¿Un mundo desglobalizado?

  • La escalada de la guerra comercial
  • Aranceles como “arma” contemporánea
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DECIR hoy que estamos acostumbrados al mundo globalizado es una tautología. Cuando se habla del globo se entiende, por supuesto, como una masa interconectada, no solo por la tecnología, en tiempo real, sino por el consumo de productos de toda índole, sin saberse muy bien de dónde provienen. Lo que interesa principalmente al consumidor es el acceso y luego ya vienen los escalafones de la calidad.

Bajo esa perspectiva el mundo creció considerablemente su economía y el comercio se catapultó como el factor pacífico esencial para superar las guerras. Como se sabe, en la historia de la humanidad entre mayor comercio menor el espíritu belicista. De hecho tanto la primera como la segunda guerras mundiales se dieron por el estancamiento comercial, las crisis de la deuda y la necesidad de encontrar nuevas materias primas.

El elemento sustancial de la posguerra, como formulación de la paz, no fue tanto producto de los acuerdos militares y la creación de las Naciones Unidas, sino la expansión de la innovación, la productividad y la competitividad, a partir de la libre competencia por los mercados. Eso indujo a un gigantesco crecimiento de la economía, sobre bases tecnológicas que afianzaron la posmodernidad y cuya consecuencia primordial es el mundo globalizado. En una buena medida, un porcentaje superlativo de las más de las 7 mil millones de personas que hay en el planeta puede acceder a productos similares, mejorando la calidad de vida y creando la cultura del conocimiento. Desde luego, la expansión no ha sido homogénea, pero en general puede decirse, en los aspectos económicos y sociales, que el mundo es mejor y más equitativo hoy que durante buena parte del siglo XX, cuando estalló la hecatombe de las dos guerras mundiales, que son más bien una sola en dos etapas diferentes.

Esa globalización, sin embargo, en la actualidad comienza a estar en entredicho por varias circunstancias. Una de ellas, ciertamente, la visión que el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, tiene sobre el mundo y la pertenencia de su país al concierto de naciones. Su consigna principal de “Estados Unidos primero” consiste, precisamente, en situarse en aquel periodo de la posguerra donde la nación norteamericana tuvo una gigantesca expansión económica luego de ganar la Segunda Guerra Mundial y cambiarse definitivamente el mapa geoestratégico orbital, dejando rezagadas las potencias clásicas como el Reino Unido y Francia.

Más recientemente emergió el fenómeno de China, cuando el comunismo vigente en ese país decidió cambiar de concepto sin desmedrar la doctrina del partido único. Con ello liberó parte de su población hacia el mercado capitalista, generando las condiciones para un milagroso crecimiento que, a su vez, jalonó buena parte del mercado mundial. Hace poco, inclusive, los dirigentes comunistas chinos aseguraron que liberarían otros 300 millones de personas, para hacer parte de la oferta y la demanda, lo cual garantizaría de algún modo la expansión económica planetaria por al menos otros 25 años.

Todo ello, no obstante, ha quedado en la incertidumbre. El presidente Trump, con miras a llevar a cabo su consigna antedicha, ha comenzado una política de imposición arancelaria que, en principio, afecta productos chinos exportados a Estados Unidos por 34 mil millones de dólares. La respuesta de la potencia asiática no se hizo esperar, replicando los aranceles para las importaciones estadounidenses. Frente a ello, Trump contrarreplicó, incrementando aún más los impuestos de entrada. Es claro que la escalada de este pulso comercial puede llevar a una cifra exorbitante afectando ostensiblemente todo el intercambio mundial de bienes, productos y servicios. Todavía peor, porque Pekín impuso aranceles a los productos de los estados donde Trump le ganó a Hillary Clinton.  Estas circunstancias podrían incidir, según cálculos modestos, en una disminución del 25 por ciento del Producto Bruto Interno de esos territorios norteamericanos.

Esto quiere decir, ante todo, que la China ha decidido intervenir, con su política arancelaria, en el espectro político norteamericano y más particularmente en las próximas elecciones parlamentarias, donde los Demócratas esperan recuperar parte del territorio perdido frente a los Republicanos. No obstante, Trump no cesa en su empeño de mantener su política económica de hacer prevalecer los productos estadounidenses a nivel interno, fomentando el regreso de las inversiones externas norteamericanas.

De hecho, pocos presidentes como Trump mantienen, desde el punto de vista económico, unas encuestas tan favorables. Lo que no se sabe, en esta guerra comercial, es hasta dónde lleguen las cosas. Sea lo que sea el mundo comienza a sentir los rigores de una desglobalización o, al menos, de una globalización completamente diferente a la de las últimas décadas.