La carga de la prueba está en manos de las Farc: Mauricio Gómez

Captura de video / El Nuevo Siglo

Si los excabecillas de las Farc insisten en señalar ante la Jurisdicción Especial de Paz (JEP) que fue esa facción la que perpetró en noviembre de 1995 el magnicidio de Álvaro Gómez Hurtado, tienen que aportar pruebas objetivas e irrefutables de las circunstancias de modo, tiempo y lugar en que cometieron el crimen. De lo contrario, su admisión de culpa carece de credibilidad.

Así lo enfatizó este lunes la familia del inmolado líder conservador en la audiencia ante la JEP en la que intervino Julián Gallo, alias ‘Carlos Antonio Lozada’, excabecilla de las extintas Farc y quien dice ser el ‘mando’ subversivo que más sabe sobre este asesinato.



El senador, antiguo comandante de las milicias urbanas en Bogotá, reiteró que fue el Secretariado subversivo el que dio la orden de asesinar a Gómez Hurtado y que el crimen lo perpetró un comando de la ‘Red Urbana Antonio Nariño’ en la capital del país.

En la audiencia participaron el periodista Mauricio Gómez Escobar y el abogado de la familia del líder conservador, Enrique Gómez Martínez. Ambos le hicieron muchas preguntas a ‘Lozada’ para que precisara el cómo, cuándo, dónde y por qué las Farc decidieron asesinar al dirigente conservador y cómo se perpetró el crimen el 2 de noviembre de 1995 en la salida del parqueadero de la Universidad Sergio Arboleda.

Tanto el abogado como el periodista insistieron que ‘Lozada’ no presentó pruebas contundentes y objetivas que constaten que esa exguerrilla sí cometió el magnicidio, que 25 años después continúa en la impunidad.

Incluso, al término de la audiencia, Mauricio Gómez leyó un documento de fondo en el que detalla todas las dudas que persisten alrededor de la autoinculpación de las Farc y la necesidad de profundizar en otras hipótesis sobre autoría material e intelectual del magnicidio.

Por considerarlo de alto interés público, EL NUEVO SIGLO publica la totalidad del documento:

Llevamos casi 30 años buscando que se sepa la verdad y que se haga justicia en el caso de mi padre Álvaro Gómez Hurtado. Ha sido ese nuestro principal objetivo, el único que hemos albergado desde el momento mismo del magnicidio que le costó la vida el 2 de noviembre de 1995.

Sugerir que lo que nos impulsa es el afán de lucro o la perspicacia de alguna compensación económica es infame y una injuria, y desconoce los esfuerzos que hemos hecho desde hace ya 30 años para encontrar a los verdaderos culpables de la muerte de mi padre.


"Sugerir que lo que nos impulsa es el afán de lucro o la perspicacia de alguna compensación económica es infame y una injuria"


Por eso también me parece muy importante decir aquí que nuestra familia lo único que quiere es la verdad y nada más que la verdad, cualquiera que ella sea. No tenemos sesgos vengativos ni la intención deliberada de culpar a nadie en particular, sino solo a quienes fueron los determinadores del atentado que le costó la vida a Álvaro Gómez.

Lo nuestro no es un capricho ni la obsesión por que se satisfaga solo nuestras hipótesis, claro que no; pero las hipótesis que se han ventilado de manera pública y sistemática desde hace mucho tiempo son el resultado de una investigación rigurosa y minuciosa que ha adelantado la Fiscalía.

Hipótesis

Las hipótesis están hechas de evidencias, testimonios, datos objetivos, elementos de tiempo, modo y lugar, que son fundamentales para llegar al corazón, no solo del crimen contra mi padre, sino también al de las razones que llevaron a quienes lo mataron a hacerlo en ese momento de su vida en el que estaba dedicado a la cátedra, el periodismo –su oficio de toda la vida– y su vieja actividad política de enarbolar sus principios y sus ideas, en particular, en 1995, la idea de que había que tumbar el régimen, como él lo llamaba, y pedirle la renuncia a Ernesto Samper, cuya campaña fue financiada por los dineros del narcotráfico, hecho probado ya hasta la saciedad.

Lo que hemos visto a lo largo de estos años es un propósito constante y doloso de parte del Estado y su aparato de justicia para desviar la investigación en el magnicidio de Álvaro Gómez. También hemos pedido que se investiguen los intereses detrás de dicha desviación que ha sido la causa principal de la impunidad que rodea este caso desde el primer día.

