De Barrancas a la Batalla de Boyacá

Foto cortesia

Desde el punto de vista de la geopolítica, la empresa por la grandeza y la libertad de la Nueva Granada y Venezuela de Simón Bolívar parte de Barrancas, en el río Magdalena, (hoy Calamar) pues allí nace como capitán de las fuerzas de liberación, con los primeros 500 hombres que le siguen para atacar a las fuerzas realistas, a la espera que la población de la Capitanía se sume a su gesta. Desde ese mismo momento su espada se pone al servicio de la liberación de la Nueva Granada y de Venezuela, con miras a liberar posteriormente el resto del Continente.

A partir de entonces, como militar y político activo, en el exilio, con mando militar o cómo condotiero, pone su talento y espada al servicio de la empresa de independizar y forjar un futuro mejor para los hispanoamericanos.

Bolívar, como vimos, así como desde Cartagena lanza su Manifiesto, donde ofrece sus servicios por la libertad a las autoridades granadinas, sin encontrar mucho eco en la ciudad amurallada e, incluso, la incomprensión de destacados personajes del exilio venezolano y de los dirigentes locales, en Barrancas se rebela contra el mando militar del general Pierre Labatud, que pretendía condenarlo a convivir con pescadores que por generaciones lanzaban sus rusticas redes al río, vendían y comían pescado, sin otra preocupación que vivir, reproducirse y morir. Barrancas es uno de esos lugares como ignotos en donde en apariencia parece que no pasan las corrientes de la historia. Y resulta que la gran obra militar y magna del Libertador comenzó allí, en medio de unas pocas chozas de techo de paja y madera rustica.

La mayoría de los historiadores ignoran ese punto de partida, que es como ignorar que Jesús nació en una pesebrera. Lo que demuestra que, para un caudillo de las condiciones de Bolívar, no existen barreras geográficas, ni humanas que le impidan con el barro humano de la región y desde un lugar ajeno al mundo social de la Nueva Granada, arrancar con los voluntarios que capta en especial desde la vecina Monpox.

Años más tarde, en ese mismo perdido lugar, el general Tomás Cipriano de Mosquera promueve la fundación de Calamar. Ni siquiera hoy, cuando se cumple el Bicentenario de la Batalla de Boyacá, se les ocurre a los memoriosos izar la bandera de Colombia en donde Bolívar, por entonces un oficial casi desconocido, estuvo aislado en meditación permanente; parte, como un Cesar criollo a la cabeza de un ejército raquítico y casi fantasmal, para batirse contra las fuerzas realistas criollas venezolanas y las milicias españolas. Apenas se devuelve a libertar la Nueva Granada y seguir al sur de Hispanoamérica para su liberación. Lo peor es que muchos de los comentaristas que hoy que hablan de esa Colombia de Bolívar olvidan que se componía de Venezuela, la Nueva Granada, Ecuador y Panamá. Por entonces devora libros de teoría militar y postulados constitucionales, sabemos que le regaló a Páez el tratado sobre la infantería española.

Rivalizan Cartagena y Mompox, en cuanto a entender como suya la expresión de Bolívar, en la que dice que Mompox le dio la gloria y algo similar se repite con Cartagena. En ambas ciudades la respectiva estatua de Bolívar tiene una placa con leyenda similar. Las dos tienen razón, como lo constata Daniel Lemaitre: Bolívar le cuenta desde Caracas al Congreso de la Nueva Granada en1812; “si a Caracas debo la vida a Mompox debo la gloria de haber libertado a la ciudad de mi nacimiento colocando la bandera del Gobierno de la Unión en la cumbre del Ávila, llena de triunfos y de gloria”.

En 1827, en un homenaje que le hiciera el general Montilla en Cartagena, hace caso omiso de los sinsabores que pasó allí y sentencia; “Si Caracas me dio la vida vosotros me disteis la gloria. Con vosotros empezó la libertad de Colombia y el valor de Caracas y Mompox me abrió las puertas de Venezuela en 1812”.  Siendo la plataforma para su expedición al futuro, el diminuto y humilde caserío de Barrancas.

La espalda y su significado

Es la espada de Bolívar la que encarna el Estado colombiano, cuando colapsan las fuerzas republicanas y el precario orden civil, derrotados por la campaña que dirige de manera implacable y profesional el general Pablo Morillo, en ambos reinos. Es la Espada de Bolívar la que garantiza la convocatoria al Congreso de Angostura el 15 de febrero de 1819, desde donde parte a dar la libertad definitiva a la Nueva Granada y Venezuela. En la misma forma que con su prestigio y carisma mantiene unidos a los ambiciosos generales y abogados que le siguen, así en algunas ocasiones atenten contra su vida y lo traicionen.

Sobre esa situación que se genera por cuenta de sus empresas militares, Bolívar hace elocuente referencia en su famoso discurso en el Congreso de Angostura, donde por la profundidad de su pensamiento, sutiles comentaristas lo comparan con Pericles, el sabio estadista de la democracia ateniense. El Libertador expresa allí con entera franqueza sus convicciones y hondas preocupaciones sobre el futuro democrático de Colombia; “La espada que ha gobernado a Colombia no es loa balanza de Astrea, es un azote del genio del mal que algunas veces el cielo deja caer a la tierra para el castigo de los tiranos y el escarmiento de los pueblos. Esta espada no puede servir de nada el día de la paz y este debe ser el último de mi poder, porque así lo he jurado para mí, porque lo he prometido a Colombia y porque no puede haber república en donde el pueblo no está seguro del ejercicio de sus propias facultades. Un hombre como yo es un ciudadano peligroso en un gobierno popular: es una amenaza inmediata a la soberanía nacional”.

Esa es la misma espada que se consagra en la Batalla de Boyacá, el 7 de agosto de 1819, que tanto se describe y comenta por estos días del Bicentenario, efecto indirecto del triunfo del Pantano de Vargas y que el Vicepresidente Santander empaña al ordenar, en ausencia del Libertador y desobedeciendo sus órdenes, puesto que estaba por el canje civilizado de prisioneros, el asesinato del general José María Barreiro y varios de sus oficiales.

Bolívar plantea algunos de sus principios constitucionales, siendo acogidos parcialmente por los delegados del pueblo en Angostura. Y algo similar va ocurrir con la Constitución de Cúcuta, que consagra un Estado débil en contra del parecer de Bolívar. Su descontento lo expresa el Liberador, en uno de sus mensajes de la época, en el que advierte: “Vuestros representantes penetrados del origen sagrado de su autoridad, conservaron la mayor suma del poder para el soberano, que es el pueblo; al depositario de la fuerza pública le han cometido la dulce facultad de hacer bien, sin que pueda dañaros”.

Santander, gestor tras bambalinas de varias de las talanqueras constitucionales, comenta al respecto que Bolívar le había dicho, que prefería irse a la campaña del sur y renunciar al mando, pues con esa Constitución decretada por el Congreso no se podía gobernar.