Disonancia cognitiva del chavismo

  • Régimen se cree sus propias mentiras
  • Mundo acorrala a Maduro y compañía
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Una de las teorías más interesantes en la sicología es la llamada disonancia cognitiva que, explicada en lenguaje sencillo, se refiere a cuando una persona, con el fin de conseguir cierta consistencia y equilibrio internos que expliquen o justifiquen su accionar, a sabiendas de que no es el mejor o que riñe con su propia lógica y valores, empieza a generar escenarios argumentales forzados y crear realidades virtuales que le permitan, por decirlo así, auto-convencerse de que su conducta está acorde con sus creencias. Por lo mismo, quienes estudian el comportamiento humano parten del estudio de la disonancia cognitiva para explicar la tendencia de algunas personas a mentirse a sí mismas, al auto-engaño como única vía para apaciguar sus propios cuestionamientos o ‘demonios’ internos.

Guardadas las obvias proporciones, habría que decir que el chavismo venezolano sufre de disonancia cognitiva. No de otra manera se puede entender que acudan a una serie de argumentaciones que riñen de forma evidente con la realidad política, económica, social e institucional venezolana con el único fin de tratar de darle un halo de legitimidad y de pureza democrática a la a todas luces reprobable y cuestionada reelección del presidente Nicolás Maduro el domingo pasado. Las descargas discursivas del Jefe de Estado, sus ministros, escuderos y voceros de los poderes públicos cooptados por el chavismo rayan en lo inverosímil. Parecieran convencidos, pese a que los hechos los controvierten abiertamente, de que en la vecina nación la democracia es transparente y que el chavismo está en el poder porque tiene un apoyo popular mayoritario que se ha revalidado más de una veintena de ocasiones en las últimas dos décadas. Afirman sin sonrojo alguno que no hay división entre los venezolanos y que la oposición es apenas un leve fracción poblacional que está al servicio de los intereses “imperialistas”, “golpistas”, “antibolivarianos”, “apátridas” y “oligarcas” que quieren volver a sumir al “pueblo venezolano” en la subordinación y la “esclavitud” política. Defienden con verbo encendido y apasionado que la “revolución” es un éxito en ese país y que problemas como el hambre, la escasez de medicinas, la quiebra empresarial, la hiperinflación, la diáspora de millones de compatriotas, la caída petrolera y la recesión económica son culpa de los “enemigos internos y externos” de la causa bolivariana que tiene en el fallecido Hugo Chávez y Maduro sus máximos portaestandartes. Sostienen, a rajatabla, que no hay ninguna violación de derechos humanos en Venezuela y que todos los que son encarcelados, sin importar si son jóvenes estudiantes, reconocidos líderes, madres atribuladas, desempleados desesperados o ancianos indefensos, son “terroristas” y “agentes” al servicio  de los “enemigos del pueblo”…

Cuesta entender cómo es posible que el chavismo se auto-engañe de forma tan burda, pese a que la evidencia de la irrealidad de sus discursos y posturas es fácilmente palpable para todos los venezolanos, incluyendo a los propios parciales del régimen cuasi-dictatorial que lidera Caracas. La crisis política, económica, social e institucional no es una cuestión de ópticas, sino que se ve, respira y sufre en toda Venezuela. Una crisis muchas veces advertida y condenada por la comunidad internacional. Una crisis que es imposible no ver, a menos que Maduro y compañía estén tan imbuidos en su propia mentira que ya no distinguen la realidad de lo utópico.

Ayer toda la comunidad internacional, salvo muy contadas excepciones, desconoció los resultados electorales del pasado domingo, por amañados, ilegítimos y faltos de transparencia. Mientras que el Grupo de Lima, del cual hace parte Colombia, anunció el retiro de embajadores de Caracas e incluso la adopción progresiva de otras sanciones diplomáticas y políticas, Estados Unidos endureció las económicas contra el régimen chavista. Poco a poco Venezuela se acerca a un aislamiento total, pero el chavismo no da su brazo a torcer y pareciera decidido a condenar a su población a la miseria y el no futuro antes que entregar el poder que ejerce sin tener sustento democrático real. Pese a ser los evidentes victimarios, Maduro y compañía posan de víctimas. Se creen sus propios argumentos falaces y acomodaticios, y actúan en consecuencia contra sus supuestos agresores. Como se dijo, un caso clásico de disonancia cognitiva, a cual más peligroso y ruinoso para millones y millones de personas.