Trump, el geopolítico

  • La política exterior de Washington
  • Ecos a crucial cumbre de Singapur

 

El mundo ya se ha dado cuenta de que el presidente estadounidense Donald Trump no actúa como el acartonado e inexperto burócrata que sus críticos presagiaban, sobre todo en materia de relaciones internacionales y maniobras geopolíticas. Marcando distancias al estilo de Barack Obama o de los Clinton, el hoy titular de la Casa Blanca no improvisa ni actúa como un tahúr al ritmo de la coyuntura. Todo lo contrario: estableció de entrada que su tarea sería la de recuperar el poderío, liderazgo e influjo de su país en el globo. Sus movimientos, en esa dirección, aunque suelen ser tan dramáticos, apuntan a ser efectivos.

Es claro que heredó una situación internacional que en algunos casos no se compadecía con el poderío de su país ni concordaba con sus intereses. De allí que su tarea desde que llegó al poder ha sido la de tratar de equilibrar el escenario geopolítico para devolverle la capacidad de maniobra y la iniciativa política exterior a la Casa Blanca. Es así como exigió que la ONU, en gran parte financiada por Estados Unidos, no siguiera convertida en un ‘club de países’ que se oponía sistemáticamente a los objetivos de la política exterior norteamericana desde el corazón de Nueva York.

Trump tampoco aceptó la distensión gratuita con Cuba ni el cierre de Guantánamo. No tolera que algunos países musulmanes refugien en sus territorios a los yihadistas radicales, por lo que ordenó bombardeos sobre esas posiciones, iniciando así el verdadero debilitamiento del ‘Estado islámico’.

Asimismo, el presidente estadounidense no acepta que le impongan condiciones inamovibles con respecto a su política frente a Israel, al punto que semanas atrás mudó la embajada de su país a Jerusalén, a sabiendas de la airada reacción palestina y árabe que podría desatarse. Tampoco deja que los talibanes se puedan mover en Afganistán a sus anchas y no vacila en tomar duras medidas militares de advertencia. Algo similar pasó en Siria, en donde llegó a anunciar previamente las zonas de bombardeo a los enclaves del régimen de Bashar al-Ásad que habían atacado bastiones de la oposición con armas químicas.  Y lo hizo a sabiendas de que Rusia apoya al cuestionado gobernante.

De otro lado, Trump, como hombre de negocios, entiende que en gran parte la Unión Europea se hizo no solamente bajo el supuesto de frenar la expansión de la Unión Soviética -y después de Rusia-, sino también para fomentar el neoliberalismo entre sus miembros. Sin embargo, el viejo continente evolucionó cerrándose a potencias como Estados Unidos, disparando el déficit comercial de Washington con el viejo continente. Tampoco comulga la Casa Blanca con que le exijan financiar la mayor parte de la defensa militar europea, mientras le suben aranceles o condicionan la compra de productos norteamericanos. Igual es claro en advertir al grupo de potencias del G-7 que es urgente facilitar el regreso de Rusia al seno de esa organización.

También es claro que entre los temas prioritarios de Trump está la compleja relación con China, que ingresó de manera pragmática al capitalismo, en tanto se expande comercialmente y mantiene un influjo geopolítico muy fuerte en otras naciones. De allí que Washington haya avanzado en su intención de recomponer en serio su relación comercial con Pekín, acudiendo para ello a subirle drásticamente los aranceles a productos como el acero y otros. Todo ello redundó en una difícil negociación en curso. 

Esa relación con China la maneja la Casa Blanca con sumo tino y audacia, al punto que ha conseguido que Pekín influencie al desafiante gobierno de Corea del Norte con la finalidad de abrir una negociación, difícil pero diplomática, sobre la desnuclearización de ese país. Algo nada fácil, por cuanto Corea del Norte, tiene frontera con China, es una potencia nuclear emergente y mantiene una relación especial con Rusia, así como viejos antagonismos con Japón y Corea del Sur, aliados de Estados Unidos. Por todo ello, la reunión que culminó ayer entre Trump y  Kim Jong Un marca un hito histórico, más allá de cuáles sean sus efectos reales a corto, mediano y largo plazos.

Como se ve Trump ha alcanzado notables hechos en política exterior, incluyendo el retorno de multimillonarios capitales a su país. Estos últimos días son prueba de ello: de la cumbre en Canadá con el G-7, en donde protestó por la carga impositiva escandalosa contra algunos productos de su país y frustró la encerrona que pretendían hacerle algunas de las potencias, pasó a Singapur, en donde habló de tú a tú con el enigmático líder de Corea del Norte, en una cumbre que concentró la atención mundial.

Visto todo ello, es evidente que Trump es hoy por hoy el eje de la geopolítica, algo que hace un año y medio nadie presagiaba. Negarlo sería de extrema ingenuidad.