Los debates presidenciales

  • Un rito de la democracia
  • Imparcialidad de la televisión

 

Según el diccionario de la Real Academia de  la Lengua se entiende por “debate” la realización de una controversia entre dos o más personas. De esta forma, cuando se hacen preguntas banales o las respuestas caen en lugares comunes, no se da el debate.

Existen unos temas fundamentales a discutir cuando se plantea un cara a cara entre candidatos presidenciales. Aquellos que atañen a las necesidades básicas de la sociedad y de los individuos. En el caso de nuestro país, por ejemplo, la ciudadanía tiene el derecho a saber qué planes y compromisos propone cada aspirante a la Casa de Nariño en cuanto a asuntos de primer orden como seguridad y paz. Tanto en los campos como en las ciudades las amenazas de los violentos suelen ser de diversa índole, ya sea por la agresión de los grupos armados ilegales o por el acoso constante del hampa común. 

Por eso en los debates recientes entre los presidenciables estos son temas recurrentes, lo mismo que lo relacionado con el acuerdo firmado con las Farc o la negociación con el Eln. Igual hay gran interés sobre los planteamientos en materia de política internacional y economía. No menos crucial es lo relativo a la seguridad jurídica, que se ha convertido en un dolor de cabeza para los empresarios, así como en la reforma al sistema de salud, que pese a cuantiosas inversiones y cotizaciones de millones de trabajadores, nada que presta un servicio de calidad. A la par de todo lo anterior se discute sobre ajuste integral a la justicia o los mecanismos para el fortalecimiento del Estado…

Permitir que la opinión pública pueda conocer de primera mano qué propone cada aspirante sobre los temas más coyunturales y estructurales del país, cuál es el perfil del candidato, los rasgos de su personalidad, su capacidad comunicativa y el nivel de carisma y credibilidad es, precisamente, la razón de ser de los debates.

Los realizados hasta el momento en Colombia, en el marco de la actual campaña, evidencian que no todos candidatos tienen la misma trayectoria política ni sus programas la suficiente solidez para responder a las urgencias de la Nación. Tampoco hay similitud en la experiencia en lo público y lo privado, e incluso en el ejercicio de altas responsabilidades de gobierno. Esas conclusiones poco a poco han ido marcando y generando en el elector un principio de diferenciación política, que es la base de un voto informado, sea cual sea el sentido del mismo. Ese, como se dijo, es el sentido de los debates.

Por lo mismo, cuando la mecánica de estos o sus conductores no contribuye a ese objetivo, se incurre en un craso error. Se han dado algunos casos en que los moderadores y los periodistas se enfocan o dirigen las intervenciones de los candidatos hacia temas muy teóricos, gaseosos, otros menores o incluso crean esquemas complicados para escoger las preguntas, distribuir el tiempo de las respuestas de los candidatos o permitir sus réplicas y contra-réplicas. Por esa vía lo único que se consigue es que los debates sean repetitivos, confusos y hasta aburridos.

En realidad los debates fueron inventados por la televisión en los Estados Unidos, con la finalidad de que el gran público pudiese asistir, desde sus hogares, trabajos y otros lugares, a la competencia argumental entre quienes querían llegar al poder. Para ello el moderador o periodista debe buscar ser el vocero de los espectadores y llevar a los aspirantes a que respondan sobre los temas que más les preocupan o interesan a la opinión pública. Por lo que las preguntas deben estar orientadas a la exposición de esos planteamientos y a facilitar la sana controversia. Por lo mismo, en las mecánicas más acertadas de los debates se permite que los candidatos se pregunten y repliquen.

En Estados Unidos han sido famosos los grandes debates protagonizados por Jhon F. Kennedy y Richard Nixon, así como por Ronald Reagan y Jimmy Carter, e incluso más recientemente entre Donald Trump y Hillary Clinton.

Se recuerda que Reagan derrotó a Carter, por cuanto este último creyó que podía devorar al actor y desconceptuarlo por su edad y poca experticia, sin percatarse de la capacidad comunicativa y la fuerza argumental del primero. A su turno, Nixon, más experimentado como burócrata que Kennedy, perdió con este en el principal debate, ya que el joven político se veía fresco y confiable, mientras que el entonces vicepresidente lucía barbado y cansado.

Es propio de la democracia facilitar a todos los candidatos participar en los debates, hasta que al final se va depurando la contienda y terminan controvirtiendo los favoritos. Pero para que la audiencia sea masiva, es necesario que los cara a cara tengan agilidad y atractivo, y que los protagonistas sean los candidatos y no los moderadores, ni mucho menos la intrincada mecánica. Hay que tener claro que el público en televisión y en otros medios que pueden transmitir en vivo es muy exigente y si nota que se repite la discusión, nadie dice nada interesante o no hay claridad, simplemente cambia de canal, apaga o se va. Algo por el estilo ocurre cuando el espectador  presiente que los periodistas o moderadores de alguna manera intentan favorecer a determinado aspirante o desfavorecer a otro. La imparcialidad y objetividad de los conductores es clave para que el público no solo siga la competencia de ideas y programas, sino para que con base en esta decida sus preferencias políticas o electorales. La televisión es, por excelencia, uno de los medios más masivos y que permite a los aspirantes captar nuevos seguidores o perderlos.

Así las cosas, es imprescindible que en los debates sus organizadores actúen con la objetividad y suficiente dinámica que demanda la controversia transparente y argumental entre los aspirantes a gobernar. Si no se cumple esa premisa, el debate simple y llanamente no cumplió su objetivo.