Mi familia exige justicia y clama por una investigación transparente en la que puedan ser consideradas a la luz de las pruebas, lo cual es fundamental, todas las hipótesis posibles, al menos todas las que resulten verosímiles en el contexto político y social en el que mi padre fue asesinado.

No es un secreto para nadie que, ante esta hipótesis de la autoría de la guerrilla de las Farc, mi familia ha sido muy escéptica y así lo ha dicho públicamente, pero quiero hacer otra precisión que también me parece procedente aquí y ahora.



Escepticismo

Nuestro escepticismo no es un acto político contra el proceso de paz ni contra la justicia transicional y este tribunal de la Jurisdicción Especial para la Paz. Esta perspectiva, teñida de sectarismo y fanatismo es perversa, porque se impone entonces la idea maniquea y falsa, y muy violenta, de que quien objeta ciertos principios y procedimientos de la JEP, y ciertas realizaciones políticas en que ella se construye, es por naturaleza un enemigo de la paz. Se traza así una línea divisoria entre buenos y malos que es peligrosísima, porque entonces señalar la posibilidad de que aquí se pueda mentir y distorsionar, y deshonrar la verdad, pilar esencial de la paz, de manera impune, es no una crítica válida, sino una especie de herejía y un acto de insolidaridad con la JEP.

Yo creo lo contrario y es que nada resulta más necesario para la JEP, y sobre todo para la paz, que la verdad verdadera y el espíritu crítico ante muchos peligros que la minan. Si la justicia transicional no pasa la prueba ácida de unas observaciones muy rigurosas y ciertas, es porque nunca va a funcionar ni va a cumplir con el propósito para el que fue creada.

Por eso el caso del magnicidio de mi padre, Álvaro Gómez, es tan importante, por todos los elementos que hay en él con respecto al problema de la verdad en Colombia y la ausencia total de justicia en nuestro país.

Qué paradoja. Su gran obsesión en la vida fue que aquí hubiera justicia. Esa fue su principal bandera. Y 30 años después el Estado no ha podido decir quién lo mató.

La verdad

Con respecto a la línea de investigación sobre la autoría de las Farc es importante decir también varias cosas. Una es que el país espera que ellas den la verdad y no la mentira, pero una verdad cierta y probada, contundente, categórica, no con cortinas de humo y vaguedades, leyendas, contradicciones, información de oídas y de tercera mano, fantasmas, acusaciones gratuitas a muertos que ya no se pueden defender ni pueden hablar.


"Nuestro escepticismo no es un acto político contra el proceso de paz ni contra la justicia transicional y este tribunal de la Jurisdicción Especial para la Paz"


En ese sentido la carga de la prueba está toda en manos de las Farc, pero no para acreditar su inocencia, sino su culpabilidad, que de ser cierta tiene que demostrarse, documentarse, rastrearse en un universo de pruebas e indicios que deben ser irrebatibles, que no pueden dejar espacio a la duda o la especulación.

Muchos quieren creer en esa confesión de las Farc, pero la verdad y la justicia no son un acto de fe, sino el resultado de la buena fe, la demostración de que lo que se dice es así, es cierto y es verdadero. No sobra recordar que en todos estos meses la información entregada por las Farc y sus amigos ha sido casi risible, de una precariedad y una debilidad inaceptables. Así no es la verdad que va a llevar a la paz.

Sin asidero

También hay que señalar que, a lo largo de la investigación sobre el crimen contra mi padre, la hipótesis de la guerrilla nunca tuvo ningún asidero. En ningún momento del proceso, con todas sus desviaciones, negligencias y dilaciones, se pensó que esa fuera una línea hipotética válida y ni siquiera plausible; que, de haberlo sido, habría resultado también lo más cómodo para muchos actores estatales involucrados en la investigación. Imagínese usted lo fácil que habría sido para ellos, con el menor indicio, culpar a las Farc. Eso no pasó nunca porque, repito, ninguna prueba permitía abrigar una idea así.

Dicen las Farc que Álvaro Gómez era uno de sus enemigos históricos, uno de los símbolos del establecimiento contra el que ellas combatían. Dicen también que al matarlo le estaban cobrando una deuda con 30 años de intereses, pues fue Álvaro Gómez quien instigó el bombardeo en Marquetalia al hablar de las repúblicas independientes.

