Viernes, Septiembre 10, 2010

Editorial

Respuesta pronta

*Ministerio de la Seguridad Ciudadana
*Se desborda el orden público


ENTRE  los índices de confianza que puede mostrar un país al exterior y al interior de su propia sociedad, está el de la seguridad. Suele éste, incluso, ocupar el primer lugar, aunque haya otros como los de la calidad de vida, la facilidad para adelantar negocios y fundar empresas, el pago cumplido de los impuestos, la fuerza de la familia y la baja violencia intrafamiliar.


Ya no se trata, pues, de la llamada Seguridad Democrática, ni de las consignas que han servido para soportar la guerra política contra los causantes del terrorismo, sino de salvaguardar la idea general de que Colombia ha logrado mejorar sus índices de confianza, no sólo como país viable, sino eventualmente como una de las promesas hacia el futuro, incluida asimismo entre los países auspiciosos denominados Civets (Colombia, Indonesia, Vietnam, España, Turquía y Sudáfrica).


Esta sensación, sin embargo, viene siendo torpedeada indiscriminadamente desde diferentes flancos. Uno de ellos, ciertamente, es la seguridad ciudadana que, como se sabe, desde el Gobierno antecedente, viene fracturándose de manera considerable en las ciudades. Lo que ocurre en Medellín, que había logrado un posicionamiento promisorio hace unos años, es una mancha difícil de esconder, luego de que las autoridades locales imploran por ayuda nacional para sufragar los ingentes problemas de seguridad que la tienen sitiada. Aunque no en las mismas proporciones, otras localidades sufren los mismos rigores, y en Bogotá, aunque no en las mismas dimensiones proporcionales, la tendencia toma el mismo camino.


Existe allí un fermento explosivo que suscita preocupación. Tomar al toro por los cuernos de inmediato, anticiparse decididamente a un fenómeno que puede desenvolverse con una rapidez inusitada, parecería indispensable. Por eso, frente a otros Ministerios que se anuncian y que podrían no ser tan urgentes, podría pensarse en el Ministerio, o alguna fórmula similar, de la Seguridad Ciudadana.


Es evidente que burocracias adicionales suelen causar piquiña, pero hay algunas, como ésta, que pueden ser más necesarias de lo que se piensa. El Ministerio del Interior, por ejemplo, que podría ser el encargado de la materia, no tiene el tiempo suficiente, pues la dedicación permanente a las relaciones con el Congreso y el trámite de los proyectos de ley, copan todo el tiempo, como es natural. El Ministerio de Defensa tiene, como en todo el mundo, una connotación de guerra y defensa de la soberanía, lo mismo que de librar la lucha interna contra el terrorismo, donde se suele dejar la seguridad ciudadana como tal en un segundo nivel. El Director de la Policía, de otra parte, tiene a su cargo no sólo la administración de una institución tan grande, sino que igualmente debe concentrar su atención en retos tan importantes como combatir el narcotráfico y  la delincuencia asociada con él, mientras la seguridad ciudadana es atendida por una División.


La seguridad ciudadana, por tanto, necesita una voz autónoma en el Gabinete. Igualmente, requiere de un señalamiento estratégico al que pueda dársele continuidad día a día. Y lo mismo encarna una responsabilidad independiente a la de otros Ministerios que parecerían tener esa función secundaria. Ciertamente, gobernadores y alcaldes son directores de Policía en sus regiones y municipios, pero la interlocución con el Gobierno Nacional no puede darse sólo a través de eventuales Consejos de Seguridad o con ministros que no tienen tiempo para ello.


De otro lado, otro flanco de preocupación es la situación de orden público que viene presentándose en las últimas semanas. A la dramática situación que viene ocurriendo con los asesinatos de policías en Caquetá, Cauca y Antioquia, se sumó el martes una emboscada con seis muertos adicionales en Santacruz (Nariño), caso que no tuvo la debida resonancia en los medios. Y a esos hechos, de por sí gravísimos, se sumó la bomba puesta por las Farc y el Eln anteayer, en la sede del DAS de Pasto, dejando 13 heridos.


Poner el ojo avizor en ello es fundamental. Desde que se consolidó el Plan Colombia, la cosa había mejorado. Ahora amenaza salirse de cauce y es indispensable una respuesta pronta.

 

Rectificación mayúscula

La advertencia de la secretaria de Estado norteamericana, Hillary Clinton, en torno de que México “se está pareciendo cada vez más a Colombia hace 20 años, cuando los narcotraficantes controlaban ciertas partes del país”, causó toda clase de reacciones.


La principal y más importante, sin duda alguna, fue la rectificación de la Casa Blanca a las palabras de quien cumple las funciones de canciller del considerado país más poderoso del planeta. El presidente Barack Obama fue enfático: “México es democracia amplia y progresiva, con una economía creciente y como consecuencia no puedes comparar lo que está pasando en México con lo que ocurrió en Colombia hace 20 años”. A ello se sumó que el subsecretario de Estado para América Latina, Arturo Valenzuela, dijo que no podía confundirse la guerra del narcotráfico en la vecina nación con las guerrillas colombianas, en tanto que el zar antidroga de E.U., Gil Kerlikowske, se apresuró a precisar que el hecho de que en el país centroamericano se ataque  con carros-bomba no significa automáticamente que haya insurgencia.


Pocas veces en la reciente historia estadounidense se había producido una rectificación tan taxativa a una Secretaria de Estado, y menos aún tratándose de un tema tan cercano y conocido para las autoridades y opinión pública norteamericana, como lo son las coyunturas de la nación vecina.


Y si eso pasó en Washington, en México, obviamente, las palabras de la señora Clinton fueron rechazadas de manera más enfática. Hubo desmentidos desde el gobierno Calderón para abajo. Incluso, el sector privado advirtió sobre el negativo coletazo que esa clase de comparaciones con la Colombia de hace dos décadas podría traer para la confianza inversionista en el país manito.