La cultura del cemento

AFP

No deja de ser extraño el comportamiento de la sociedad en general, en cuanto hace a la coherencia entre el discurso y los hechos que ocurren cuando se tiene la oportunidad de hacer lo que se dice; tenemos como ejemplos un sinnúmero de situaciones, desde lo que ocurre en miles de hogares entre el “mijo diga siempre la verdad” y un minuto después el “mijo conteste y diga que no estoy”; hasta los ladrones de cuello blanco reunidos criticando el aumento de la delincuencia en el país.

A dicho fenómeno no escapa, ni mucho menos, el sector ambiental; muchos políticos están trabajando en discursos que exaltan la importancia de la conservación de los entornos ecológicos y de las riquezas naturales de nuestro territorio; mientras apoyan, promueven y llevan a cabo obras que destruyen nuestras riquezas naturales y disminuyen la calidad de vida de los habitantes. Y el asunto no radica en no construir obras importantes, radica en hacerlo respetando el entorno y cuidando nuestro patrimonio.

Hace pocos días tuve la oportunidad de regresar a la Amazonia colombiana y no resistí la tentación, estando allí, de ir al parque Santander para observar la maravillosa llegada de las aves en el atardecer leticiano; oh sorpresa desagradable, la administración municipal del principal enclave nacional en la inmensa Amazonía ha reducido en cerca de un 35% los árboles que sirven de abrigo a estas aves, averigüé los motivos que llevaron a esto y descubrí dos razones que no servirían para justificar a un niño de pocos años: La primera que se debían sembrar flores que embellecieran la ciudad y la segunda que el costo de la limpieza del parque estaba siendo muy elevado; espero que sea solo la maledicencia del pueblo, pero la realidad es que se está deforestando, se está degradando un atractivo turístico y se está afectando la estabilidad de una fauna muy especial del sector.

No hace mucho en la campaña presidencial se oyeron propuestas “ecológicas” en teoría, que carecían de cualquier análisis profundo sobre los impactos económicos y ambientales que habrían generado de ser llevadas a la práctica, recordemos a manera de ejemplo las siguientes; el reemplazo de la explotación petrolera por la siembra masiva de aguacates, desconociendo los efectos ecológicos negativos de dicho monocultivo y el impacto social por la pérdida de ingresos en el país; la prohibición total de la minería y de la extracción de hidrocarburos, desconociendo que en muchos países del mundo se puede hacer de forma armónica con el medio ambiente y que se debilitaría en forma grave el desarrollo económico del país; la construcción de un nuevo canal interoceánico que atravesara el Chocó biogeográfico, sin tener en cuenta que se podría afectar más del 20% de la fauna y la flora del país sin posibilidades de recuperar algunas especies de carácter endémico de la zona.

Ahora salen estudios de prestigiosas universidades europeas que nos demuestran que a octubre de 2018 se ha duplicado la producción de gases de efecto invernadero con relación al total de este tipo de gases producido durante todo el 2017, y que comparando los mismos periodos la deforestación ha aumentado en 2,34%. ¿Para dónde va nuestro planeta?

Me parece que alguien debería responder algunas preguntas; ¿Qué dijo la Corporación autónoma regional sobre la tala de árboles en el parque Santander? ¿Es posible exigir una especie de viabilidad socio-ambiental antes de embaucar al pueblo con promesas de campaña que de ser cumplidas causarían inmensos daños? ¿Podíamos hacer que funcione adecuadamente la justicia penal en delitos contra el medio ambiente? En fin, tendría muchísimas preguntas pero lo más importante sería que tomemos conciencia sobre los problemas de lo que yo denomino “la cultura del cemento”.

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@alvaro080255