Religión y poder político en el continente americano

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Muchas veces, grandes conglomerados desean creer, poner su fe en un contexto de subjetividad emotiva “arrasadora”

 

FUNDAMENTALMENTE es posible advertir que el proceso de secularización, es decir del paso de lo eclesiástico, de lo religioso, a lo civil, tuvo un importante punto de inflexión a partir de la Revolución Francesa, en el Siglo XVIII, el Siglo de las Luces.  Esto constituyó un relevante hito en el desarrollo de la humanidad, mediante el cual -con todas las ventajas y riesgos que implicaba, y que tiene vigencia aún hoy en día- el centralismo más metafísico o teocéntrico, fue substituido por nuestra fe en la razón, el esfuerzo, el trabajo creativo, la solidaridad social, la preeminencia de la lógica, la persona humana y la sociedad.

Como parte de esa transformación de la Revolución Francesa, del inicio de la Era Contemporánea de la humanidad, se tiene el concepto de la división de poderes.  Este principio fue uno de los postulados centrales de la obra de Charles Louis de Montesquieu (1689-1755) “El Espíritu de las Leyes”, publicado en 1748.  Se trata de un planteamiento por demás fundamental en el gran concepto de conducción política de la sociedad al margen de las creencias religiosas y conforme el cual, los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial deben operar con autonomía, aunque siguiendo la convergencia de intereses y finalidades.

No obstante esos logros y cimientos de nuestras instituciones -los que costaron literalmente océanos de sangre y sacrificios- no dejan de ser en buena parte, un mito al considerar las condicionantes sociales actuales.  Esas nociones de la Ilustración del Siglo XVIII, del gran valor del conocimiento, de la formación humanista, del alejamiento de las creencias religiosas -cualesquiera que fueran- en relación con la conducción política de la sociedad, han llegado a ser planteamientos más basados en el “pensar y hablar con el deseo” que una realidad palpable.  En particular esto se hace presente con mayor evidencia en los procesos electorales, tanto de Estados Unidos como de América Latina.

Uno de los más distinguidos indicadores lo tenemos, al respecto, en el comportamiento psico-social de grandes grupos humanos a la hora de votar, de ejercer el sufragio universal como signo característico de los procesos democráticos.  Véase el caso de Estados Unidos.  No importa que tanto mienta abierta e impúdicamente Trump, los seguidores del inquilino actual de la Casa Blanca lo siguen, lo continúan apoyando y con ello, determinando el rumbo del país y ello generando grandes repercusiones en todo el planeta.  Se trata de efectos que impactan a toda la humanidad.

Véase cómo los seguidores de Trump son esencialmente reaccionarios, vehementes, seres que parecen tener la creencia ensimismada, encerrada, sin lo que evidencia ser el menor ejercicio pensante, acerca de los criterios y evidencias sociales y políticas.  Viven como en una realidad paralela, con el amparo exclusivo de las frases de twitter de Trump, quien marcaría el rumbo de lo que hay que creer y apoyar.

Ese es uno de los rasgos de la actual polarización en Estados Unidos. En contraposición de ese grupo se encuentran por lo general los seguidores demócratas quienes aparecen como mejor informados, más tendientes a la deliberación, al contraste de ideas. Y por supuesto que esto exige datos, información y argumentos. 

Los señalados son aspectos de los que carecen los “trumpistas” más empedernidos.  Estos últimos a falta de elementos de diálogo y razonamiento, acuden a las “soluciones” fáciles de la violencia, desde los niveles cotidianos verbales y de descalificación, además de los físicos, hasta la violencia que se impone en boca de los fusiles. Se desprecia el diálogo, porque al final no se tienen elementos para compartir, más allá de sonidos guturales y los monosílabos.  Es lógico: para hablar y dialogar se necesita tener algo que decir, tener algo en la mente, tener algo mínimamente estructurado.

Muchas veces, grandes conglomerados desean creer, poner su fe en un contexto de subjetividad emotiva “arrasadora”.  He allí el papel de las iglesias en particular las neo-pentecostales.  Allí están los planteamientos que eluden responsabilidad, para dejar las cosas “en manos de Dios”.  Se trata de una evasión que no pocas veces se nutre del alejamiento de la realidad, además de evasiones y alienaciones, tanto individuales como sociales.

Países latinoamericanos en donde los neo-pentecostales cristianos han influido notablemente en la política serían Guatemala, Costa Rica y Brasil, para sólo mencionar los casos más notables.  En esos países han llegado a colocar presidentes. El último caso especialmente importante ha sido el del ex militar Jair Bolsonaro.  No sólo por los métodos religiosos y de alienación basada en la subjetividad colectiva, sino por el impacto que indudablemente tiene la política brasileña en toda la región.

Los gobernantes latinoamericanos, como lo ha documentado recientemente el investigador Marcos Roitman, tratan de no entrar en conflicto con las iglesias, incluyendo la católica tradicional.  Nadie que desee conservar y ampliar su cuota de poder político -que es la lógica de los políticos en general- debe buscar roces o abierto choque con instituciones que calan o influencian hondamente en grandes conglomerados sociales.  Instituciones que son ejes de poder real, especialmente en sectores rurales o urbano-marginales.

No deja de ser paradójico que en medio de las grandes necesidades actuales, donde se requiere de mayor conocimiento, diálogo con toda la actitud positiva, lo que se tenga sean las intransigencias extremas en nombre de Dios. Bueno, después de todo, esa ha sido desafortunadamente la tendencia más frecuente en la historia. 

Allí están las cruzadas, la inquisición, o bien los “buenos cristianos” matando “malos musulmanes” en la ex Yugoslavia. No debemos olvidar la terrible masacre del 11 al 22 de julio de 1995, en Srebrenica, en el corazón de los Balcanes. Uno no desea perder la esperanza, pero hay ocasiones cuando se percibe un auténtico descenso a la barbarie.

 

 

*Ph.D. University of Pittsburgh/Harvard. Profesor, Facultad de Administración de la Universidad del Rosario. El contenido de este artículo es de entera responsabilidad del autor por lo que no compromete a entidad o institución alguna.