La lenta marcha del cambio ministerial

Foto Montaje El Nuevo Siglo
Parecería obvio que la reingeniería en el gabinete no ha terminado. De igual manera no se sabe todavía si los nombramientos recientes llevarán a que se amplíe oficial y efectivamente la coalición duquista

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A estas alturas, y luego de los anunciados cambios en las carteras del Interior, Salud, Agricultura y Trabajo, el gobierno del presidente Duque aun no ha dicho que no habrá más modificaciones en el gabinete.

Tampoco se sabe si la idea es, ciertamente, generar una nueva coalición en el Congreso con miras a que todos los partidos representados en el Consejo de Ministros se declaren oficialistas, ni tampoco se sabe si efectivamente existirá un acuerdo programático que evite caer en el tinte burocrático que hasta ahora parecen haber tenido las movidas gubernamentales.

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En principio, el gobierno Duque se vio sorprendido con la renuncia del entonces ministro de Defensa, Guillermo Botero, en noviembre pasado, a raíz de la moción de censura votada por la mayoría de los partidos en el hemiciclo parlamentario y cuya formalización no se llevó a cabo en la sesión siguiente por su dimisión.

Esto obligó a que se trasladara al despacho de Defensa al canciller Carlos Holmes Trujillo y que en este último cargo se designara a la exsenadora Claudia Blum, sin incidencias en la coalición partidista. Es decir que, desde el punto de vista de la ampliación del espectro político gubernamental en el Congreso, el asunto tuvo un carácter eminentemente neutro.

Por la misma época, la sensación de crisis se mantuvo a cuenta de la filtración del diálogo confidencial entre el embajador en los Estados Unidos, Francisco Santos, y la Canciller designada. Esto llevó finalmente a la renuncia de Santos, a comienzos de este año, producto de los comentarios personales que el diplomático hizo a Blum sobre lo que consideraba el desbarajuste del Departamento de Estado norteamericano.

Por lo pronto, la legación colombiana en ese país sigue vacante. El caso fue que el Gobierno pareció verse de algún modo sorprendido y la normalización del tema aún no se produce.

Como se sabe, las relaciones con Estados Unidos son uno de los elementos esenciales del gobierno Duque, entre otras por las dificultades en torno a la dramática expansión de los cultivos ilícitos a más de 200.000 hectáreas, entre 2014 y 2018. De suyo, el presidente Donald Trump ha cancelado dos veces sus visitas a Colombia. 

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De otro lado y aparentemente con el propósito de manejar la nueva coalición, una vez sea sellada, el Jefe de Estado cambió hace poco del ministerio de Trabajo al de Interior a su jefe de campaña, Alicia Arango, lista a posesionarse en una semana. Ello le permitirá a Duque, de una parte, afianzar los nexos con el Centro Democrático, puesto que Arango es ficha clave en la vocería uribista. Pero de otra parte su responsabilidad, asimismo, estaría dirigida a garantizar las nuevas mayorías parlamentarias para los proyectos gubernamentales, así como a liderar la defensa del gabinete frente a las mociones de censura que tomaron fuera de base al Ejecutivo en la legislatura anterior.

Tendrá entonces Arango que morigerar las aguas al interior del partido de gobierno, puesto que su designación en buena medida está encaminada a que el Centro Democrático apacigüe las críticas a Duque y el ambiente crispado en que se desenvuelven las expectativas políticas de ese grupo hacia el futuro. De hecho, tanto dentro del Ejecutivo como en la bancada del Congreso hay múltiples candidatos presidenciales en ciernes que buscan situarse de la mejor manera posible para la sucesión en 2022, por lo cual son reiterativos los cortocircuitos y las fricciones internas.

Por igual, Arango será la voz cantante, en compañía del consejero Diego Molano, frente a los paros anunciados para este año y el desarrollo de la Conversación Nacional, cuyos primeros resultados deberán darse a conocer el próximo 15 de marzo, de acuerdo con la fecha límite puesta por el primer mandatario.

Hasta ahí, pues, no hay cambios desde el punto de la representación política en el Congreso, sino en cuanto a la recomposición de las vocerías del Centro Democrático.

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Solo hasta hace unos pocos días, tras varios meses de expectativa, el presidente Duque entró a definir el afianzamiento y la ampliación de la coalición parlamentaria. Es probable que se haya tomado ese tiempo largo a fin de cortar cualquier nexo subliminal con la crisis de gabinete surgida entre octubre y noviembre. Es posible también que así lo haya hecho con el objeto de que no se confundan los actuales movimientos ministeriales y el concepto de representación política con cualquier sinónimo de “mermelada” o transaccionismo, según los términos que fueron cruciales en la oposición de Duque y el Centro Democrático al gobierno anterior. Parecería evidente que la mayor preocupación gubernamental es no ser tildado de lo mismo.

