CRÓNICA ¡Basta de ahuyama, Maduro! | El Nuevo Siglo
Domingo, 16 de Julio de 2017
Pablo Uribe Ruan
En una fila de tres cuadras, Pedro, un hombre que vivía en un pueblo en el Táchira, relata la desgracia en que se ha convertido su vida, al igual que Carlos. Por eso, participa en el plebiscito convocado por la oposición venezolana, que culminó dos horas después de lo previsto, en Cúcuta, Norte de Santander.

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Enviado especial de EL NUEVO SIGLO 
Cúcuta

Las filas son normales para Pedro Contreras. Antes de residirse en Cúcuta, donde nació hace más de cincuenta años, duraba ocho horas detrás de una línea de personas en Sururu, al occidente de Venezuela, para conseguir “un kilo de azúcar”. “Estamos acostumbrados a las colas”, dice, postrado sobre una cerca esperando a que le den paso para votar en el plebiscito convocado por la dirigencia opositora contra Nicolás Maduro.

El sol de antes de mediodía, como es costumbre, agobia a los asistentes. Entre placas de carros venezolanos y colombianos, el restaurante  “Don Cachapa”, un clásico de la ciudad, recibe a la multitud de venezolanos que viven en la ciudad o cruzaron la frontera para votar.  

La consulta, como no cuenta con el aval de las autoridades electorales de Venezuela, se vuelve lenta, parsimoniosa. Sin embargo, la conversación  entre Pedro y Carlos Sandoval, de 75 años, entre el bullicio musical de fondo, ameniza el ambiente.  

“Allá tengo mi negocio, pero estoy viviendo aquí. Estamos quebrados”, cuenta Carlos, que prefiere no decir qué vende, o vendía. Entre esfuerzo y esfuerzo, finalmente llegó a Cúcuta, con su hijo, aburridos, entre otras, de la ahuyama: “me tocaba comer ahuyama: sopa, arepa y caldo de ahuyama. La gente hasta empezó a armar sus huertas caseras”.  

Sólo han avanzado dos pasos. Pero todo sea por “sacar a Maduro”. De los relatos de Carlos y Pedro se apodera el infortunio. Cada quien tiene una historia que contar de cómo Venezuela se vino al piso de un día para otro, la desazón de un pueblo cuyas historias coinciden por su triste desenlace.  

“Yo construí mi casa. Hoy en día los que tenemos casa, nos dicen que el terreno es del gobierno. ¿Quién me la compra?”, dice Carlos, un fotógrafo que vivió 50 años en Venezuela y tuvo que migrar a Colombia, donde nació, pero nunca estuvo.  

A 15 minutos de la frontera con San Antonio del Táchira, en barrios y calles de Cúcuta, como en varias ciudades del país, existe una pequeña Venezuela. No se trata, cuenta Giovany, un taxista, del “típico venezolano” que venía a mercar, sino de gente que busca quedarse en Colombia, aunque también hay, pese al paso restringido de la frontera, miles de personas que cruzan a Villa del Rosario (Norte de Santander) a comprar. 

Allí, en “La Parada” -así se le conoce a esta fila de tiendas con productos colombianos-, miles de venezolanos pasean con maletas vacías buscando -como locos- , azúcar, arroz y aceite. “El azúcar está a 10.000 bolívares, como 4.000 pesos”, cuenta Marlenys, que espera frente al Centro Nacional de Migración en Frontera a que le sellen el pasaporte a un familiar. “Los bachaqueros” (revendedores), según ella, venden este producto a precios más altos en Venezuela, cuando en Colombia cuesta 2.500 pesos.  

La frontera, en los días previos al plebiscito, ha sido cruzada por miles de personas. Un funcionario de migración, que prefirió reservar su nombre, estima que en tres días han pasado cerca de 170.000 personas, de ellas casi la mitad “un poquito más: 80.000, son venezolanas”. 

La doble nacionalidad, mito fronterizo, parece ser una tendencia de sangre, pero no de papeles. “Ni un 10% tienen doble nacionalidad, muchos de los que están pasando no son colombianos”, dice el funcionario, explicando que todo el que cruza la frontera debe portar la Tarjeta de Movilidad Migratoria, que le permite movilizarse, en el caso de Norte de Santander, en municipios como: Cúcuta, los Patios, Villa del Rosario y Zulia”.  

Pedro, al ver que el proyecto socialista era una realidad, no volvió a Venezuela. Pero es colombo-venezolano y tiene claro que “Cúcuta vive de Venezuela, no de Colombia”

Feliz pero con una risa nerviosa que la delata, Geraldine, una vendedora de una tienda de ropa en Caracas, dice que ha cruzado tres veces la frontera, “pero esta es la primera vez que me piden la tarjeta”, tras haber cruzado el puente.   

Ninguno, salvo un hombre enjuto que grita consignas contra Maduro, se refiere al plebiscito, al menos en el Puente Simón Bolívar. Piensan, antes que en política, en sobrevivir, negociando un paquete de pañales a 29.000 pesos, suma que es cercana a lo que gana un venezolano en tres, cuatro días.  

Por la afluencia de votantes, en la Parada, pese al panorama en el puente, abrieron un puesto de votación, que se suma a los dos dispuestos en Norte de Santander. “Tenemos siete mesas en la 15 con cero y  diez mesas más” en la droguería, comenta Ricardo, un líder social  venezolano en Don Cachapa, donde la fila se extiende por dos cuadras.  

Varias cuadras hacia el oriente, en la droguería Guasimales, está el segundo puesto de votación. Una señora, cruzando estados y obstáculos, viene de Socopó, Barinas, “porque se siente más segura” votando en Cúcuta. Lo hizo temprano y piensa regresar a su país.  

Crítico de la posición de Bogotá con la región,  Pedro Méndez vota luego de 19 años. Tiene 70 años y la última vez que participó en elecciones fue en 1998  “para votar contra Chávez”. Al ver que el proyecto socialista era una realidad, no volvió a Venezuela. Pero es colombo-venezolano y tiene claro que “Cúcuta vive de Venezuela, no de Colombia”  

Muchos cucuteños tienen esa visión. La frontera para ellos es un invento de dos presidentes. Venezuela, desde tiempos memorables, ha sido el sostén de la región, y ahora, por la crisis, es una tierra que algunos quieren evitar. Impensable, para Pedro, para todos.   

La jornada del plebiscito culmina a eso de las seis de la tarde, dos horas después de lo previsto, por la cantidad de participantes. Las papeletas que cada quien llenó con meticulosidad desaparecerán bajo las llamas. Pero el espíritu de la oposición, al menos en Cúcuta, sigue vivo, hasta que “saquen a Maduro”, dice Pedro Méndez.  

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