¿Duque entrampado?

  • Dos visiones de país
  • El pulso de las convicciones

 

Para algunos la soledad política en que se encuentra el presidente Iván Duque ha sido la nota prevalente durante el transcurso de su primer año de administración. Para otros, la característica preponderante ha sido la tensión del partido de gobierno con el estilo pausado del Primer Mandatario, lo que ha hecho su voz inaudible. Los de más allá podrían decir, asimismo, que la expresión más fehaciente de estos meses ha consistido en proponer un gran acuerdo de diferentes sectores nacionales y no haberlo llevado a cabo. Los de más acá, a su vez, podrían argüir que más bien el país se acostumbró a navegar, en los últimos 16 años, en las aguas tormentosas de la reelección presidencial, comprometiendo cada acción gubernamental en los controvertidos propósitos proselitistas de antaño, hoy por fortuna inviables como norte de la movilización política.

Todo lo anterior puede ser cierto, en alguna medida, pero quizá se pierda de vista el origen central de muchas de las eventuales dificultades gubernamentales de la actualidad. Trata este asunto, ciertamente, de que el gobierno del presidente Duque puede tener el mando del Ejecutivo, pero no cuenta con otros factores de poder para hacer valer los componentes conceptuales que pretende aplicar en la realidad. Hay, pues, una dicotomía entre el ejercicio de su cargo y lo que ocurre en otras ramas e incluso en otros organismos adscritos al mismo Ejecutivo.

En el Parlamento, por ejemplo, existe una equivalencia de fuerzas que impide la comodidad de las mayorías que han asistido a otros gobiernos a partir del reparto de cargos y canonjías. Eso, que antes se conocía como lentejas y ahora se copia como mermelada, ha producido una honda división de criterios. Para unos, la “soledad” del presidente Duque sería resuelta si cede al sofisma de la “representación política” que no es más que una senil reedición de la milimetría frente-nacionalista. Y como precisamente no ha cedido a esa conducta aparentemente rutinaria, su actitud toca también con la imposibilidad de hacer un acuerdo político sobre los grandes temas nacionales, porque de inmediato las bancadas parlamentarias le cobran peaje. La vocación de futuro que encarna Duque exige cambiar de prácticas políticas y no es la pretensión de arrodillarlo lo que bien le sirva a la agenda del país. Las aplanadoras parlamentarias, como se sabe, comportan generalmente la larva de la corrupción.

El presidente Duque, asimismo, se ha encontrado con el hecho fortuito de que nominaciones cruciales en otras ramas u organismos vienen del gobierno anterior, lo que de algún modo hace suponer una armonía con los elementos conceptuales precedentes y sus intenciones inmodificables. Así ocurre con los integrantes más recientes de la Corte Constitucional, cuya composición mayoritaria a partir de las ternas presidenciales se obtuvo en un ámbito político diferente al actual y muy probablemente de allí sus fallos adversos frente a las objeciones a la ley estatutaria de la JEP y el consumo de drogas ilícitas en el espacio público. Igualmente sucedió con los integrantes de la jurisdicción transicional, designados por un órgano curiosísimo y rápidamente amparados por la posesión ante el Presidente de entonces. Y del mismo modo parecería haberse hecho evidente en el enlace entre el Consejo Superior de la Judicatura y algunas designaciones en los más altos cargos de la justicia. Toda una avalancha de nombramientos y posesiones previa a la victoria del gobierno actual por la votación más alta de la historia que, para el caso, no cuenta.

De hecho, como para adobar más las cosas, ahora el director del Banco de la República, nombrado por el gobierno anterior, sale lanza en ristre a atacar y poner en duda la totalidad de la política económica del gobierno actual, como si fuera una rueda suelta del Estado. En tanto, el único caso donde más o menos se respetó la decisión de Duque fue en el reciente ascenso de la cúpula militar, pese a la tenaza internacional y nacional que se pretendió fraguar en contra. Una dosis similar de polémica será posiblemente la que le toque con el nombramiento del nuevo Fiscal y esto solo a raíz de la renuncia del anterior.

Aun así, Duque no se sale de sus cabales, ni tiene por qué hacerlo. Mantiene el pulso y sus convicciones frente a quienes quieren la visión de país por la que no votó la mayoría de los colombianos.