En principio, Duque abrió la compuerta a una mayor representación conservadora, aceptando para el ministerio de Agricultura la hoja de vida presentada por parte de la bancada costeña en el nombre de Rodolfo Zea, destacado funcionario de la administración Santos en Findeter y especializado en temas agrícolas. Reemplaza a Andrés Valencia, sobre quien se venía rumorando en los corrillos parlamentarios una moción de censura en la legislatura a reanudarse el próximo marzo. Con ello, Duque amplió la representación conservadora a otros sectores diferentes a los que se sentaban en el gabinete y que habían sido determinantes en el Congreso. Por ese lado, como lo dijo a EL NUEVO SIGLO el presidente del Directorio Nacional Conservador, Omar Yepes, “el partido quedó bien representado”.

Al mismo tiempo, pasó Duque a resolver el problema del partido de la U, que es diferente políticamente al de los ya descritos. En efecto, la U no solo acompañó a Duque en la segunda vuelta electoral, sino que luego se declaró partido oficialista a comienzos del mandato presidencial. Aún así, no obtuvo representación en el Gobierno a diferencia de las colectividades que actuaron igual. Eso produjo, durante el último año y medio, todo tipo de pugnas políticas hasta el punto de que la misma caída del ministro Botero se dio por un parlamentario adscrito a la bancada de la U (Roy Barreras), a su vez promocionado electoralmente por la entonces poderosa gobernadora del Valle, Dilian Francisca Toro.

Duque abrió, pues, el compás, pero no le dio el “premio” ministerial al sector que había tumbado a Botero. Con ello quedó por fuera la candidata más recomendada por la bancada, que era la misma Toro. Nombró entonces al excongresista de esa filiación, Ángel Custodio Cabrera, en la vacante dejada por Alicia Arango en la cartera de Trabajo, con la misión de concretar iniciativas de muy incierto futuro, dadas las circunstancias sociales, como las reformas pensional y laboral.

La mayoría de la U, entonces, permanece a la expectativa de si el primer mandatario arreglará las relaciones con la bancada completa con una representación adicional, para mantenerse en el oficialismo, o si en el fondo lo que pretende Duque es formalizar la división, ante lo cual solo cabría esperar cómo quedarían los bandos de uno y otro lado.

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De modo paralelo, el interés del Gobierno pareció centrarse en Cambio Radical, con una bancada de 16 senadores y 30 representantes a la Cámara. Pese a tener vacante el ministerio de Salud, a raíz de la renuncia de Juan Pablo Uribe -por cumplirse el año en que había aceptado colaborar para generar un plan de acción-, el Primer Mandatario incluyó esa cartera dentro de los aspectos de la nueva coalición parlamentaria. Así las cosas, nombró a otro reconocido experto, el médico Fernando Ruiz, recomendado directamente por el jefe de Cambio Radical, Germán Vargas Lleras, y ampliamente aceptado en la bancada. No obstante, para que ese partido pase de independiente a oficialista es posible que Duque tenga en mente ampliar la representación y contar con ese sector político para garantizar las mayorías definitivas en el hemiciclo parlamentario, como dijeron fuentes de esa filiación a EL NUEVO SIGLO.

En todo caso, Cambio Radical es la colectividad que más ha insistido en la necesidad de un acuerdo programático, con la agenda legislativa respectiva, a fin de tener las mayorías suficientes que se puedan congregar en torno a unos propósitos nacionales que permitan avanzar claramente en lo que resta del gobierno Duque.

El giro de las coaliciones, en cualquier país del mundo, exige de completa claridad política. De algún modo el actual cuentagotas del cambio ministerial, en Colombia, no deja ver el panorama con certeza. En España, por ejemplo, fue muy controvertida la nueva y reciente coalición de izquierdas entre el Partido Socialista y Podemos, pero la plataforma política se aclaró y el país ganó en estabilidad institucional. La opinión pública española sabe a qué atenerse, pese al agudo debate y la incidencia del separatismo catalán. Lo contrario produce desgaste e incertidumbre.

Si el presidente Duque ha decidido engrosar sus mayorías parlamentarias, para darle mayor empuje a las iniciativas de su gobierno en el Congreso, es porque ha hecho un cálculo reflexivo de las necesidades políticas hacia adelante. Siendo así, resulta indispensable aclarar de una vez por todas el panorama, so pena de caer en un “quita y pone” que antes de reactivar la iniciativa política, lo que produce es un deterioro ministerial aun antes de haber entrado en funciones.