El triunfo Republicano

  • Confirmación del magistrado Kavanaugh
  • La necesidad de un acuerdo bipartidista

Con la elección del magistrado Brett Kavanaugh, en la Corte Suprema de los Estados Unidos, la corporación ha pasado a tener mayorías conservadoras.

Esto, al parecer, choca a algunos, en particular del Partido Demócrata, que por primera vez en décadas se deben enfrentar a un organismo que no responde a los dictámenes a los que estaban acostumbrados. Y que, de alguna manera, llamaban “conquistas sociales”, como si los fallos tuvieran un respaldo ideológico al cual responder en vez de organizar a la sociedad dentro de las regulaciones y las normativas correspondientes a la estructura jurídica.

De ese mal concepto de la justicia, es decir, de la politización de la misma, es de donde emergen los conceptos antedichos. Pero la justicia, desde luego, debe ser autónoma y fundamentarse en el equilibrio constitucional. Es de allí, precisamente, de donde los Estados Unidos y su Corte han derivado un gran prestigio, más aun tratándose de magistrados vitalicios.

De la confirmación por parte del Senado del magistrado Kavanaugh, la primera lección que se desprende es la necesidad perentoria, para los Estados Unidos, de reformar el mecanismo. El espectáculo que se dio ante el mundo, filtrando indebidamente los documentos propios de la comisión, para suscitar un gran debate nacional, demuestra que el senador filtrador pretendía, ante todo, generar la desestabilización constitucional. Fue, por supuesto, una mala maniobra soportada en el ánimo polarizante del Partido Demócrata, próximas a definirse las elecciones parlamentarias, donde particularmente se renovará la Cámara de Representantes y una parte minoritaria del Senado.

El tiro, ciertamente, les salió por la culata a los demócratas, puesto que los sondeos realizados a raíz de la nominación y confirmación del magistrado Kavanaugh, demuestran que la paciencia de los senadores republicanos, al acceder a la expedita investigación del FBI, los favoreció hacia el evento electoral del medio término.

De hecho no solo la selección del nuevo magistrado fue un éxito para el presidente Donald Trump, sino que durante la semana anterior alcanzó victorias como la tasa más baja de desempleo en 50 años, la renegociación del Nafta entre Estados Unidos, México y Canadá -como lo había prometido en campaña- y el acercamiento todavía más definitivo entre las dos coreas, una de las zonas más conflictivas del mundo, con el viaje de su secretario de Estado, Mike Pompeo.

Por eso es que el margen de las encuestas generales sobre la popularidad del presidente Trump se estrecha cada vez más. En la actualidad el promedio está separado por solo ocho puntos, la cifra más baja de los últimos tiempos. Esos ocho puntos desfavorables, aunque con algunas encuestas ya marcando en positivo. De hecho, cuando se pregunta a los electores por la marcha de la economía, el margen es de un 7% favorable y algunos sondeos llegan incluso al 14% de margen positivo. Esto quiere decir, en suma, que los republicanos, con su Presidente a bordo, han mejorado ostensiblemente el escenario hacia las elecciones parlamentarias, y los aspirantes de ese partido a una curul en la Cámara, que antes estaban muy bajos, han llegado a empatar o inclusive superar a sus oponentes.

En tanto, es evidente que los Estados Unidos, en general, no tienen por qué temer a una Corte Suprema de origen conservador. En muchas ocasiones lo que llaman “conquistas sociales” se lograron en votaciones extrañas e intempestivas, no siempre correspondientes a la jurisprudencia casuística, típica de los norteamericanos. En este caso, naturalmente, habrá una Corte más ortodoxa, afianzada en la ley, desprovista de las presiones y el populismo de otras épocas. Pero tampoco será una Corte que no mida el avance constitucional en algunas materias, no siempre, por descontado, las que se pretenden salvaguardar de las épocas de Barack Obama. No es aceptable, en todo caso, juzgar a una Corte por efectos de la polarización que pretende el Partido Demócrata como formulación de la política, y que ha llevado a esa colectividad, no a hacer oposición, sino a tratar de derribar el gobierno.

En varias ocasiones, la Corte Suprema de Justicia estadounidense ha sobrellevado ese fenómeno de tener mayorías de origen conservador o liberal. No por ello, evidentemente, se puede iniciar una campaña demoledora contra las instituciones, como lo intentó el Partido Demócrata en el caso de Kavanaugh, salvo por un senador de esa colectividad que tuvo la valentía de denunciar la polarización como el mayor mal que afecta al país. Ojalá sigan entendiendo que esto es así, porque a no dudarlo se requiere el apoyo bipartidista en muchos propósitos nacionales que no pueden llegar a buen fin con la fruición demócrata del poder por el poder.