Europa-EU: el reacomodo de las agendas

Foto archivo Anadolu

Ahora, a la brevedad que sea más factible, se impone un golpe de timón, una normalización de relaciones en general, entre las potencias con mayor hegemonía en este mundo multipolar. Como parte de una visión integradora, eso se requiere por parte de China, Rusia, las naciones emergentes, y muy en especial entre Europa y Estados Unidos.

Y no es para menos.  Robert Bridge dedica un libro completo a la disfuncionalidad política estadounidense: “Es Media Noche en el Imperio Americano”.  En él da cuenta -entre otros aspectos- de la cooptación corporativa que atenta contra la democracia representativa en Estados Unidos. Como sabemos, esas circunstancias se exacerbaron, llegando al paroxismo, durante los cuatro años de Donald Trump. 

Sin embargo, emerge la esperanza. La normalización de relaciones comienza a ser evidente desde este 20 de enero de 2021, con la toma de posesión de Joe Biden (1942 -). Vuelve el oxígeno de la racionalidad dentro de una perspectiva global que busca productividad económica, a la vez que un mínimo de equidad en lo social y de sustentabilidad ecológica.

El nuevo mandatario en Washington, firma 17 nuevos decretos, deteniendo hasta nuevo aviso las deportaciones, al menos por 100 días, se tramita ya el retorno a la Organización Mundial de la Salud, además de la reintegración de Estados Unidos al Acuerdo de París.  Es necesario cuanto antes exorcizar los escenarios de la política estadounidense, eliminando los remanentes de la administración anterior.

Desde el otro lado del Atlántico, los europeos no pudieron ser más explícitos respecto al beneplácito que les produce tener al nuevo inquilino de la Casa Blanca.  El ejecutivo alemán no dudó en calificar de “alivio” el resultado de la toma de posesión de Biden, como presidente número 46 en la Unión Americana.  La presidente de Europa, de la Comisión Europea, Úrsula von der Leyen (1958 -) en lo que ha sido una declaración extraordinaria, reconoció que es grato “tener de nuevo a un amigo en Washington”.

Desde ya se preparan agendas y reuniones bilaterales para poder ir zanjando diferencias y desmontando medidas que hostil e innecesariamente generaban fricciones entre los dos polos de poder.  En especial la Administración Biden debe abordar el tema de Irán, la perspectiva de Rusia y los nexos económicos generales con China.

Tanto Europa como Estados Unidos tienen una condición paralela en sus dinámicas políticas actuales. El Viejo Continente debe abordar la transición posMerkel, dada la negativa de la actual Canciller Alemana a postularse a un nuevo mandato luego de 15 años de estar al frente del Ejecutivo de su país.  Por su parte Estados Unidos debe superar las tempestades de la anterior administración lo más rápido posible, tratando de que sean mínimos los costos que implique la normalización de entidades y funciones.

Las dificultades, no obstante, están presentes y son múltiples. En Washington es claro que se debe lidiar con la amenaza siempre presente de los violentos seguidores del anterior mandatario. Son 74 millones de votos los que siguen latiendo amenazadoramente, como parte de la embestida de extrema derecha, muy tradicional en la “América Profunda”, la de la ruralidad maltrecha, la de niveles educativos sustancialmente mejorables.

De manera general, tal y como acontece en otras latitudes mundiales, se debe lidiar con tres grandes crisis que nos acechan en este 2021: las condiciones de la pandemia, la reactivación económica, y las amenazas del calentamiento global. Se trata de tener ópticas que sean integradoras y a largo plazo, reconociendo que los costos de las adaptaciones deben ubicarse en medidas que preserven la equidad social: el trato justo a las diferencias entre los diferentes grupos.

Es paradójico testimoniar en todo esto que si en algo tenemos la esperanza de sobreponernos a estos desafíos, es en la ciencia. Cierto. Pero no menos consistente es penosamente reconocer la existencia de movimientos que a falta de raciocinio, buscan refugio en emotivas teorías conspirativas.  En lugar de basarse en la evidencia y el piso sólido de los hechos, se atienen al “pensamiento e identidad de la tribu”.  Buscan confort emotivo, más que la verdad de procesos y mecanismos que forman parte de nuestra cotidianidad.

Esos pensamientos mágicos pueden consolar, pero no resolver los problemas.  En esas condiciones, tanto Europa como Estados Unidos deben enfrentar las condiciones del populismo nacionalista. El mismo que provocó que el Reino Unido, por ejemplo, eficazmente se pegara un disparo en la pierna al establecer su salida política -que no económica ni comercial- del gran mercado europeo. 

Una considerable herida autoinfligida que desde ya le está saliendo costosa en general a los ingleses, aunque, desde luego, algunos grupos son beneficiados por las nuevas disposiciones. Medidas que pueden dejar contentos a grupos bastante mal informados, mientras, como buen populismo, dejan intactas las dinámicas que generan dificultades recurrentes.

Tanto Europa como Estados Unidos deben enfrentar los resultados críticos de la pandemia, las condiciones económicas y ecológicas. A costa de 400,000 muertos -en general producto de la inacción en Washington- el país ha mantenido la economía con cierto nivel de flotación.  En Europa la caída que se espera en el total de producción es de 9%.  En ambos casos las medidas de superación de los desafíos actuales pasan por abordar los problemas de inequidad y exclusión.  Precisamente los factores que nutren el andamiaje que sustenta al nacional populismo, circunstancia que beneficia a políticos oportunistas a ambos lados del Atlántico.

*Ph.D. University of Pittsburgh/Harvard. Profesor Titular, Escuela de Administración de la Universidad del Rosario

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