte de esa riqueza está en peligro por cuenta no solo del cambio climático -Colombia es uno de los países más vulnerables-, sino por prácticas como la deforestación, la contaminación de fuentes hídricas, invasión de cuencas fluviales, mala disposición de aguas residuales, agro no tecnificado ni enfocado en desarrollo sostenible, acidificación de suelos, erosión costera, urbanización desordenada, auge de narcocultivos y minería ilegal…

Como se ve, este jueves, en el Día Mundial del Agua, pocos son los motivos para celebrar, pero sí muchos, y muy graves, para preocuparse y cambiar el rumbo. Es sencillo: si el agua es vida, su escasez no implica nada distinto a la muerte.