Álvaro: su vida y su siglo

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“Con la Constituyente como una realidad ineludible y a la vuelta de la esquina, Álvaro Gómez supo desde el primer momento que no se podría marginar. Es más: quizás esa era la oportunidad que había estado esperando toda la vida, el espacio para plasmar por fin las ideas que había reivindicado desde siempre, muchas de las cuales había logrado incorporar a la estructura del Estado, pero desde la posición incómoda de un convidado de piedra; un aliado de los gobiernos y un parlamentario que no paraba de pensar en su país y que sin embargo no había tenido nunca, de verdad, la posibilidad de que sus obsesiones y sus iniciativas se materializaran todas en un gran proyecto tangible y duradero, menos a ese nivel de una Constitución.

Había sido constituyente en 1951, si, pero esa vez todo se había truncado muy rápido por el golpe de Rojas, y Colombia se salvó de ese delirio que era el proyecto corporativista que Laureano había pensado implantar desde la presidencia. Luego, cuando López Michelsen, en 1977, había sido el coautor de esa “pequeña constituyente” para reformar a la justicia que la Corte Suprema les tumbó. Pero ahora era distinto: ahora su movimiento, como él mismo lo dijo, era la segunda fuerza política del país y tenía toda la legitimidad para ser uno de los interlocutores principales del gobierno en el desafío que la Constituyente entrañaba, y tenía además la trayectoria, el conocimiento, la autoridad y el prestigio para ser uno de los protagonistas de lo que estaba por llegar.

Se había producido un fenómeno político indudable que iba a marcar el destino de la Constituyente, y es que el Partido Liberal, acostumbrado a imponer siempre sus mayorías en los cuerpos colegiados y en las corporaciones, había sacado más votos que los demás partidos y movimientos, sí, pero dentro de la estructura de la “operación avispa” que decía López Michelsen, con un porcentaje muy pobre, el 35%, veinticinco curules, lo que no le otorgaba el dominio de la situación, para nada. En cambio el M-19 había sacado el 27%, diecinueve curules, y Salvación Nacional el 15%, once curules: eran ellos dos, Navarro y Gómez los triunfadores inequívocos de la jornada, y si se decidían a aliarse la Constituyente estaba en sus manos aun por encima de lo que quisiera y buscara el Gobierno.

Fue por eso por lo que muy pronto Navarro trató de aproximarse a Gómez y empezó a buscar un camino de diálogo y entendimiento; a los dos les convenía sentarse a hablar. No dejaba de ser paradójica la escena, pero también simbólica, muy simbólica, de lo que era ese momento en la historia de Colombia, de lo que estaba pasando e iba a pasar: el líder de la guerrilla que lo había secuestrado, convertida ahora en un prestigioso movimiento político y popular, quería sentarse a manteles con Gómez para plantearle una coalición, una alianza estratégica. En una entrevista para El Tiempo dos días después del asesinato de Gómez, en 1995, contó Navarro:

“Yo tomé la iniciativa y llamé personalmente al doctor Gómez para que nos reuniéramos y desde ese momento se estableció entre los dos una especie de complicidad sobre aspectos fundamentales de la vida nacional…Nuestro compromiso a partir de ese instante fue trabajar mano a mano hasta alcanzar una Constitución democrática, participativa y a tono con las necesidades del país. Y esa complicidad que nació con el doctor Gómez fue una total y absoluta reconciliación de todo el pasado. Yo creo que ese es un ejemplo que pocas veces se da en una sociedad como la nuestra…Él ya no era de derecha. Él decidió avanzar a posiciones progresistas, aún por encima de aquellos que se sitúan en la izquierda.  El Gómez de los últimos cinco años merece más respetos no solo como persona culta y ser humano sino porque quería transformar el establecimiento colombiano”.

Se trata de una opinión que he oído muchas veces, muchísimas: la de quienes dice que al final de su vida Álvaro Gómez “había cambiado mucho”. Que ya no era el sectario ni el derechista al que el país había aprendido a temerle y a odiar, por lo menos a rechazar en las urnas. Por lo general quienes eso dicen son herederos directos de una visión de la historia, mencionada aquí desde el principio, contrapuesta casi con ese texto como una sombra y un referente imposible de obviar, una visión de la historia en la que tanto Laureano como Álvaro Gómez encarnaban y encarnan una explicación simplista y elemental, y muy conveniente para casi todos los demás, de la Violencia. Con ellos allí, con los Gómez cumpliendo ese papel que sin duda nació de una verdad histórica que fue la de su radicalismo durante la República Liberal y los regímenes conservadores antes dela dictadura de Rojas, es muy fácil tener a un solo culpable dentro del relato, el malo de la película. Ya digo: se trata de una mitología (porque eso es) no exenta de verdades y hechos objetivos, como todas las mitologías, pero tejida asimismo con falacias y exageraciones y descontextualizaciones y mentiras que sirven para ocultar lo que tanto he tratado de sostener aquí, una y otra vez, lo sé, y es que el sectarismo político colombiano constituyó una tradición enraizada en las guerras civiles del siglo XIX, y que luego, cuando la guerra civil no declarada que empieza en 1930 o en 1948, según cada quien, fue ese el lugar desde el cual se enjuiciaba la disputa ideológica entre los liberales y los conservadores, con violencia y ceguera y brutalidad de lado y lado. Y no solo en las capas bajas de la sociedad, donde la muerte campeaba, donde paseaba a placer de su guadaña ya fuera roja o azul, sino también en la élite, en la oligarquía. Pero esto ya lo he dicho mucho, demasiado. Lo que pasa es que siempre vuelve como argumento y tópico en el juicio sobre la figura de Álvaro Gómez: la que de él concibieron sus enemigos, sus contrincantes.

Por eso cuando alguien se le acercaba, quedaba sorprendido de no encontrar allí los rasgos de la caricatura oscurantista y cavernaria que se tenía de él. Eso les había pasado a muchos durante años, como les pasó a los guerrilleros que lo custodiaban durante el secuestro, quienes se encontraron con una persona curiosa y abierta, universal en sus temas, dispuesta al diálogo, sin un espíritu sectario ni autoritario”