España, de cara al futuro

  • Bacteria separatista mutante
  • Arranca el “juicio del siglo”

 

 

El problema de la unidad de España y el separatismo recurrente ha sido tratado multitud de veces por las mejores plumas de ese país, así como por analistas neófitos y muchos extranjeros. Pero aun así el asunto no se resuelve, en cuanto ese mal de la escisión semeja una especie de bacteria mutante, que cambia constantemente de aspecto, color o se mimetiza entre el paisaje de la política local ibérica. Por varios siglos diversos sectores catalanes han apelado al separatismo con la finalidad de conseguir ventajas económicas y políticas del resto de España, en particular del gobierno de Madrid. El pueblo catalán es de los más laboriosos y hábiles para los negocios del país y en materia política se distingue por la falta de flexibilidad en sus posturas.

Por cuenta de los nacionalistas a ultranza se falsifica la historia de Cataluña y de España, se prohíbe en los colegios la enseñanza del castellano, al tiempo que se fomenta el odio entre los españoles. Todo lo cual ha sido permitido por gobiernos débiles y complacientes, que han fallado estruendosamente en la aplicación de la ley y la defensa activa de la unidad espiritual y material de la nación.

En el siglo XX, con la muerte del general Francisco Franco, y los pactos políticos para avanzar en democracia y darse una constitución, el regionalismo y el localismo se robustecieron, en tanto se debilitó el Estado nacional. El político y constitucionalista Manuel Fraga Iribarne, que previó los alcances enervantes y nefastos del separatismo, no consiguió el apoyo para que se aprobaran en la Carta Política medidas más drásticas para salvaguardar la unidad nacional. Cuando se fundó la Unión Europea, Fraga pensaba que España podría sobrevivir por fuera de dicha unidad, fomentar más el turismo y favorecer la entrada de capitales extranjeros, lo que facilitaría el desarrollo y consolidaría la unidad nacional, más no consiguió convencer al resto de españoles y perdió el plebiscito. Visto lo ocurrido desde entonces, varios analistas consideran que el dirigente tenía la razón y por esa vía se habría mantenido la unidad de España, al estilo de algunos de los países nórdicos. Lo mismo que, dentro de la misma hipótesis, sin los planes de ajuste europeos la nación ibérica estaría hoy mejor económicamente. Lo cierto es que por el momento si bien la Unión Europea está por la unidad española, se vislumbra paralelamente un poderoso avance del nacionalismo, como ya ocurre en Italia y otros países.

En medio de todo ello, la apuesta catalana por el separatismo cada vez se parece más a un suicidio colectivo. El separatismo crece en la medida que los gobiernos en Madrid se debilitan pero también  porque en medio de la emulación de fuerzas partidistas en el escenario parlamentario se suele apelar a concesiones a los divisionistas a cambio de su apoyo para conformar mayorías.

Hoy por hoy, en un clima de pugnacidad política y desencuentro de la opinión pública, el gobierno de Pedro Sánchez, que se caracteriza por su debilidad y por haber llegado al poder no por las urnas sino por cuenta de componendas parlamentarias, unos días parece entenderse con los separatistas y otros se muestra cauteloso y recuerda que su deber es defender la unidad monolítica del país. Sin embargo, olvida esto último en cuanto necesita recursos, los mismos que debe aprobar un Parlamento con mayorías ajustadas.

Esa es la coyuntura en la que está por arrancar en España el que ha sido llamado “el juicio del siglo”. A Madrid han sido trasladados, en calidad de prisioneros, los dirigentes independentistas catalanes sobre los que pesan las graves pruebas del complot que fraguaron para conspirar contra la unidad del país. Se anticipa que será histórico el proceso contra estos doce dirigentes que están presos por incubar el fracasado golpe separatista de octubre de 2017. Aquel que el gobierno de Mariano Rajoy permitió que se efectuara como en cámara lenta ante los ojos del mundo. Un inmovilismo enervante que nadie entendió y que facilitó la acción de los que apostaron a desgarrar la Península. Precisamente entre los primeros en ser citados a declarar está el propio exjefe de gobierno y dirigente del Partido Popular. Desde ya los separatistas acusados de rebelión, malversación de recursos y otros cargos alegan que se trata de una farsa, al tiempo que descalifican las autoridades judiciales y apuestan por convertir los estrados en una tribuna a favor del separatismo, con el objetivo de pasar de acusados a acusadores.

En su mayoría los acusados son personajes menores, en un momento crucial de la vida política española en donde las grandes personalidades brillan por su ausencia. En el que los cinco millones de personas que votaron por la facción izquierdista y populista Podemos, ahora se sienten desengañados. Un escenario en donde, de improviso, podría surgir una reacción del genio secular de España para defender la unidad nacional todo trance.