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En un país en el que los bienpensantes se apoderaron de la visión “correcta” de la historia, incomodar a quienes abanderan esa tendencia constituye no solo un tiquete exprés hacia la “cancelación”, sino todo un acto de rebeldía. Sobrevivir en el mundo de los clics, pese a atreverse a confrontar a quienes se saben con certeza axiomática los adalides de la verdad y la mesura es, entonces, toda una hazaña comparable apenas con las tramas que subyacen a las historias épicas que algunos persiguen en la literatura de George R. R. Martin (o, más fácil, en Netflix).
No obstante, siempre me he considerado una mujer medianamente valiente, y por eso hoy decido asumir el riesgo de ser empaquetada en el colectivo de los “radicales”, en lugar de afrontar las consecuencias de perder la libertad por quedarme callada. Porque algo tengo claro: lo que voy a decir hoy, no les va a gustar.
No les va a gustar que hablemos de ese ajedrez -digno de un tablero de Garry Kasparov- que muchos de quienes ustedes consideran sus referentes de ecuanimidad, han sabido armar con miras a las elecciones de 2026. Esos que, con un talento virtuoso y un tufillo de superioridad moral, han logrado venderse una y otra vez como la renovación, el cambio y “el centro”, aunque llevan años haciendo equipo inescrupuloso con variopintos politiqueros de la más rancia estirpe, en cualquier gobierno de turno.
“¡Gustavo, ganamos!”, decía la que hoy posa como su más acérrima opositora y quien, con agudeza camaleónica y una especie de recubrimiento de teflón ético, ha logrado adaptarse a los juegos de poder disfrutando de sus mieles para luego, en el momento preciso y con facilidad deslumbrante, hacerse a un lado sin asumir ninguna responsabilidad.
Ella y sus espadachines (as) en el Congreso salen incólumes y sin el menor atisbo de vergüenza después de haber apoyado públicamente la génesis de esta debacle (y la génesis a la que me refiero antecede a Petro). Ella y su grupillo, hoy posan de engañadas para reencaucharse, hacerse a un partido y volver a seducir incautos -empezando por uno que otro empresario- mientras conservan, eso sí, varias de sus cuotas. Pero representan lo mismo. Son los mismos.
Luego aparece el otro. El que decía que los Acuerdos no tendrían alcance constitucional a menos que el pueblo los aprobase en un plebiscito. El que, de forma irresponsable, nos graduó -a quienes con justa causa desconfiábamos de sus negociaciones- de enemigos de la paz. El que, como Bruto entrando a Pompeyo, traicionó a quien lo había impulsado y a todos los que creímos que defendería las ideas de la libertad.
Ese que se sentaba en restaurantes de la capital con magistrados que después mancillaron la majestad de la justicia para montar un proceso, sin ningún tipo de garantías, en contra de quien había hecho que Colombia no fuese un Estado fallido. El rey de los cínicos que, mientras se autodenomina “independiente”, lidera subrepticiamente la nueva fuerza política del Petrosantismo, con fichas atornilladas en el Gobierno y apuestas por varios frentes, para llegar a la presidencia.
Ellos dos carecen de escrúpulos, han hecho de la hipocresía su forma de vida y son lo mismo. Junto con Gustavo hicieron equipo y aunque insisten en hacernos pensar que son enemigos, cada uno es ficha clave en el juego de destrucción de los valores democráticos y del país.
Esa tríada perversa le ha hecho mucho daño a Colombia, y es el momento de decirlo a viva voz, sin eufemismos, aunque a muchos no les va a gustar.
Ayer, el señor Martín Santos compartía este trino en X: “Quienes se lancen a la presidencia por el partido de gobierno estarán fortaleciendo las candidaturas del ala más radical de la derecha”. ¿Les queda alguna duda de que están jugando de forma articulada para desligarse, en apariencia, del nefasto gobierno ÚNICAMENTE con fines electorales? ¿Les queda alguna duda de que la que hoy se vende como opositora del gobierno es solo otra de las fichas del Petrosantismo para asegurarse de que lo que ellos estigmatizan como “el ala más radical de la derecha” no les gane en el 2026? ¿Les queda alguna duda de que ellos tienen la capacidad maquiavélica de armar un ajedrez electoral tan sofisticado que volvería a engañar no solo a “las gentes más sencillas” -como diría Jorge Enrique Robledo-sino a cualquiera de nosotros que tema “crear más fragmentaciones cuando todos deberíamos estar unidos en contra de un enemigo común”?
Ellos son lo mismo. Ya lo han demostrado varias veces. No puede quedarnos duda.
Hoy, seguramente, ganaré algún amigo de mentiras y muchos enemigos de verdad, pero hay cosas que deben ser dichas: los estandartes de equilibrio de los intelectuales del país están sirviendo de cómplices a la prolongación del petrismo. Irresponsable sería no alertarlo y avalar silenciosamente la destrucción total de la democracia.