El factor Putin

  • Rusia y la geopolítica mundial
  • La eterna sombra de los zares

 

Vladimir Putin se posesionó ayer por cuarta vez como  presidente de Rusia. La ceremonia, que recordó el pasado imperial de los zares, se distinguió por la solemnidad y los más seis mil invitados que arribaron a Moscú. Es claro que el 76 por ciento de los votos que obtuvo en los últimos comicios el mandatario se deben, según analistas, al eco popular a sus duras posturas ante Occidente, la Unión Europea y Estados Unidos. Posturas que han contribuido a que gran proporción del pueblo ruso se aglutine en torno a él, aunque enfrenta, con rudeza, a una férrea oposición.

Por siglos Rusia ha recibido la presión europea, asiática y norteamericana, por lo que está acostumbrada a resistir y defenderse. Y, por lo mismo, ha resultado inconquistable para los chinos en tiempos de los zares, para las tropas de Napoleón I e para las de Hitler, que al ordenar a sus ejércitos invadir el país de Stalin quebró su principio de no hacer la guerra en dos frentes, lo que lo llevó a perder la contienda mundial.

Putin es experto en geopolítica e inteligencia. También aprovecha al máximo las condiciones geográficas y de poder de su país para consolidar su territorio o incluso acrecentarlo, como sucedió con la polémica maniobra para apoderarse de Crimea. El máximo magistrado ruso se sabe de memoria los preceptos geopolíticos fundamentales y conoce los fundamentos de la tesis de Leopoldo von Ranke: “La política es el intento de salvaguardar los intereses propios, en medio de los conflictos de las grandes potencias, en el dominio de las ideas y en el de las realidades”. Entiende el mandatario que Rusia es un “Estado pivote” por excelencia, signado por las fronteras europeas, asiáticas y estadounidenses. Una nación que está en condiciones, pese a sus dificultades económicas, de actuar en cualquier lugar del globo, dado que Moscú tiene una mirada planetaria con la cual vigila todos sus intereses geopolíticos. Sabe ante todo del poder de la información y por eso es protagonista de primer orden en su tráfico en internet y demás medios virtuales, desde donde libra una guerra silenciosa de gigantescas proporciones.

Ayer, sereno y decidido, ante los presidentes del Tribunal Constitucional y de las dos Cámaras del Parlamento, Putin  juró respetar y proteger los derechos y libertades ciudadanas así como cumplir la Constitución, defender la soberanía, independencia, seguridad e integridad estatal. Fue enfático, en el marco geopolítico, en torno a la importancia de defender las tesis rusas en la arena internacional. Sin embargo, sabedor del porqué de su alto apoyo popular, no dudó en afirmar que los rusos “hemos aprendido a defender nuestros intereses, hemos recuperado el orgullo por la patria, por nuestros valores tradicionales".

Para no pocos analistas tanto la ciudadanía rusa como el mundo entienden que esas afirmaciones del gobernante reelegido se corresponden con el fomento y crecimiento de la formidable fuerza militar. No en vano ayer Putin insistió en la necesidad de preservar y aumentar "la seguridad y la capacidad defensiva”, cuidándose eso sí de hacer un llamado a la paz y al dialogo entre las potencias.

Si bien al mandatario ruso se le compara con los antiguos zares, lo cierto es que estos tenían un poder absoluto, en tanto el Presidente tiene controles en los otros poderes. Sin embargo es claro que gobernará por seis años más con su conocida política de mano dura que siempre trata de encuadrar dentro de los esquemas de la democracia formal.

Contrario a lo que se piensa no fue tan fácil la reelección para Putin. Debió sortear enormes problemas económicos y sociales por cuenta de la caída de los precios del crudo, así como por la guerra interna y externa que libra el terrorismo yihadista. También ha tenido que enfrentar a los separatistas supérstites de Chechenia. Y qué decir del tema sirio, en donde Moscú sigue como la columna vertebral del cuestionado régimen de Bashar al-Assad, al que el gobierno de Barack Obama intentó derrocar por cuenta de la “primavera árabe”, después de que Washington había sido su aliado por décadas. Es claro que sin Putin, sin sus fuerzas militares y su apoyo diplomático en la ONU, en pulso constante con las potencias occidentales, el gobierno sirio se habría ahogado en su propia sangre y en la de los millones de víctimas de la guerra interna.

Hoy por hoy es claro que la estrategia demócrata en Estados Unidos contra el presidente Donald Trump ha vulnerado de manera gravísima las posibilidades de entendimiento entre Washington y Moscú, cuyos desencuentros geopolíticos marcan la coyuntura política global. Aunque se espera que en este nuevo mandato de Putin se disminuyan las tensiones entre las dos potencias, en particular alrededor de temas como Irán, Siria o Corea del Norte, es claro que no será nada fácil. Putin se sabe un jugador fuerte y Trump igual en un mundo bipolar.