Crisis sobrediagnosticadas

  • Priorizar trámite de reformas pendientes
  • Retos de próximos Gobierno y Congreso

A cinco días de terminar la campaña electoral que ha centrado la atención del país en los últimos siete u ocho meses, es evidente que hay un natural desgaste tanto en el país político como en el país nacional. Sin embargo, la larga actividad proselitista ha dejado en claro que existe una coincidencia muy grande en torno a cuáles son las reformas y los ajustes de fondo y forma que requiere en Colombia para enderezar el rumbo en algunos casos o profundizar la hoja de ruta en otros. Resulta afortunado que ello sea así, porque la materia prima más importante para empezar a superar una serie de crisis estructurales y coyunturales es, precisamente, que exista consenso en cuáles son esas falencias, sus causas más objetivas y las consecuencias negativas a corto, mediano y largo plazos. No es para nada exagerado afirmar que una de las ventajas –y a la vez desventaja- de nuestro país es que sus principales problemáticas están más que diagnosticadas, varias de ellas con una, dos o más “misiones” de expertos y estudios multidisciplinarios a bordo en los últimos años, cuyas conclusiones no distan mucho salvo en que las exigencias de las soluciones cada vez son mayores. Bien se podría decir, entonces, que buena parte de las crisis en Colombia están sobrediagnosticadas pero no por ello –he ahí la desventaja de que se hablaba antes- los titulares e instituciones instrumentadoras de los tres poderes públicos han atinado en aplicar los correctivos de fondo requeridos para superarlas.

En poco más de cinco semanas se debe posesionar el Congreso que fue elegido en marzo pasado. Un Parlamento que –aunque no se han oficializado los escrutinios- marcó un nuevo mapa político por el cambio de ecuación en las mayorías, la irrupción de algunas colectividades pequeñas y las fluctuaciones entre varias de las consolidadas y otras emergentes. Asimismo, el próximo domingo debe elegirse el Presidente de la República en unos comicios que están delineados por tres elementos determinantes: una confrontación muy fuerte de modelos ideológicos de derecha e izquierda, la no existencia de la posibilidad de reelección y la primera campaña en que el tema Farc no fue el eje central del pulso proselitista, a diferencia de lo ocurrido en las últimas dos décadas.

En nuestra última edición dominical se publicó un informe sobre las reformas más urgentes y, paradójicamente, aplazadas en Colombia. Reformas relacionadas con problemáticas muy conocidas y sobrediagnosticadas en materia política, electoral, judicial, tributaria, de inseguridad, antidroga, estatal y de corrupción disparada. En todas esas áreas el país y las esferas de los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial tienen muy claro la génesis de las crisis sectoriales. Es más, se cuenta con la ventaja de saber que algunos de los correctivos aplicados en los últimos gobiernos no fueron las soluciones temporales ni definitivas que se prometieron. Igual, existe suficiente acervo probatorio sobre las causas objetivas de cada una de esas problemáticas y lo que se requeriría tanto en esfuerzo normativo, voluntad política y gubernativa, reingeniería institucional, rol del sector privado e incluso costo presupuestal para poder hacerles frente de forma definitiva o gradual.

Visto todo lo anterior, resulta trascendental que sea quien sea el nuevo titular de la Casa de Nariño y cómo se arme a partir de esa escogencia la próxima coalición parlamentaria mayoritaria en el Congreso, se fije desde el comienzo una hoja de ruta sobre los tiempos, orden de radicación y discusión, e incluso consensos políticos previos para aplicar las reformas que urge el país en los sectores ya anotados y otros que se encuentran en similar nivel de prioridad. Resultaría ilógico que existiendo tanto conocimiento sobre las distintas crisis y lo que se requiere para solucionarlas, se citaran más misiones y comisiones para diagnosticar falencias más que advertidas. Todo lo contrario, lo procedente es actuar rápida y decididamente. Como se dijo, a diferencia de lo ocurrido en los últimos dieciséis años, ahora no existe la perspectiva de reelección y tanto al Ejecutivo como al Legislativo la cuenta regresiva cuatrienal se le empezará a agotar rápidamente. No hay tiempo que perder. Dirán algunos que improvisar reformas es arriesgado. Y tienen la razón. Pero aquí la situación es distinta porque estamos hablando de problemáticas que han sido suficiente y profusamente analizadas y expuestas en sus causas profundas, mediatas e inmediatas. Esa es una diferencia superlativa que no se debe desaprovechar.