La cruzada de Francisco

  • Cumbre católica inédita contra abusos sexuales
  • La política de “cero tolerancia” no da tregua

 

La cruzada del Papa Francisco contra los abusos sexuales al interior de la Iglesia Católica no tiene tregua. Todos los días el Vaticano refuerza las medidas para castigar a los integrantes de la estructura eclesiástica que tuvieron participación en estos atropellos, ya sea porque atentaron contra la integridad física de los fieles, incluyendo niños, o porque sabedores de tales hechos graves no tomaron las decisiones del caso para apartar a los agresores de la institución religiosa y asistir de forma rápida y decidida a sus víctimas. Desde el día uno de su pontificado el cardenal argentino se comprometió a una política de “cero tolerancia” a los escándalos de pederastia, advirtiendo que todos los culpables, por acción y omisión, no sólo recibirían la más drástica sanción dentro de la jurisdicción eclesial sino que, además, sus casos pasarían a ser conocidos por la justicia ordinaria, en donde las penas por esta clase de delitos cada vez son más altas en todo el planeta.

De esta forma, el papa Francisco pasó del sentido mea culpa que caracterizó a sus más inmediatos antecesores frente a la larga y nefasta historia de abusos sexuales al interior de la Iglesia, a tomar medidas más concretas en torno a la expulsión de todos aquellos sacerdotes, diáconos, obispos y hasta un cardenal señalados en este negro capítulo que ha manchado la imagen y credibilidad de una de las confesiones religiosas con más creyentes en todo el mundo. Incluso las propias organizaciones de víctimas admiten que la explosión de denuncias sobre casos ocurridos una, dos o más décadas atrás se debe, precisamente, a que ven en el Vaticano una política abierta, sincera y proactiva para poner al descubierto a los agresores, situación muy distinta a la que primó tiempo atrás, cuando fue evidente una estrategia de ocultamiento que rayó casi en el silencio cómplice.

Mañana, precisamente, el Papa Francisco dará una muestra más de esta nueva política. Convocó en Roma a todos los presidentes de las conferencias episcopales para que durante tres días analicen los mecanismos que la Iglesia está implementando a nivel global para enfrentar este lastre que avergüenza a la institución eclesiástica.

Se trata de una cumbre que la propia jerarquía católica califica de “inédita”, pues asistirán 113 líderes de conferencias episcopales nacionales así como representantes de las congregaciones católicas de toda índole. De igual manera, se dará prioridad a la participación de las organizaciones de víctimas. El propio Pontífice la considera un "acto de fuerte responsabilidad pastoral ante un desafío urgente de nuestro tiempo". El cónclave tiene entre sus objetivos enviar a toda la feligresía un mensaje contundente e inequívoco: cero tolerancia a los atropellos y máximo castigo a los abusadores, sin excusas ni flexibilidades. Un mensaje en donde la institución se declara dispuesta a investigar a fondo cada una de las denuncias así como a  acompañar de forma activa y decidida a los abusados en su búsqueda de verdad, justicia y reparación. "El primer paso debe ser reconocer la verdad de lo que ha sucedido", insiste el papa Francisco a cada tanto a los integrantes del clero y a los millones y millones de católicos en todo el mundo que han testimoniado la revolución que el Pontífice ha protagonizado en su corto mandato, llevando a la Iglesia a retornar a su vocación de servicio, solidaridad con los más vulnerables y soporte espiritual en una sociedad contemporánea caracterizada por el materialismo, el individualismo, la perversión de los valores y la falta de amor por el prójimo.

Es claro que lavar la imagen de la Iglesia no será fácil ni mucho menos automático. La dimensión de lo ocurrido es muy grave y hay una cantidad significativa de culpables, directos e indirectos, todavía impunes. Sin embargo, el Vaticano todos los días da un paso más en su cruzada por la justicia para las víctimas de los abusos sexuales y la pederastia. Lo hace sin tregua ni ambages. No busca el simple perdón y olvido, sino el castigo ejemplar a quienes aprovechándose de su estatus eclesiástico actuaron contra todos los valores cristianos que debían defender.

Habrá que esperar, entonces, qué pasa a partir de mañana en la cumbre en Roma, que fue convocada bajo el título “La protección de los menores en la Iglesia". Lo importante es que el propio titular del Vaticano lidera la estrategia y ha dado muestras evidentes de que llegara hasta las últimas consecuencias para superar tan grave mácula en la historia milenaria del catolicismo.