Un gesto insuficiente

  • Eln no entiende momentum del proceso
  • Próximo gobierno sin margen de acción

 

El anuncio de la guerrilla del Eln en el sentido de declarar un cese el fuego unilateral entre los días 25 y 29 de mayo, con el fin de “aportar a unas condiciones favorables que le permitan a la sociedad colombiana expresarse en las elecciones” presidenciales, tiene dos formas de analizarse.

Una primera podría enfocarse en considerar ese gesto como una muestra de buena voluntad de la facción subversiva, consciente de que el proceso de negociación que se abrió a comienzos del año pasado en Quito y que a partir de la semana pasada, se trasladó a Cuba  -luego de que Ecuador renunciara a ser país garante y sede de las tratativas-, arrastra un alto nivel de desconfianza por parte de la opinión pública, al tiempo que la mayoría de los candidatos presidenciales le han tomado mucha distancia. En ese orden de ideas, declarar una tregua unilateral apuntaría a tratar de disminuir el alto nivel de reserva y, por ende, debería valorarse como un paso del Eln para demostrar que sí está interesado en que este intento de salida negociada al conflicto armado siga adelante en el próximo gobierno, sea quien sea el nuevo titular de la Casa de Nariño.

Una segunda forma de analizar el anuncio del Eln considera, en primer lugar, lo que ha venido ocurriendo desde enero pasado, cuando se terminó el primer cese el fuego y de hostilidades bilateral y temporal que rigió por cuatro meses y era, hasta ese momento, el hecho más concreto y verificable emanado de la mesa de negociación. Rota la tregua, la facción subversiva se lanzó a una escalada terrorista, atentados a la infraestructura petrolera, secuestros de civiles, bloqueos viales y hostigamientos a la Fuerza Pública, con un alto saldo mortal y de heridos, incluyendo el ataque con explosivos contra una estación de Policía en Barranquilla. Más recientemente, los frentes del Eln protagonizaron cruentos combates con rezagos del Epl en la región del Catatumbo, choques que afectaron a más de cien mil personas por varias semanas, generando una emergencia humanitaria de alto calibre.

En vista de todo lo anterior, distintos sectores del país esperaban un hecho de paz contundente del Eln, más aún a sabiendas de que fue su escalada de ataques en la frontera con Ecuador, a la par del accionar terrorista de las disidencias de las Farc y las bandas criminales, la causa de la drástica decisión del gobierno de ese país de quitarle el respaldo a la negociación. Así las cosas, una tregua unilateral por apenas cuatro días en el marco de la votación de la primera vuelta de los comicios presidenciales, resulta a todas luces insuficiente. Lejos de demostrar capacidad de rectificación y voluntad para proteger la nueva mesa de negociación en La Habana, suspender los ataques a la Fuerza Pública y la población civil por unos pocos días pone de presente, una vez más, la actitud desafiante de esa guerrilla no sólo con el gobierno saliente, sino frente al que lo sucederá. Las reacciones ayer de la mayoría de los candidatos a la Casa de Nariño advirtiendo que esa facción subversiva debe hacer más para que el proceso gane en confianza y margen de acción, muestran a las claras, que no será con esta clase de gestos de bajo alcance que esa negociación logrará fortalecerse para que el próximo mandatario, sea quien sea, piense seriamente en mantener abiertas las tratativas.

Explicadas ya las dos ópticas, es evidente que la segunda se encuadra más, en lo que siente y piensa el país, y el escenario que prima en la contienda proselitista. Si el Eln no entiende que su actitud desafiante e intransigente lo único que hace es debilitar el ya de por sí fracturado piso del proceso de paz, cada vez más se acercará a la posibilidad de que el nuevo Jefe de Estado se vea obligado a suspender la mesa y supeditar su reanudación a una serie de condicionamientos que esa guerrilla ya no aceptó en el pasado… Si ello pasa, lo más probable es que el próximo Ejecutivo no tenga opción distinta que lanzar la más grande ofensiva militar para acabar esa facción subversiva por la vía de la fuerza.