Lupa al rol de la ONU

  • Realidades geopolíticas la eclipsan
  • ¿Saldrá adelante una reingeniería?

 

En un mundo cada vez más convulsionado es evidente que el rol que juega la Organización de Naciones Unidas esté permanentemente en el ojo del huracán. Recientemente, con ocasión del día internacional del ente multilateral, desde distintas partes del globo se escucharon múltiples análisis sobre las reformas que requiere la institución para cumplir de forma más efectiva con su mandato fundacional de ser la garante de la paz mundial y del respecto a los derechos humanos y las garantías más fundamentales de la humanidad.

Si bien no es la primera vez que se pone sobre el tapete la necesidad de una reingeniería en la ONU, ahora los puntos de vista al respecto tienden a tener más eco mundial por  circunstancias muy puntuales. De un lado, es palpable que el papel del ente multilateral es cada día más limitado por cuenta del bloque funcional que, en la práctica, representa la capacidad de veto que tienen en el Consejo de Seguridad las cinco potencias que asiento permanente allí. Es claro que el pulso geopolítico que se desarrolla en dicha instancia ha impedido a Naciones Unidas tomar medidas concretas y eficaces para hacer frente a crisis de distinta índole como la cruenta guerra en Siria, la creciente amenaza nuclear de Corea del Norte, la tensa situación en Medio Oriente, la inestabilidad política en varias regiones africanas o la misma crisis humanitaria por la diáspora venezolana generada por el régimen dictatorial de Nicolás Maduro.

En segundo lugar, al decir de los expertos en derecho público internacional, la creciente debilidad geopolítica de la ONU no solo pone en duda la desgastada premisa de que se trata del “máximo ente rector” del planeta, sino que ha llevado a que muchos de los tratados y protocolos que, se supone, son de orden y obligatoriedad global, sean aplicados o vetados por muchas naciones -no solo las potencias-, según el capricho de sus gobernantes de turno o sus coyunturas. Dos pruebas fehacientes de esa falencia se constatan en la cantidad creciente de países que se oponen a los acuerdos de combate al cambio climático o que no reconocen la jurisdicción de la Corte Penal Internacional.

De otro lado, hay analistas que sostienen que entre los ‘pecados originales’ de la ONU está el hecho de que para su funcionamiento y la financiación de muchas de sus acciones, dependa de los aportes de grandes potencias de forma preferencial. Esta circunstancia, sin lugar a dudas, no solo afecta su margen de autonomía funcional, sino que genera un lesivo nexo de dependencia e incluso condicionamiento a los criterios de las naciones que más aportan. Es un flanco débil advertido hace muchos años pero no por ello se ha podido superar.

Tampoco puede negarse que hay muchos críticos de la ONU que insisten en que hay un exceso de burocracia y gasto superfluo en esta organización, lo que afecta de manera directa el papel que pueden desarrollar sobre el terreno las agencias e instituciones que hacen parte del sistema de Naciones Unidas. Instancias que por esas mismas limitaciones han terminado, en algunos casos, supeditadas al mero papel de denuncia y alertas, pero con una restringida posibilidad de actuar de forma eficaz y permanente sobre el terreno, según la emergencia o crisis en que su asistencia se requiera en cualquier parte del planeta.

Ahora bien, quienes defienden el rol de la ONU, incluso con todas las falencias anotadas, sostienen que raya en la utopía considerar que pueda crearse una institución que esté por encima del pulso geopolítico que por centurias, con distintos actores y potencias, ha definido la correlación de fuerzas militares, económicas, institucionales y de desarrollo en el planeta. Argumentan, por el contrario, que precisamente el poder de veto en el Consejo de Seguridad es lo que ha permitido la coexistencia en el globo de naciones y corrientes ideológicas distintas o enfrentadas. Si bien no desconocen que frente a algunas crisis hay una clara inoperancia de Naciones Unidas, darle un papel superlativo e imperante al ente podría implicar una lesión a las soberanías nacionales que llevaría, eventualmente, a una masiva y peligrosa desafiliación de los países. Por el contrario hoy casi ninguna nación se encuentra por fuera del Sistema de la ONU y, con altas y bajas, aceptan sus prerrogativas como vocera legítima de la comunidad internacional.

Como se dijo, esta discusión sobre el rol de la ONU a punto de culminar la segunda década del siglo XXI no es nueva. En varias ocasiones se han impulsado reformas al ente y el Consejo de Seguridad, sin que ninguna de ellas procediera. Ahora se habla de nuevo de una reingeniería, pero a nivel global no se le ve mucho futuro a la misma, eso es claro.