Una génesis musical barroca

Foto Montaje El Nuevo Siglo

Para hablar de la génesis de la música, tocaría remontarse a la prehistoria con el hombre de las cavernas descubriendo los primeros instrumentos de percusión o en la tarea de dominar la tensión del arco para lograr sonidos más graves o más agudos.



Pero, no. No es de eso que se trata. Se trata, como siempre, de hablar de música y para eso, cualquier excusa es buena. Todas las civilizaciones, en mayor o menor grado, la han practicado. La occidental, en términos generales, hunde sus raíces en la aportación griega y en el Canto de la sinagoga.

Hay que abonarle que fue la primera en ser concebida para ser disfrutada. Por ello  el Concierto, en el sentido de reunirse para oír y disfrutar la música, lo inventaron los europeos y ese acto, aparentemente lúdico, refleja de manera inequívoca los cambios de la sociedad. Durante el Renacimiento, es decir, durante los siglos XV y XVI, la música se practicaba en familia y el equivalente al Concierto fue un privilegio de las familias nobles.

Con el advenimiento del Barroco, es decir, el s. XVII y primera mitad del XVIII, la vida misma se convirtió en un espectáculo, los nobles poseían orquestas, coros, muchos de ellos construyeron teatros al interior de sus mansiones y contaron con sus propios compositores. Fue justamente durante esa época con el advenimiento de una clase social, económicamente poderosa, la Burguesía, que apareció la figura del Concierto público. Arbitrariamente aquí empieza esta Génesis de la Música del Barroco.

Una Génesis del barroco

A Claudio Monteverdi, que nació en Cremona, la ciudad de los violines de Stradivarius, en 1567, le cabe haber sido el último compositor del Renacimiento y el primero del Barroco. Llevó el estilo renacentista a sus últimas consecuencias con sus colecciones de Madrigales, que se cuentan entre los más hermosos de la historia. Tuvo la sagacidad de intuir los cambios en el aire. En 1590 se trasladó como violinista y cantante a la corte de la familia Gonzaga en Mantua y allí, en 1607, en un estilo ya decididamente barroco, escribió la que se considera su obra maestra, La favola de Orfeo, la primera gran ópera de la historia. Llegado el momento, abandonó Mantua, se instaló en Venecia y compuso otras dos óperas que terminaron de consolidar su prestigio: La coronación de Popea y El regreso de Ulises a la patria.



Monteverdi murió en Venecia en 1643, cuando ya el barroco dominaba por completo el gusto de los italianos en sus dos vertientes más prestigiosas, la ópera, es decir, la música vocal y la de concierto, la instrumental.

Corelli el violinista

En Fusignano, cerca de Ravena, diez años más tarde de la muerte de Monteverdi, nació Arcangelo Corelli, tan talentoso en el violín que con 13 años fue enviado a perfeccionarse a Bologna y antes de los 18 fue llevado a Roma por el célebre cardenal Pietro Ottoboni, cuyo palacio, en materia musical, era uno de los más refinados de Europa. Corelli se hizo famoso, fue protegido de la reina Cristina de Suecia y miembro de la Academia Arcadia. Se le recuerda por haber perfeccionado la técnica del violín, por sus contribuciones decisivas en la instauración del Concerto grosso, como precursor de la Sonata preclásica, por sus obras desde luego, y porque su influencia musical traspasó los Alpes y llegó incluso hasta Alemania.

 

Vivaldi el famoso

Si Corelli fue famoso, mucho más lo fue el veneciano Antonio Vivaldi, que nació en 1678, cuando Corelli tenía 25 años. Como él, también era violinista pero, si de Corelli es poca la música que se conserva, de Vivaldi son más de 300 los conciertos, para toda clase de instrumentos que han llegado a nuestros días. La historia le adeuda que fue quien estableció las características fundamentales del concierto para instrumento solista y orquesta.

Que haya escrito tantos conciertos, se explica: era sacerdote, pero se las ingeniaba para no decir misa, aduciendo que padecía asma y era el compositor del Ospedale della Pietà, una mezcla de orfanato, convento y hospicio que a lo largo del s. XVII fue adquiriendo reputación por la categoría de los conciertos que ofrecían las novicias y que llegó a la cúspide en tiempos de Vivaldi, que supo sacar partido del talento de las muchachas. Asistir a los conciertos dirigidos por el Cura pelirrojo fue uno de los grandes atractivos para los visitantes de Venecia.



