Cumbre crucial en Singapur

  • Muchos antecedentes conflictivos
  • ¿Trump desatará el nudo gordiano norcoreano?

 

Por su posición estratégica la antigua Corea ha sido blanco desde tiempos remotos de las ambiciones de sus poderosos vecinos. A comienzos del Siglo XX se desató la guerra ruso-japonesa por el predominio en Manchuria y Corea. Se trató de una lucha sangrienta en la que los bandos emplearon sus fuerzas a fondo. Se calcula que durante la confrontación se produjeron más de 150 mil muertos. El Imperio nipón ganó la guerra y, por vez primera, derrotó a una nación europea como Rusia. La postura de Estados Unidos, por entonces, fue de neutralidad. Aun así aceptó que Tokio, a los cinco años de terminada la guerra, incorporara una parte de Manchuria y de Corea a sus dominios. Luego, durante la Segunda Guerra Mundial, los norteamericanos y sus aliados de Occidente se comprometieron a liberar el territorio coreano, pero el influjo de China y Rusia evitaron que ello ocurriera después del fin de la guerra con Japón. El territorio coreano se dividió, desde 1946, en dos: una parte bajo el influjo de Pekín y Moscú, y la otra de Washington. Ya en 1948, Rusia se retira de Corea del Norte y deja a cargo un gobierno comunista bajo el mando de Kim il-Sung, quien había luchado con el Ejército Rojo en Manchuria.

Como se sabe, la división territorial de Corea se protocolizó a partir del paralelo 38 norte: de un lado, en la frontera con China, la mitad del país queda bajo control comunista; y en el sur, la otra mitad es controlada por los americanos. Se recuerda, incluso, que en la Guerra de Corea, durante el gobierno de Laureano Gómez, Colombia envió un batallón a luchar por la liberación del país, precisamente en torno al paralelo 38, ya que en 1950 había sido invadido por tropas del norte. Fue uno de los capítulos más cruentos de la denominada “Guerra fría”. La confrontación militar culminó en una especie de tablas, a tal punto que desde entonces no se ha firmado la paz entre las dos naciones.

Como se sabe, Corea del Norte tiene un régimen comunista hereditario y su pueblo nunca ha conocido la democracia. Corea del Sur, por el contrario, avanzó bajo el régimen fuerte de Syngman Rhee. Con el apoyo decidido de los Estados Unidos se concentró en la industrialización, convirtiéndose en uno de los más poderosos “tigres” asiáticos. En el entretanto, el régimen de Pyongyang decidió seguir los derroteros de Mao y concentró todos sus esfuerzos en fomentar la industria militar. Todo ello mientras varias generaciones de su población han sido tratadas como verdaderos esclavos que deben trabajar de sol a sol en los campos, en un modelo de colectivización agrícola que anula cualquier posibilidad de desarrollar una agroindustria moderna y eficiente. Como las actividades económicas privadas están muy restringidas, el país está sumido en la miseria y el hambre, bajo la perversa consigna de que deben sacrificarse para asegurar la permanencia del poderío militar.

Hoy es claro que pese al bloqueo económico de los Estados Unidos, las presiones de la ONU y de otros gobiernos y organismos internacionales, Corea del Norte no parece dispuesta a abandonar sus ensayos con misiles y armas nucleares, en un claro desafío al mundo. China permanece como su único socio comercial y político, y ello explica porque la política de aislar al régimen nunca ha sido lo suficientemente efectiva.

Para nadie es un secreto que el presidente Donald Trump heredó el creciente desafío nuclear de Corea del Norte y la actitud amenazante de Kim Jong-Un, nieto del primer dictador e hijo del segundo. Su  poderío bélico es un hecho y por ello cualquier negociación exige un alto grado de geopolítica para evitar una conflagración atómica. Así, en medio de un ajedrez de maniobras entre China y Estados Unidos, Washington decidió confrontar a Pekín sobre su influjo en Norcorea. Esto determinó que, finalmente, el líder de Pyongyang viajara a esa potencia asiática para acordar los términos y el futuro de las negociaciones con Trump.  Kim Jong-Un, paralelamente, hace un avance de distensión con Corea del Sur. Vendría, luego, el anuncio de una posible reunión de este con el presidente estadounidense, que al principio estuvo en riesgo de cancelarse pero ahora se confirmó para el próximo martes en Singapur.

Según analistas, al final la postura firme de la Casa Blanca y los grandes intereses geopolíticos y comerciales en juego, son los que determinan que China avalara el encuentro entre Trump y  Kim Jong-Un ¿Qué puede pasar? No se sabe, pero el mundo sigue atento los prolegómenos de un encuentro en el cual puede estar comprometida la paz mundial y podría surgir la distensión en Asia.