El centro radical

  • El liberalismo socialdemócrata
  • La centenaria plataforma uribista

 

Desde los tiempos del general Rafael Uribe Uribe al partido liberal le fue aconsejado correrse a la izquierda y “beber en las canteras del socialismo”. De eso hace unos cien años, pero reiterativamente se usó esa consigna, hasta los tiempos modernos, no sólo para asumir una postura socializante, de vanguardia y acorde con las aparentes sensibilidades de los militantes liberales, sino para básicamente representar una actitud de avanzada dentro del espectro político del país, sobre la cual poder empinarse y de cierta manera tildar a los demás de anticuados y obsoletos. Con ello parecía cumplirse, en esencia, un deber de consciencia. Pero además fue lo que permitió, hace unos lustros, dar un salto partidista proverbial a esa figura tan entrañable y afín a los sentimientos de ciertos sectores del liberalismo colombiano denominada la socialdemocracia. Y que ha sido la matrícula internacional de ese partido en los tiempos recientes, no solo como derrotero político, sino como motivo de orgullo y enaltecimiento.

 

Fue esto pues, en buena proporción, lo que le permitió al liberalismo correrse del centro a la izquierda, sin necesidad de dar muchas explicaciones y así aparecer a la última moda, pese a que ya en el mundo ese ideario nórdico parecía desvanecerse como producto de importación y ser un fenómeno irrestricto y exclusivo de aquellos países europeos. Previamente, sin embargo, el liberalismo, por allá en los años treinta del siglo pasado, había intentado una formulación similar en los llamados “frentes populares”, que era el mecanismo por medio del cual a las caudas partidistas se unían los sindicatos o los elementos reivindicativos que ellos pregonaban.

 

Hoy estos sindicatos fueron paulatinamente olvidados, pero tomaron otras vertientes de izquierda. El liberalismo, en tanto, logró una fuga hacia adelante de su pensamiento íntimo al incluir, en la Constitución de 1991, el “Estado Social de Derecho” como precepto fundamental y que algunos liberales suelen utilizar como sinónimo de la socialdemocracia, es decir, una especie de socialismo democrático. Una premisa, a su vez, que no es necesariamente atinente a ello, por cuanto a fin de cuentas todo Estado encarna un fin social en sí mismo, inclusive dentro de las extravagancias totalitarias de izquierda o derecha que se tomaron más de la mitad del siglo XX y que, mucho más allá de ello y por supuesto, comprometen cualquier política pública democrática y sensata que busque el bien común dentro de la libertad de mercados y el desarrollo con equidad social.

 

En todo caso, dentro de lo que podría llamarse las tendencias “uribistas” del liberalismo centenarista, es decir, las afines a Rafael Uribe Uribe, la socialdemocracia resultó la consigna más apropiada para abandonar el centro y derivar hacia la izquierda, es decir, para el caso, un canal adecuado para expresar en un epíteto lo que se pretendía incrustar de lema en el imaginario colectivo. Y que hoy encarna uno de los candidatos de la segunda vuelta presidencial, que ciertamente suele recurrir a las figuras de Alfonso López Pumarejo y Jorge Eliécer Gaitán, bien para significar los “frentes populares” lopistas de antaño que ahora llaman “frente amplio” o la división gaitanista del “país político y el país nacional” ahora referida supuestamente a la división de “las maquinarias y las ciudadanías”. Lo que, en resumen, intenta descifrar aquello que en últimas significa “beber de las canteras del socialismo” a la colombiana, para no entrar en las barbaridades del régimen venezolano y no herir susceptibilidades o no advertir de antemano el despeñadero que desde esta semana se avizora en Italia y muy seguramente en España bajo las prácticas populistas. 

 

Otra cosa, desde luego, es el centro-centro o lo que pudiera decirse: el centro radical. Ello tiene que ver, básicamente, con la recuperación del “Estado de Derecho”, en el sentido lato de este concepto, o sea, el baluarte de la autoridad, la ley y la justicia como corazón insustituible del orden social y razón de ser primordial de la Constitución. No quiere decir ello, en lo absoluto, el abandono de las mejoras sociales como aliciente del bienestar general, sino que aquello es un axioma dentro de la marcha cotidiana del Estado precisamente para lograr una sociedad más homogénea y equitativa. Basta, en esa dirección, con seguir los fines esenciales del Estado, establecidos en la misma Constitución, a saber: servir a la comunidad, promover la prosperidad general y garantizar la efectividad de los principios, derechos y deberes, asegurando la convivencia y la vigencia de un orden justo. Ahí está la política.