Su fama llegó a Inglaterra, Francia, Alemania, Austria y Holanda, donde se editaba su música. Paradójicamente, murió prácticamente en la miseria, e ignorado, en Viena, en 1741. Su nombre fue olvidado. Su popularidad, que se basa en los 4 conciertos para violín y orquesta Las estaciones, fue una especie de descubrimiento del siglo XX.

1685, el año de Scarlatti, Händel y Bach

Vaya a saberse cómo se alinearon los astros en 1685, pero ese año el mundo vio nacer tres de los más grandes genios de todos los tiempos: Domenico Scarlatti en Nápoles, el 26 de octubre, Georg Friedrich Händel en Halle el 23 de febrero y Johann Sebastian Bach en Eisenach el 21 de marzo.

Scarlatti y Händel fueron famosísimos en su tiempo y hasta tuvieron oportunidad de conocerse, justamente en el Palacio del cardenal Ottoboni, cuando Corelli vivía en Roma, hasta hubo competencia entre el italiano y el Sajón. Bach, que de los tres es el más importante, nunca viajó fuera de Alemania y aunque lo deseó, no logró conocer a Händel, a quien admiraba. Es probable que de los tres haya sido quien sintió una mayor y más sincera admiración por Corelli y Vivaldi.

De Scarlartti hay qué decir que fue el que tomó mayor distancia de los ideales del barroco y puso un pie en los terrenos del pre-clasicismo. Muy joven abandonó la corte española de Nápoles para ir a Roma y ocurrió la competencia con el joven Händel: Scarlatti fue vencedor en el clave, Händel en el órgano. A los 35 años se trasladó a Lisboa, como maestro de la princesa María Barbara de Braganza a quien siguió a Madrid, cuando esta contrajo matrimonio con el futuro Fernando VI. De esta época proviene lo más importante de su legado, que no tiene antecedentes en la historia: 555 Sonatas para clave que hoy en día forman parte del repertorio de los pianistas.

Händel, como Scarlatti, también fue una especie de expatriado. Debe ser el primer compositor cuya obra jamás ha salido del repertorio. Como sentía fascinación por la ópera, muy joven viajó a Italia para empaparse de ella, con tal éxito que obras suyas fueron estrenadas en Venecia: no hay noticia de que haya conocido a Vivaldi en ese momento.



En 1712 decidió trasladarse temporalmente a Inglaterra donde se convirtió en el más célebre compositor y empresario de ópera de la época. El traslado temporal se volvió definitivo y se nacionalizó inglés. En Londres compuso sus obras más conocidas, para la escena y para la orquesta, como la famosísima Música del agua, con la cual acompañó un paseo del Rey Jorge I por el Támesis. Cuando su olfato le dijo que el tiempo de escribir óperas ya había pasado, se dedicó en cuerpo y alma a la composición de Oratorios, como Saúl, Israel en Egipto y el más célebre de todos, El Mesías, que los ingleses veneran de tal manera que nunca ha salido del repertorio.

En cuanto a Bach, pues procedía de una de las dinastías musicales más famosas del norte de Alemania. Baste decir que su obra fue la encargada de cerrar esta especie de Génesis del barroco y en cierta medida de la tradición musical que hundía sus raíces en los griegos y en el canto de la Sinagoga. Consiguió fusionar la tradición instrumental y melódica italiana, con la sensualidad de la armonía francesa en el molde de la severidad, ingenio y profundidad del contrapunto alemán. Su legado es inconmensurable.

Varias de las piedras angulares de la historia son creación suya: El clave bien temperado, las Pasiones según San Juan y según San Mateo, Variaciones Goldberg, sus Misas, Cantatas, Conciertos, Suites, Partitas. Al contrario de Scarlatti y Händel, no conoció en su tiempo las mieles de la fama, a lo sumo se lo consideraba un gran organista y aplicadísimo contrapuntista.

Si bien es cierto, cerró esta génesis barroca, también dejó hijos músicos, talentosísimos, como Johann Christian y Carlos Felipe Emanuel, que se encargaron de abonar el terreno por el cual unas décadas más tarde desfilaron Mozart, Haydn y hasta el joven Beethoven, que junto con Gluck, son los protagonistas de la Génesis clásica. Otra historia.