Netrebko en malas compañías

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La soprano más famosa del mundo ha resultado muchísimo más lista de lo que se hubiera pensado. A sus 47 años, es consciente de la evolución de su poderoso instrumento

 

QUE Anna Netrebko iba a triunfar en la función de Aída de Verdi que se retransmitió en directo desde la Metropolitan Opera House de Nueva York el pasado sábado 6 de octubre, era cosa sabida  de antemano.

 

En primer lugar porque no iba a debutar el rol. Eso lo hizo hace ya un año, nada menos que en el Festival de Salzburgo. En ese momento hubo críticas a la producción de Shirin Neshat, algunas de ellas feroces, pero la Diva, que estaba arropada por la dirección de Riccardo Muti y por su talento, salió en olor de santidad de la prueba.

 

Netrebko ha resultado muchísimo más lista de lo que se hubiera pensado. A sus 47 años, convertida en la soprano más famosa del mundo, es consciente de la evolución de su poderoso instrumento, que ahora le permite afrontar roles de mayor peso dramático. Primero se probó, con éxito, en la Maddalena de Coigny de «Andrea Chjenier» de Giordano y con menos suceso en Lady Macbeth de «Macbeth» de Verdi. Ya hasta se le ha medido a la «Tosca» de Puccini. Así las cosas, pues no era de extrañarse que enfrentara «Aida», que de las «grandes óperas» del repertorio es la más popular y un vehículo inmejorable para ella, que es una gran cantante y actriz consumada.

 

Así, pues, en condiciones normales, la apuesta de la Met  era todo, menos arriesgada. Con lo que no contábamos era con que la casa fuera a rodearla de un elenco tan poco idóneo. Dicho en otras palabras, cantó en la mañana del sábado, rodeada de inexplicable mediocridad.

 

Un paréntesis: ese mismo día, en la madrugada, falleció en Barcelona la gran Montserrat Caballé que en la Metropolitan cantó en 98 oportunidades. Pero no hubo un solo gesto oficial  para ella en la retransmisión, por suerte ese mismo día todos los grandes teatros del mundo abrieron sus funciones con el «minuto de silencio» en homenaje a «Superba», como se la conocía en el mundo de la ópera. De no ser por la mención de Roberto Alagna en una de las entrevistas de los intermedios de la transmisión, hubiera pasado inadvertida. Y no hablo de una buena cantante, sino de una de las más grandes del siglo XX.

 

Tras el paréntesis regreso con la «Aída» de la Met. Que se representó en la producción de Sonja Frisell, que tras 30 años de subir a escena, conserva su frescura y grandiosidad; marco perfecto para una Netrebko que, cuesta trabajo creer que frise ya los 47; de nuevo es una soprano esbelta, negar su belleza y juventud en la escena no tendría sentido.

 

Eso puede resultar circunstancial. Al fin y al cabo lo que interesa es cómo le dio vida al personaje. En justicia ella no está exactamente en la tradición de las «verdianas pura sangre» a lo Renata Tebaldi, Leontyne Price o Aprile Millo, pero, afrontó el rol con tanta convicción y entrega que la ovación  del teatro al final fue más que merecida. Por una parte mantiene la seguridad e incisión en el agudo, el centro es poderoso y exhibe una importante profundidad en los graves. Si a ello se le agrega su versatilidad para colorear la emisión y que se ha ampliado su gama de matices, pues, sí, está en la condición necesaria para hacer, como lo hizo, una gran Aída. Ahora, desde lo dramático su actuación abordó algo que olvidan muchas de sus colegas cuando se meten en la piel de la esclava etíope en el Egipto faraónico, que sí, Aída es esclava en Egipto, pero también una princesa en su «Patria mia»: la suya fue una Aída altiva, hasta soberbia en ciertos momentos, y eso engrandeció lo que hizo al mediodía del sábado en Nueva York.

 

Con lo que no contábamos era con que la casa se confiara tanto en el prestigio de la soprano rusa y la rodeara de un elenco, francamente de segunda. Aunque algunos medios internacionales han elevado hasta el infinito la Amneris de la mezzosoprano georgiana Anita Rachvelishvili, dueña de una poderosa voz de indiscutible timbre dramático, es verdad que ligó algunos momentos de estatura, sobretodo vocal, pero descuidó otros, como la gran «escena del juicio», que fue un derroche de gran voz, pero superficial y sin profundidad, por ejemplo, en esa página magistral verdiana del soliloquio «Ahimè, morir mi sento», que en voz de las grandes verdianas, a lo Cossotto, Gorr, Bumbry, o la misma Zajik, es una de las cumbres de la ópera.

 

Del resto casi mejor ni hablar. El Radames de tenor de Latvia, Alekxandrs Antonenko fue una cadena de desastres vocales, uno tras otro, desde su fallida «Celeste Aída» hasta el dueto final. Mediocre, muy mediocre el Amonasro del norteamericano Quinn Kesley, a quien no se le puede instalar en la gloriosa lista de grandes barítonos verdianos de Estados Unidos,  como Tibbet, Warren o Milnes.

 

La dirección musical del italiano Nicola Luisotti aceptable. Nada excepcional, o por lo menos no a la altura de los grandes.

 

Es decir, de no ser por la Netrebko, esa «Aída» se hubiera ido a pique.