Esperanza de vida | El Nuevo Siglo
Lunes, 22 de Febrero de 2021

Llegó la vacuna. O mejor, empezó a llegar la vacuna. En cada minúsculo frasco vienen envasados  varios siglos de conocimiento científico y la ilusión de todo un planeta. Qué prodigio la ciencia, cuánta entrega de tantas personas, en tantos sitios y momentos diferentes; gente que nunca se conoció pero que a lo largo del tiempo, y de generación en generación, ha construido consensos y ha trabajado en torno al propósito común de la esperanza. La esperanza de vida, como ellos mismos le han nombrado.

Según cuenta Carlos Dáguer en Vigilantes de la Salud, un bellísimo libro sobre las gestas de quienes han velado por la salud pública colombiana, han pasado dos siglos desde que se emprendiera la Real Expedición Filantrópica para combatir la viruela y vacunar, por primera vez, a las poblaciones suramericanas. Después de sobrevivir a un naufragio y llegar a Cartagena, los expedicionarios empezaron a crear las juntas de vacuna para coordinar el proceso de inmunización, a medida que recorrían el agreste territorio.

A falta de ultracongeladores, la única manera que encontraron para transportar y preservar el fluido vacuno, fue utilizando niños pequeños como reservorios humanos que lo pasaban de brazo en brazo; así, garantizaron que se mantuviera fresco y activo durante el largo viaje desde Galicia y a lo largo de lo que hoy es Colombia. Todo era adverso a semejante empeño, empezando por la difícil labor de sembrar confianza en una población que nunca antes había afrontado una situación similar.

En 1980, después de muchos muertos, muchos intentos y muchos obstáculos superados, se declaró erradicada la viruela en el mundo. Se ponía fin a una enfermedad que diezmó pueblos enteros y llegó a matar al 35% de sus víctimas. Como saldo a favor, en Colombia quedó instalada una robusta estructura institucional que ha permitido duplicar la esperanza de vida en el último siglo. Gracias a tantas personas e instituciones que, generación tras generación, construyeron un saber y un hacer, ha sido posible combatir otras enfermedades, salvar y hacer mejor la vida de millones de personas.

El conocimiento acumulado en el tiempo ha permitido que el país cuente con uno de los programas de vacunación más completos de la región. Si bien hoy la esperanza viene en avión, envasada en pequeñas dosis, la confianza que este empeño requiere está arraigada aquí mismo, en la experiencia de un sector que sabe bien lo que hace. Reconocer y valorar el esfuerzo científico, médico, administrativo y logístico que implica vacunar a millones de personas, en la condiciones más disímiles y difíciles, es honrar la confianza que nos debemos a nosotros mismos.

Creer y querer que el plan de vacunación contra el covid-19 funcione, es también un acto de confianza en la ciencia, en su forma de construir consensos, en sus mecanismos de verificación y en el trabajo colectivo que la sustenta. Es mirar hacia el pasado para entender que nunca antes habíamos estado tan bien preparados para afrontar una crisis como esta y tener plena certeza del futuro por venir.

@tatianaduplat