Lapsus de Vargas Llosa

  • Conservatismo y conservadurismo
  • Diferentes vertientes del liberalismo

 

En la actualidad, las ideas conservadoras no tienen defensores señalados porque el propio término conservador parecería entrañar, a primera vista, el statu quo y la parálisis ideológica. Es, en buena medida, lo que ocurre tradicionalmente con quienes, desde el ideario liberal, desdicen de la plataforma conservadora como aliciente conceptual y mecanismo temperamental ante las realidades del mundo circundante. Y cuyo yerro consiste, desde luego, en confundir el conservatismo con el conservadurismo, una noción por el contrario antagónica con los elementos esenciales de lo conservador.

Mario Vargas Llosa, a propósito de ello, trae a cuento en su último libro, La llamada de la tribu, en el que deliciosamente relata su tránsito intelectual del marxismo al liberalismo, las tesis de Friedrich von Hayek con las que parece estar de acuerdo en su anti-conservatismo.

En esa dirección, si bien se parte de que el conservatismo es en esencia una vertiente del liberalismo, la diferencia remanente consiste en que “el designio de un conservador está dictado por el miedo al cambio y lo desconocido, por su tendencia natural proclive a ‘la autoridad’ y que por lo general padece de un gran desconocimiento de las fuerzas que mueven la economía. Tiende a ser benévolo con la coerción y con el poder arbitrario al que puede llegar a justificar si, usando la violencia, cree que alcanza ‘buenos fines’… Por otra parte, estos últimos (los conservadores) suelen responsabilizar a ‘la democracia’ de todos los males que padece la sociedad. Y, de otro lado… ven en la idea misma del cambio y la reforma una amenaza para sus ideales sociales. Por eso, los conservadores son frecuentemente oscurantistas, es decir, retrógrados en materia política… Un conservador difícilmente entiende la diferencia que hacen los liberales entre nacionalismo y patriotismo… Los conservadores suelen gozar de una seguridad muy firme sobre todas las cosas, algo que les impide dudar de sí mismos… Un liberal suele ser un escéptico…”.

Es muy posible, visto el breve y rotundo señalamiento, que más bien pudiera haberse confundido, en el texto anterior, lo conservador con el conservadurismo, cuyo dogma inmovilista en nada se aproxima, como dijimos, a los atributos del conservatismo. Porque el conservadurismo tiene de base un ingrediente antiliberal, soportado en la reacción y no en la acción, y que por supuesto no se compadece con el conjunto doctrinario conservador en el que el propósito ideológico fundamental es la dinámica conjunta hacia el bien común dentro del orden y la libertad.

En ello, ciertamente, el conservatismo se separa del liberalismo afrancesado, proveniente de la Ilustración. En efecto, éste tiene de base el interés general rousseauniano que parte de la sumatoria de todas las voluntades individuales, así ellas sean contradictorias e incoherentes, en un contrato social abstracto donde confluyen las posturas y los sectores más disímiles. Frente a ese panal humano, el conservatismo, en consonancia con las nociones de ciertos británicos como Burke, propone una instancia diferente: la solidaridad de las ideas comunes que, aceptadas y seguidas por todos en un consenso dirigente, permitan el bienestar general.

En ningún caso, por descontado, un conservador tiene “miedo al cambio”. Al contrario, la esencia del conservatismo proviene del cambio por cuanto un conservador cree sinceramente en la perfectibilidad del ser humano, en la virtud como factor fundacional del liberalismo clásico, así como en la mejora consecuente del entorno social. De hecho, el objetivo de cambiar, de enmendar, de dudar sobre si se ha hecho lo mejor, promueve sus posibilidades como persona. Eso es fundamental en su vitalidad y razón de ser: es activo y no retrógrado, y mucho menos oscurantista. Un conservador considera pues que las cosas, tanto en sus aspectos individuales como sociales, siempre pueden mejorarse. Y de allí su optimismo frente a los escépticos. Para ello, ciertamente, privilegia la experiencia sobre la experimentación y bajo esa óptica procede a las modificaciones, puesto que cree más en el acumulado social, en las posibilidades de la cultura universal, de la historia y las reformas, que en los virajes abruptos y mucho menos en los provenientes de la violencia, que son el legado del liberalismo llevado al extremo desde Sorel.

Es por ello, claro está, que un conservador es más proclive a la autoridad que al poder, a la coerción efectiva de la ley aplicada en la justicia, que al poderío de las armas que a fin de cuentas es la distorsión de la autoridad en autoritarismo. Cree, por igual, en el patriotismo y no en el patrioterismo. Y su naturaleza es, a no dudarlo y fundamentalmente, demócrata, entendida la democracia como una estructura equilibrada de derechos y deberes. En la misma medida, un conservador vislumbra la economía y la tecnología como aliciente del progreso y no como una razón independiente y disociada del corazón humano.

En el resto concordamos casi en todo con Vargas Llosa. No es pecado que lo digamos.