El reto de poner la casa en orden

  • Admonición de Ortega y Gasset
  • Las ejecutorias de Vargas Lleras

 

El próximo gobierno tiene el reto de poner la casa en orden, como lo plantea el filósofo José Ortega y Gasset, en cuanto a la condición primordial que distingue al hombre de Estado superior. Y es que no todo político que consigue votos es capaz de poner la casa en orden.

Ortega sostiene que a veces se da la circunstancia y no aparece el político capaz de aprovecharla, o al contrario. Son las fatalidades de la historia pero ese no es el caso colombiano porque está como candidato presidencial Germán Vargas Lleras, un líder político de tiempo completo, con experiencia probada en el manejo de lo público, forjado en la dura competencia proselitista e incluso jefe de su propio partido. Es un hombre de carácter y no se presta para ser comodín de nadie. Esto es clave porque una condición excepcional cuando se trata del arte de gobernar, es tener la independencia de criterio para actuar y defender con tesón las ideas propias y los proyectos de gobierno.

Germán Vargas es sinónimo de ejecución. Como Vicepresidente aceptó ser ministro de Vivienda y encargarse de toda la política de infraestructura, logrando resultados indiscutibles que le reconocen tirios y troyanos a lo largo y ancho del país. Esa gestión fue posible porque se consagró las 24 horas a la tarea, como ya lo había hecho en otros cargos, de servir a los colombianos. Se recuerda que muchos políticos tradicionales pronosticaban su fracaso, más en un país en donde hacer obras desde el gobierno no suele pasar de las buenas intenciones. Ello unido a los lastres de la desidia burocrática, la tramitomanía y los obstáculos presupuestales para financiar proyectos de amplio calado. Incluso hubo dudas sobre la decisión de someter las múltiples y multimillonarias obras a procesos licitatorios y un nuevo esquema de contratación: obra terminada, obra pagada. En un país agobiado por la marea turbia de la corrupción y el tráfico de influencias, ese sistema espantó a muchos avivatos y a otro tanto de inexpertos. Y más aún al percatarse de que el Vicepresidente-ministro supervisaba cada detalle, obra por obra.

Vargas Lleras dispuso de más de 90 billones de pesos, que se tradujeron en miles y miles de soluciones de vivienda, acueducto y alcantarillado para familias de escasos recursos y la más grande revolución en infraestructura vial, portuaria y aeroportuaria. Centenares de proyectos sin una mácula de corrupción ni desgreño. Para el plan de casas gratis, se empeñó en tratar directamente con alcaldes y gobernadores para que aportaran predios y licencias al día, lo mismo que convocó otras instancias del Estado, así como a la banca pública y privada.

Se consagró así como uno de los dirigentes que más ha contribuido al desarrollo nacional en las últimas décadas. Sus ejecutorias le dan el derecho a ocupar un lugar de primer rango en la historia político-gubernamental del país, como Presidente de los colombianos, por sus probados  méritos. Vargas, quien ha sobrevivido a varios atentados, es capaz de vencer las dificultades que tendrá que afrontar el próximo gobierno.

En consonancia con la premisa de Ortega y Gasset, le será preciso al próximo Jefe del Estado asumir la realidad de manejar una nave que en varios flancos hace agua. La situación de orden público se torna en incendio en varias regiones. Los violentos cambian de camiseta fácilmente y se reciclan en diversas facciones subversivas que buscan controlar millonarios negocios ilícitos. No asoma el posconflicto prometido tras el  acuerdo de paz con las Farc.

De otro lado, la corrupción es rampante. Varios expresidentes de la Corte Suprema son investigados por muy graves escándalos. La justicia -que debe ser garante de la libertad- está en crisis. La Jurisdicción Especial de Paz, creada para tramitar los delitos derivados del conflicto armado, nació coja, salpicada por intrigas sobre burocratización, eventuales malos manejos e inoperancia. A ello se suma que el estamento castrense la señala de una actitud sesgada en su contra. Hay vergüenza nacional porque sobre los fondos para financiar el posconflicto se haya deslizado, presuntamente, la garra abusiva de varios altos funcionarios y contratistas, suscitando la protesta de los países donantes.

En las fronteras el desafío subversivo, narcotraficante y de las bandas criminales persiste, sin que se consiga una victoria de la Fuerza Pública decisiva sobre los mismos, que continúan traspasando los límites y afectando a terceros países.

De otro lado, los poderes públicos son inferiores a su misión y desafíos. Para no hablar de la crisis socio-económica galopante, agravada por el ingreso de un millón de hermanos venezolanos que huyen de la crisis en su país.

Estas problemáticas y muchas otras no pueden ser manejadas por dirigentes teóricos y bisoños bien intencionados, ni por políticos de vieja data que han fracasado en la administración pública en materia grave, como el manejo de las basuras en Bogotá, ni tampoco por aquellos que fueron signatarios de la capitulación del Estado en La Habana. Los colombianos de bien deben volver los ojos a ejecutores insobornables y políticos de la talla de Germán Vargas Lleras, capaces de sacarnos del bache y producir resultados. Capaces de poner la casa en orden.