El fútbol de nuestra alma

  • ¡Gracias José Néstor Pekerman!
  • Una nueva generación de oro

POCAS veces, o tal vez nunca, Colombia había cantado un gol como el que hizo ayer Yerry Mina contra Inglaterra, remontando el marcador adverso en tiempo extra. El estallido fue inconmensurable porque de antemano se tenía la sensación, no solo de haber logrado el empate, sino de imponerse limpiamente a factores tan adversos como un arbitraje cargado al contrario, inclusive anulando previamente un gol legítimo, así como dando un penalti a los británicos, que tenían una falta anterior de un artillero inglés. Fue entonces la explosión de un pueblo unido por la pasión del fútbol, un deporte que como ninguno congrega misteriosamente al mundo entero detrás de una pequeña bola de cuero. Y del cual el país comienza a ser el protagonista que siempre se sospechó pero nunca había alcanzado los niveles de cuyos jugadores hoy hace gala con humildad y prestancia.

El fútbol es, ciertamente, un misterio. Por más análisis sociológicos, históricos, deportivos o literarios, sigue siendo una incógnita cómo es posible lograr semejante emoción universal en el Mundial que se lleva a cabo cada cuatro años. Para unos es la sublimación de las guerras, para otros es el apogeo de las identidades nacionales y para los de más allá, en cambio, es la demostración de cómo es factible generar un objetivo conjunto sin atención a la diferencia de razas o las estupideces que hoy suscita la inmigración. Porque nada es más absurdo, naturalmente, que muchos de los países en competencia cierren sus fronteras a los inmigrantes, como en Europa, pero tengan sus mejores jugadores a partir de los inmigrantes. Sea lo que sea, hoy resulta plausible y evidente que el fútbol, al contrario de buena parte de sus 100 años de existencia, da ejemplo de congregación antes que de dispersión. Y en ese sentido tal vez sea la mejor expresión de la humanidad contemporánea no solo dentro de las estridencias raciales, sino como un elemento superior a la política.

De algún modo, en todo caso, practicar el buen fútbol es hacer parte efectiva del concierto de naciones. Cada país, por supuesto, tiene su interpretación de este deporte. Ha sido a todas luces claro que los insumos diferentes, equiparando el nivel futbolístico, han servido para acrecentar las características del juego.

A pesar del inolvidable gol de Yerry Mina, Colombia perdió la clasificación en los tiros desde los 12 pasos, para desempatar la justa. Muy doloroso que haya sido así, pero no hay nada que lamentar. El cuerpo técnico, encabezado por el muy querido y siempre caballero José Néstor Pekerman, (nuestro maravilloso técnico, “ojalá eterno”) así como todo el plantel de jugadores dejaron sobre la cancha una expresión neta y favorable de Colombia: garra, entrega, capacidades, corazón, inteligencia y jerarquía.  Por eso, el dolor es todavía mayor, pues a todas luces se veía un camino expeditivo de Colombia hacia la final del Mundial, muy por encima de una selección inglesa que por lo pronto no hace honor a muchas de otros eventos anteriores.

Aunque en la cancha se abrió paso una generación de oro puede decirse, así mismo, que la cantera de jugadores colombianos garantiza que el proceso deportivo se mantenga más allá de genialidades esporádicas. Sin duda alguna los atletas del país hacen hoy parte de la elite del fútbol mundial. Y así seguirá siendo mientras el fútbol se dé silvestre en el país. Pero al mismo tiempo hay que decir que el jugador colombiano con su paso por Europa y otros países, ha ganado mucho en cultura y disciplina. Ya no se juega por generación espontánea, como un artificio accidental, sino con todo el rigor de un deporte de alto rendimiento.

Y eso también expresa, en buena medida, cómo ha cambiado Colombia en las últimas décadas. Ya se sabe que en materia deportiva el país se ha convertido en potencia regional. Por consiguiente, siendo el fútbol el deporte por excelencia en el corazón de los colombianos no podía quedarse rezagado. Y, al contrario, ha puesto la cara de los colombianos en alto, muy diferente a las vicisitudes cotidianas de un país que lucha por encontrarle un rumbo cierto a su futuro.

El gran activo fijo que deja la Selección para todos los colombianos es el logro de una identidad nacional. Existe ahí un modelo a seguir, no solo como una interpretación futbolística, sino como la corteza, la piel y el alma de una nación que da gracias a ellos, los futbolistas, sus mejores representantes.