Primero, una precisión. Mi padre habló de las repúblicas independientes en 1961 y el bombardeo a Marquetalia fue en 1964. Pero digamos, en gracia de discusión, que él encarnaba todo lo que ellas odiaban en sus orígenes. Lo extraño es que entre las Farc y Álvaro Gómez desde entonces lo que hubo fue una larga historia más de encuentros que de desencuentros y eso incluye la carta que el 5 de abril de 1985 le envió el Secretariado en pleno para invitarlo a dialogar en Casa Verde.



Mi padre tuvo un par de conversaciones telefónicas con ‘Jacobo Arenas’ y cuando el M-19 lo secuestró ‘Manuel Marulanda Vélez’ personalmente le dijo a mi hermana en una conversación telefónica que las Farc no lo tenían y que nunca le harían daño a su persona porque lo respetaban como adversario y contradictor. Cuando la Constituyente, mi padre criticó el bombardeo a Casa Verde y en 1995, año de su asesinato, era el único líder nacional que estaba apoyando la iniciativa de hacer un diálogo con las Farc. Incluso, dijo Álvaro Gómez en ese momento, en ese año, que los diálogos se podían hacer en el Hotel Tequendama, de Bogotá.

"Difícil creerlo"

Él estaba en eso. Las Farc, en cambio, estaban en ese momento en otra cosa, aprovechando el caos del Proceso 8.000. Es bien sabido que habían cambiado su doctrina militar hacia la toma de posiciones, buscando más el control territorial que acciones de otro tipo. ¿Matar a Álvaro Gómez las Farc en 1995 por una sentencia de muerte que disque se había firmado en 1964? Difícil creerlo. Lo tienen que probar.

Y otra cosa. Por el valor simbólico e histórico de mi padre en la historia y la mitología de las Farc, como ellos tanto lo dicen, uno diría que su crimen tendría que ser uno de los más documentados y discutidos en la vida de esa guerrilla. No es creíble que una acción así fuera dejada al azar y a una serie de mandos medios que nunca supieron ni dijeron nada, y que perpetraron una acción que jamás trascendió en los ámbitos del mando guerrillero.

Ahora resulta que para los voceros de las Farc que hablan aquí el asesinato de Álvaro Gómez también ocurrió a sus espaldas. Sería la única acción revolucionaria de la historia hecha para no ser reivindicada, para que nadie la conociera ni siquiera al interior de las propias Farc, ejecutada además contra alguien que estaba ventilando la idea subversiva de que hay que tumbar el régimen, lo mismo que las Farc llevaban décadas diciendo. Sería imposible que ahora las Farc se presten para encubrir al régimen.


"Por el valor simbólico e histórico de mi padre en la historia y la mitología de las Farc, como ellos tanto lo dicen, uno diría que su crimen tendría que ser uno de los más documentados y discutidos en la vida de esa guerrilla"


Pruebas

Perdóneme, pero si nos quieren convencer de que ustedes en las Farc mataron a Álvaro Gómez van a necesitar muchas más pruebas en esta especie de relato incongruente y como del teatro del absurdo, en el que nada está claro y no hay un solo testimonio fehaciente y un solo nombre en firme. Máxime cuando uno lo compara con las pruebas que sí hay –y son copiosas y detalladas– frente a otros actores de la vida nacional y del crimen.

Mi familia sigue a la espera de la verdad y la justicia, y no va a renunciar por ningún motivo al empeño de que ambas cosas por fin se den en el caso de Álvaro Gómez Hurtado y José del Cristo Huertas Hastamorir, su más abnegado y leal escolta, ultimado a su lado ese 2 de noviembre. La omisión del nombre de José del Cristo en la confesión de las Farc permite concluir que ellas no tenían la menor idea de los pormenores del crimen que ahora se adjudican.

No más dilaciones. No más desviaciones. No más mentiras ni encubrimientos. Y al decirlo así creo que estoy honrando la memoria y el legado de mi padre, uno de los artífices de la Constitución de 1991 que este año cumple 30 años. Allí están los ideales más altos de una sociedad en paz: la equidad, el pluralismo y sobre todo la justicia, su gran causa toda la vida, aun después de su muerte.

*Intertítulos EL NUEVO SIGLO