Cooperación latina: Mercosur y Alianza del Pacífico

Foto archivo AFP

Se realizó la reunión del G-20 en Argentina, la cita de los 20 países con mayor peso en el mundo.  En la actualidad -más allá de la institucionalidad que aún queda en la Comunidad Andina de Naciones, CAN- es posible establecer lo predominante de los bloques de integración y cooperación: el del Mercado Común del Sur (Mercosur) y la Alianza del Pacífico (ADP).  El primero está integrado desde 1991 por Argentina, Brasil, Paraguay, Uruguay y Venezuela, tiene como países asociados a Bolivia y Ecuador.  El segundo, es más reciente.  Fue conformado en 2011 y sus integrantes son Colombia, Chile, México y Perú; tiene como país asociado a Costa Rica.

Estos dos bloques difieren en cobertura de población. Mientras Mercosur tiene un total de cerca de 272 millones de habitantes, la Alianza posee 215 millones.  Este rasgo permite identificar que a mayor cantidad de población, se pueden utilizar con mayor eficacia procesos de economías de escala y con ello atraer mayores montos de inversión extranjera directa en el sector real de la economía. 

Considerando el ingreso promedio per cápita, también Mercosur demuestra que tiene un mayor nivel que la Alianza del Pacífico.  Este indicador se ubica en 11,964 dólares anuales para el primero de los bloques en tanto que para el segundo en 9,176 dólares por año.

Tener un mayor nivel de ingreso significa un mayor grado en el desarrollo del mercado interno, pero también inciden en la perspectiva de poder desarrollar un mercado potencial para nuevos negocios, adopción de tecnologías novedosas y en general, procesos de innovación productiva.

La conformación y los procesos que se siguen de consolidación de estos bloques han dejado prácticamente atrás los esfuerzos de integración que se tenían desde los años sesenta del siglo pasado. En 1963 se constituyó de manera operativa el Mercado Común Centroamericano.  La iniciativa llegó incluso a contar con una moneda de transacción, el peso centroamericano, pero sus operaciones prácticamente colapsaron luego de que Guatemala y El Salvador se beneficiaron en mayor grado de los procesos de industrialización.  En especial Nicaragua y Honduras quedaron como países relegados, produciendo más bienes agrícolas sin mayores niveles de valor agregado.

También desde fines de los sesentas, 1969, se tuvo la firma del Pacto de Cartagena, lo que fue el evento fundacional de la Comunidad Andina (CAN).  El bloque lo conformaron inicialmente Bolivia, Colombia, Chile, Ecuador, Perú y Venezuela.  Con el sangriento golpe de estado del 11 de septiembre de 1973 encabezado por Pinochet en Chile, éste país dejó la CAN.  En este acuerdo comercial, se avanzó contando con una mayor infraestructura institucional lo cual tendió a burocratizarse.  El grueso más importante del intercambio, cerca de un 80 por ciento, llegó a establecerse entre Colombia y Venezuela.  En 2007 Venezuela inició el proceso de dejar la CAN y de integrarse a Mercosur.

La Alianza del Pacífico demuestra que sigue procesos más encaminados a la apertura comercial, a consolidar su presencia a partir de los intereses de importantes sectores de negocios en la región.  De allí un formato más dinámico, con mayor apoyo de Estados Unidos, la perspectiva de conformar alianzas con países de la Cuenca del Pacífico, y de tener un mínimo de institucionalidad. 

Se estima que entre los países de la Alianza se tiene un 13 por ciento del comercio intrarregional y para este año se proyecta un crecimiento de 2.4  por ciento en el bloque.  El mayor énfasis de operaciones se centra en que las exportaciones sean el motor del crecimiento de la producción. En Mercosur se espera una contracción del PIB de -0.8 por ciento.

En este sentido, el contenido de las políticas y la inversión social de la Alianza queda relativamente relegado a un segundo plano.  Un indicador de esto último -según informes recientes de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal)- se tiene en el comportamiento de las tasas de pobreza que se evidencian en los países.  En Colombia la población de pobreza total logró pasar de 45 a 28 por ciento; Perú logro reducciones por la mitad, del 52 al 25 por ciento; pero México tuvo en esto de la pobreza un retroceso, al pasar de 31 a 37 por ciento de su población.  Finalmente Chile pasó de tener un 13 por ciento de la población viviendo en condición de pobreza, a 11 por ciento.  Todos estos datos considerando el período entre 2005 y 2018.

En estos últimos ocho años, en contraste, las cifras oficiales de pobreza si tendieron a disminuir con mayor consistencia en los países de Mercosur. Siempre de conformidad con datos de Cepal, la pobreza en Brasil pasó de 36 a 18 por ciento; en Argentina de 30 a 20 por ciento; en Venezuela las cifras han desaparecido, y se tiene un país al borde de una crisis humanitaria.  En Paraguay prácticamente los indicadores de pobreza tendieron a estancarse, mientras que Uruguay tiene niveles de población viviendo en pobreza que son reducidos, cerca del 8 por ciento.

Un factor que se encuentra detrás de la reducción de la pobreza con mayor intensidad en los países del Mercosur es la mayor actividad de las políticas públicas, muchas de ellas asistencialistas. Esto genera dudas respecto a la perspectiva de los logros, dado que se pone en duda lo sostenible de los programas.

Se teme que procesos con altos niveles de inflación, esto es de inflación galopante, terminen tragándose los beneficios económicos y sociales de los programas asistenciales.  El caso más dramático es el de Venezuela.  Como se sabe, en este país, las cifras estarían superando los 2,400 por ciento en el alza generalizada de precios. Si a eso se une el desabastecimiento y el desempleo, se tiene un escenario que ha sido explosivo en las calles de las principales ciudades de ese país.

Que Mercosur presente una mayor ampliación de sus mercados internos es algo ventajoso en términos de la estructuración de su demanda y en la disminución de procesos productivos dependientes de ámbitos externos en lo que no hay mayor control.  El problema se centra en que el asistencialismo debe ser al final, una “ayuda para la auto-ayuda” de amplios sectores sociales, más que una forma de vida.  En la medida que la población se acostumbra a vivir de dádivas o regalos, se compromete la sostenibilidad de los programas y se puede violar la ética del esfuerzo y el trabajo. 

Por otra parte, la Alianza del Pacífico centra sus esfuerzos de manera más pragmática en el corto plazo.  Los avances se notan, pero también se tiene el riesgo de que no se profundicen los alcances de la integración y con ello se queden limitados a un área de libre comercio, mientras se estancan las carencias de oportunidades para las familias que no logran insertarse en los actuales circuitos de la dinámica económica. 

 *Ph.D. University of Pittsburgh/Harvard. Profesor de la Escuela de Administración de la Universidad del Rosario. El contenido de este artículo es de entera responsabilidad del autor por lo que no compromete a entidad o institución alguna.