Fin al melodrama Demócrata

  • …Y Trump les volvió a ganar
  • Implosionó la acusación de la trama rusa

La oposición del partido Demócrata se ha dado de un palmo en la cara una vez el fiscal especial Robert Mueller, luego de una investigación minuciosa, confirmó que el entonces aspirante y hoy presidente Republicano de los Estados Unidos, Donald Trump, no tuvo que ver en lo absoluto con las dramáticas y reiterativas acusaciones de haber incurrido en una conspiración con los rusos para torpedear la candidatura de su contrincante, Hillary Clinton.

En efecto, nada de nada, aunque los Demócratas acudieron a todo tipo de herramientas para tratar de salpicar a Trump: desde esculcarle la vida personal hasta en los detalles más íntimos, revisar la trayectoria de sus negocios -algunos de los cuales incluían transacciones en Moscú-, hasta inspeccionar las ejecutorias de sus hijos, esposa, socios comerciales y equipo de campaña. Todo ello con el fin de debilitarlo sobremanera para finalmente sentarlo de acusado en el Congreso, en los próximos días, sobre la base de que había estado detrás de la filtración, a través de hackers rusos, de documentos que probaban las falencias de Clinton en el manejo de información confidencial cuando era Secretaria de Estado del saliente mandatario Barack Obama.

Como se sabe, vino la cita en las urnas y Trump se impuso en los colegios electorales, dejando en evidencia que la ‘guerra sucia’ a que acudieron los Demócratas, coadyuvados por los medios de comunicación estridentes de siempre, resultó no solo fallida sino que fijó un precedente: el votante decidió en conciencia, sin dejarse arrastrar por la manipulación mediática de la élite y el impacto de las redes sociales en que sus rivales fincaron gran parte de la campaña, sin ver que el aspirante Republicano, con un discurso realista, directo y centrado en lo que quería la opinión pública y los requerimientos populares, les tomaba cada día más ventaja.

No obstante, los Demócratas y obsesivos malquerientes de Trump, lejos de aprender de sus errores, decidieron insistir con la esperanza de ganar, por la vía de un juicio criminal, lo que no consiguieron en las elecciones. Pese a ser entonces minoría en ambas cámaras legislativas, empezaron a forzar múltiples investigaciones y expedientes contra el Jefe de Estado. Fueron, como se dijo, 22 meses de rifirrafe diario entre Trump y sus contradictores, mediando condenas a algunos exfuncionarios -e incluso al abogado del primer mandatario-, varios de los cuales, a cambio de la promesa de beneficios y rebajas penales, se convirtieron en testigos contra el titular de la Casa Blanca.

Pero de nuevo los Demócratas no se percataron de que mientras ellos insistían en hacer del llamado ‘rusiagate’ una plataforma monotemática de oposición a Trump, este si bien se tomaba algunos minutos de su jornada diaria para replicarles los trinos, en el resto gobernaba, recuperando espectacularmente la economía en menos de año y medio, así como aplicando una estrategia geopolítica que en cierta medida ha dado resultados positivos dentro de la premisa de la Casa Blanca de priorizar las necesidades norteamericanas.

Trump, en enero pasado, no solo llegó a la mitad de su mandato, sino que desde entonces fue evidente un clima de opinión en ascenso a su favor. Se pensaba, incluso, que al adueñarse de la Cámara Baja, la desgastada cruzada opositora daría resultados. Pero, de nuevo, a los Demócratas se les revirtió la estrategia. Todo indica que sí hubo injerencia rusa, pero no con la complicidad del candidato Republicano. El cargo de obstrucción a la justicia por parte suya o de su gobierno tampoco fue probado. Es decir, inocente de todos los cargos, lo que en Estados Unidos equivale a “no culpable”, que a fin de cuentas es lo mismo, pese a que ahora la oposición, frente a su derrota descomunal, quiere hacer diferencias sofísticas.

Trump ha salido a cobrar duro y frontalmente lo que considera uno de sus mayores triunfos políticos. Y la oposición, de nuevo, con más de una decena de precandidatos que tenían el mismo discurso de la trama rusa, parece no encontrar cómo frenar su reelección.

Algún día los Demócratas tendrán que aprender, entretanto, que no es “comiendo” carne de presidente republicano, de modo obsesivo, como se hace oposición. Así lo hicieron con Nixon, al que tumbaron, y luego con Reagan, que se salvó en las postrimerías de su segundo mandato. Para ellos, entonces, Trump era presa fácil dentro de semejante criterio político estrambótico. Pero ahora ya no les bastará con vivir de los dimes y diretes, de los chismes y los escándalos prefabricados, en suma, de la engañifa y el melodrama. Ahora tendrán que pensar, estudiar y generar políticas públicas… si en verdad han aprendido la lección.