Así es una cena clandestina en Bogotá

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UNA cocina abierta rodeada de flores que abundan en el lugar, la decoración del espacio que inspira las creaciones gastronómicas, una chimenea perfecta para ambientar una fría y lluviosa noche capitalina, es el lugar donde Rafael, un chef bogotano quien dirigió un restaurante que estaba ubicado en la Zona G, prepara las cenas clandestinas de sus clientes.

 

Estas cenas, conocidas con diferentes denominaciones, son comunes especialmente en países europeos. “En París surgió con personas que al terminar la escuela de cocina y no conseguir trabajo, decidían cocinar en sus propias casas”, comenta Rafael. En Latinoamérica, “los paladares cubanos” comenzaron a conocer de estas hacia 1993, cuando el gobierno permitió que las personas tuvieran sus propios negocios. Los “paladares” son como restaurantes, pero en residencias privadas donde la señora de la casa cocina los platos típicos cubanos: ropa vieja, arroz con fríjol negro y plátano frito.

 

Lo innovador

 

Rafael, como otros chefs, ofrece sus servicios a través de plataformas en línea donde las personas pueden solicitar una cena personalizada. El menú, dependiendo del cocinero, puede ser conocido y concertado con el comensal o puede ser sorpresa. Cuando Rafael recibe personas conocidas en su casa, normalmente sorprende a los invitados con las preparaciones que probarán, siempre preguntando con anterioridad si hay alguna restricción alimenticia.

 

Si bien ya existe el catering o negocios en los que un cocinero especializado en una comida va a la casa del cliente y hace la cena, estas no tienen el toque especial de este tipo de comidas: “La combinación de la experiencia e interacción con el chef”, dice Rafael. Dependiendo del grado de confianza con los comensales, el chef puede estar únicamente en la cocina o también puede interactuar con los invitados, conversar, tomar un vino y contar historias interesantes.

 

Comenta Cristina, clienta de Rafael, que “la comida es espectacular, es todo muy casero y profesional, pero es algo que no se prueba en una casa, que lo hace delicioso y raro al mismo tiempo. Uno no está acostumbrado a que sepa tan especial la comida de casa, de manera que lo hace aún más mágico”.

 

Los paladares, cocinas clandestinas o el chef en casa, responden a un hecho coyuntural y, en el caso colombiano, se adecúan a una situación en la que muchos establecimientos gastronómicos han tenido que cerrar por los altos precios, tanto para los dueños como para los clientes.

Son una opción saludable, con calidad de restaurante y con ingredientes frescos. Esta modalidad que, trasciende a una experiencia, es escogida principalmente por personas mayores de 45 años o a quienes ya no les gusta salir tanto de noche a restaurantes y prefieren algo más personalizado, por el tipo de comida y el precio.

 

El valor de estas cenas clandestinas varía por el tipo de menú y si incluye bebidas. En el caso de Rafael, los costos varían entre 80, 100 o 130 mil pesos por persona, precio que tiene incluida una entrada (o dos), un plato fuerte con acompañamiento y un postre.

 

Particularmente, cuando Rafael tiene invitados en su casa los recibe con una copa de prosecco o champaña y ambienta el lugar dependiendo de la ocasión que se esté celebrando. Donde sea la comida, Rafael siempre comienza esta experiencia contando la historia de cómo surgió la idea de hacer este tipo de actividad. Aquí se crea la primera interacción entre los clientes y el chef. Los comensales se pueden acercar a la cocina y ver cómo se está preparando la comida e incluso aprender del experto.

 

Lo clandestino de la experiencia

 

Para este tipo de cenas, que son ofrecidas actualmente por diferentes chefs en Bogotá en sus casas o en la de los clientes, no se conoce con anterioridad con quién compartirán la mesa ni qué platos van a probar. La sorpresa hace parte de la experiencia, aunque todo depende de los criterios definidos por el comensal.

 

Rafael se ha preguntado si los comensales se sienten incómodos de tener a alguien ajeno cocinando en sus casas, a lo cual siempre le han respondido que no. Uno de los aspectos negativos para este chef al cocinar en otros lugares, es que la cocina no cuente con los implementos apropiados para preparar los alimentos, como la potencia de la estufa. El chef puede optar por llevar sus propios implementos.

 

“Ir a restaurantes es un plan muy agradable, sin duda. En mi caso teníamos la intención de agradecer especialmente a una persona. Fue con Rafael y con su don excepcional, que logramos crear un ritual de agradecimiento alrededor de la mesa”, comenta Cristina.

 

Esta modalidad empezó a ser tendencia, en medio de un cambio en el que los negocios de comida casual, como hamburguesas, han incrementado significativamente en Bogotá. Algunos restaurantes famosos han cerrado, pero las cenas clandestinas se consolidan como una opción para mantener la tradición de una comida con experiencia, interacción entre el chef y distintos comensales y experimentar una variedad de sabores de casa.

 

*Profesional en Gobierno y Relaciones Internacionales @nataliamarinop