Brexit, el pulso conservador

  • Hora de asumir las consecuencias
  • Diplomacia de los tratados bilaterales

 

El Brexit es, fundamentalmente, un problema interno del Partido Conservador inglés. Como se sabe, el referendo convocado para la permanencia o salida del Reino Unido de la Unión Europea fue idea del entonces primer ministro David Cameron. Nunca pensó, desde luego, que el asunto habría de ser tan dramático en la historia del archipiélago británico y que, a tres años de su decisión, la polarización en su país llevaría a una dramática desorientación que tiene pasmado al mundo.  

Fuere lo que sea, el Brexit se decantó por la negativa a seguir perteneciendo a la Unión Europea. Esto producto, ciertamente, de una nueva dimensión política, replicada en otras partes del mundo, según la cual la globalización ya no es la mejor respuesta para las necesidades inmediatas de la gente y supone grandes sacrificios que los electores no están dispuestos a aceptar. En buena medida, pues, el Brexit fue la primera votación contra el multilateralismo y el integracionismo que se había presentado y construido pacientemente como la panacea al término de la Segunda Guerra Mundial, y todavía más luego de finiquitada la “Guerra Fría”.

El gabinete conservador de Cameron, en su momento, se dividió entre los partidarios de seguir en la Unión Europea y los que pedían una salida inmediata de ese bloque, cuyos países sumados representan la economía más grande del mundo, por encima de Estados Unidos y China. Esto, precisamente, era la representación fehaciente de que la integración había funcionado y de que Europa valía más como un mercado unido, siguiendo de alguna manera los postulados napoleónicos, cuando se alcanzó a hablar de unos estados unidos europeos.

En principio Cameron tenía la idea de que el costo de pertenencia del Reino Unido a la Unión Europea era demasiado alto, pero al reunirse, antes del referendo, con las autoridades de Bruselas logró unos pequeños beneficios que mostró en Londres como un resultado plausible. De tal modo, estaba convencido de que ganaría el evento refrendatario, pese a la oposición de algunos de sus ministros, encabezados por Boris Johnson, que siguieron liderando la posibilidad de la salida inmediata, sin dilaciones. Por esa época, Cameron había logrado ganar un plebiscito impidiendo la separación de Escocia, lo cual le había dado nuevas energías para presentarse como el líder del referendo en favor de que el Reino Unido permaneciera en Europa, contra el anhelo de algunos copartidarios en el consejo de ministros. De hecho, el mundo entero daba por descontado que Cameron ganaría, por lo que la sorpresa fue mayúscula cuando los partidarios del ‘divorcio’ se impusieron en las urnas en toda la línea, particularmente en los territorios centrales de Inglaterra.

Cameron renunció y fue elegida, en su reemplazo, Theresa May. Como se había resuelto el tema por vía interna, la nueva Primer Ministro decidió posteriormente llamar a elecciones, a pesar de que el Partido Conservador era la fuerza incuestionable en la política británica. La sorpresa volvió a ser mayúscula cuando May no obtuvo las mayorías reglamentarias y hubo de pactar una coalición con los sectores irlandeses. Ello, de antemano, le generó fragilidades gratuitas y en adelante las negociaciones para salirse de la Unión Europea, de acuerdo con lo estipulado en el tratado, se hicieron más complejas. Bruselas adoptó un tono más duro con los británicos, cuyas pretensiones han sido las de un “Brexit blando”, o sea, una salida lo menos catastrófica posible, en términos económicos y sociales, para el Reino Unido.

Hace unos días May logró la totalidad del respaldo conservador en la Cámara de los Comunes para continuar de Primera Ministra, pero ayer sufrió una derrota al poner las nuevas cláusulas del Brexit, pactadas con la Unión Europea, a consideración del Parlamento. Los conservadores de nuevo se dividieron, por cuanto una porción importante de ellos quiere una salida sin mayores negociaciones con la Unión Europea. En esa dirección, el Partido Laborista, de oposición, quiere pescar en río revuelto y anticipar las elecciones. Ello desde luego no va a ocurrir y May tendrá que volver, en el término de la distancia, ante las autoridades de la Unión Europea para tratar de morigerar algunas cláusulas adicionales. Pero como de seguro esto no será de fondo, es muy posible que regrese con las manos vacías y que deba enfrentar un ‘divorcio’ a rajatabla, como lo pretenden varios, una vez se cumpla la fecha final, el próximo 29 de marzo.

En medio de las arduas disputas internas, la responsabilidad es, en todo caso, del Partido Conservador inglés. Así las cosas, algunos piensan que con una prórroga por parte de la Unión Europea es posible llegar a acuerdos. No se ve fácil que ello suceda. Por lo cual los británicos deben prepararse para un nuevo escenario de separación, sin mayores negociaciones, mostrándole al mundo que, en un plazo razonable, podrá sacar adelante su economía a través de acuerdos bilaterales con distintos países y aceptar el dictamen de las mayorías de una vez por todas.