Jean-Paul Gasparian: el turno para el piano francés

Foto cortesía

Esta noche concluye la XI Serie internacional de Grandes Pianistas que anualmente programa el Teatro Roberto Arias Pérez en Colsubsidio de la Avenida 26.

Cuatro escuelas muy diferentes de la estética del piano se vieron a lo largo de estas semanas: la muy fogosa, brillante y emotiva de Cuba con Marcos Madrigal, que vino seguida del piano italiano, más literalista y perfeccionista en el uso de la técnica, y justa en la emocionalidad, que tuvo por exponente a Scipione Sangiovanni.

Esta noche, con Alexander Yakovlev, es el turno de la escuela rusa, que de todas es la más espectacular, como descendiente directa que es del romanticismo pianístico de la segunda mitad del siglo XIX de Liszt y de esa especie de fusión de ideales de los hermanos Rubinstein en esa misma época: el programa de Yakovlev es, como decía Tchaikovsky, «Ruso, ruso hasta los tuétanos», porque desarrolla una de las especialidades –en eso son insuperables- de los rusos, las «Transcripciones». Tanto de grandes compositores sobre obras de sus colegas y también de creadores parafraseándose a sí mismos: desfilarán así, Mussorgsky de la mano de Rachmaninov y de la de Yakolev; Glinka de la de Liszt; Tchaikovsky de la de Pletnev, y Bizet parafraseado por Rachmaninov; Prokofiev y Stravinsky se transcribirán a sí mismos.

Muchas expectativas con este final de la «Serie».

 

Una noche a la francesa en París

Debutó la noche del pasado sábado el francés Jean-Paul Gasparian. Me voy a permitir decir que en el momento justo de su carrera, cuando en los medios especializados empiezan a multiplicarse los comentarios muy elogiosos de su «compacto» de debut discográfico, en el que el joven parisino -23 años- se juega el pellejo con repertorio ruso: Rachmaninov y Scriabin. Digo que en el momento justo, porque la noche del sábado demostró que es uno de esos pianistas de mayor versatilidad. Veamos.

Abrió con una especie de «postura original», nada más y nada menos que con los «Valses nobles y sentimentales» de su compatriota Ravel, una obra de absoluta objetividad músico-intelectual. Gasparian mostró un dominio exquisito de pianismo francés, finura en el uso del pedal y el admirable colorido y sensualidad que es uno de los sellos de la escuela francesa.

Siguió en París, pero regresando de principios del s. XX a la segunda mitad del  XVIII, con la «Sonata en La menor, K. 310» de Mozart, primera de las únicas dos que Mozart escribió en modo menor. Escrita en París, en uno de los momentos más complejos y, también, inspirados de ese momento de su vida. Lo de Gasparian fue extraordinario; porque si bien es verdad que se trata de una «sonata» evidentemente trágica, también lo es que hay que tocarla -como ocurrió en la estética del XVIII-, donde la pasión se evidencia contenida en los rigores y convencionalismos de la música de la época.

Y se quedó en París, para cerrar con un clásico del s. XX, «Regard de l’Esprit de joie» de «Vingt Regards de l’Enfant-Jesus» de Olivier Messiaen, de 1945. La obra es de altísima dificultad pianística y demanda del pianista el ejercicio intelectual de «conocer» lo mejor posible la integralidad de una obra, cuya ejecución completa dura algo más de dos horas, pues en el «Regard» escogido aparecen algunos de los temas que se encargan de darle la unidad a la totalidad. De nuevo se impuso la fuerte personalidad y sensibilidad del francés, con un recorrido que, sin descuidar el virtuosismo necesario, logró transmitir la inquietud del compositor convencido de que «Dios es feliz». La obra, que exige mucho del auditorio, fue cálidamente recibida.

La segunda parte del recital fue, eso que en el medio califican de «Tour de force», porque se le midió a las «4 Baladas» de Chopin, cuya composición está, también, íntimamente ligada a París. Gasparian demostró estar en las condiciones de hacerlo. Y de hacerlo bien. Quiero decir que tiene los recursos técnicos para resolver cabalmente cuatro partituras dificilísimas y también de mantener su interpretación en los mejores niveles de concentración y profundidad. Quizá lo más importante haya sido que doblegó la concentración del auditorio a lo largo de un recorrido que inexorablemente lleva a la «Nº4 en Fa menor, Op. 52», la que más demanda del intérprete y más exige del auditorio.

En resumen, pues, una gran noche que arrancó del pianista dos «encores»: un «Nocturno» de Chopin y el «Capricho Nº 7 del Op. 116» de Brahms.