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En los últimos días se pensó que, por cuenta de la reciente guerra del micrófono entre Donald Trump y Volodímir Zelensky, las tratativas iniciales para poner fin a la confrontación ruso-ucraniana se vendrían a pique. Pero, a juzgar por la reunión que mañana sostendrán los dos líderes en Washington, se ha vuelto a retomar el cauce a una salida pronta y diplomática. Con ello se busca evitar una prolongación de la impredecible catástrofe bélica en la zona euroasiática que, por su parte, se había prometido de pocos meses y precisamente por estas fechas ya cumple tres años. De hecho, no pocos han hablado del inicio de la Tercera Guerra Mundial, dadas las amenazas nucleares que se han derivado de la contienda.
Ahora, cuando el escenario parece ser otro, parte del complejo tema estriba, justamente, en el alcance de las nuevas relaciones entre Estados Unidos y Ucrania. En efecto, de no haber ganado Trump las elecciones norteamericanas contra Kamala Harris, hace apenas tres meses, seguramente todavía se estaría en la misma retórica vacua de Joe Biden, que prometió que Vladimir Putin caería en Rusia como coco de la palma, en un dos por tres. Para ello, anunció el entonces presidente estadounidense, bastaba el cerco de las sanciones económicas impuestas y declarar a Putin enemigo número uno del mundo. Lo cual llevaría, a su vez, a una paulatina rebelión del pueblo ruso contra el autócrata del Kremlin, hasta el desplome definitivo y el recambio político a la vuelta de la esquina.
Desde luego, nunca hubo un plan certero sobre el cual esto pudiera sustentarse y deducirse. Fueron más bien pálpitos de Biden sobre los que, sin embargo, jamás se dio a conocer una estrategia específica; un presupuesto y cronograma militar atinentes; y una ruta crítica que permitiera el escrutinio público adecuado. Tampoco se tomó, desde el comienzo, la drástica y necesaria decisión de ayudar a Ucrania con el armamento correspondiente, para adelantar una guerra de esta envergadura. Por el contrario, solo cuando el pueblo ucraniano demostró capacidad de resistencia, el excomediante Zelensky, ahora muy serio en el gobierno de Kiev, fue tratado de héroe, paseado por diversos lugares del planeta (incluida la ONU) y, asimismo, visitado por los políticos como quien se encuentra con una vedette en aras de mejorar las encuestas y la popularidad internas (especialmente por parte de los europeos).
En tanto, la guerra no cejaba en su mortandad, mientras el planeta sufría una espiral inflacionaria en todos los rincones al producirse una erosión en la cadena de suministros agrícolas a causa de la debacle en Ucrania y, al mismo tiempo, desatarse una crisis energética en los países de Europa dependientes de las fuentes rusas.
En esa perspectiva, Trump ofreció durante la campaña presidencial conseguir la paz y acabar con una confrontación interminable, bajo el renovado liderazgo de Estados Unidos. Como se sabe, obtuvo un mandato democrático contundente, incluido aquel propósito de terminar lo más rápido posible con la hecatombe euroasiática, suscitada por la invasión rusa. Más pronto que tarde, pues, se puso manos a la obra y una vez posesionado, el 20 de enero, renovó su promesa de actuar en consecuencia a la orden popular impartida.
En el corto trecho de un mes, hasta hoy, ya es claro el viraje y paulatinamente se ha venido perfilando una propuesta con sus altas y bajas, dado su carácter decisivo y polémico. Pero ya, por lo visto, con Ucrania se comienza a llegar a un punto de encuentro. Efectivamente, se trata del acuerdo marco que firmarán mañana Trump y Zelensky, con base en el cual se creará un fondo común para llevar a cabo la inversión y explotación conjunta de los ricos yacimientos de minerales ucranianos. Que, como se sabe, suman alrededor de diez mil en todo el país, de los cuales hay actualmente 3.500 en producción. Por su parte, pendiente de saberse si esto será, asimismo, en retribución de las ayudas norteamericanas hasta el momento o si más bien será un convenio de mucho mayor alcance que otorgue una garantía de seguridad y protección militar directa de Estados Unidos a Ucrania, ya que parece definitivamente descartado su ingreso a la OTAN.
Por supuesto, un pacto de este tipo será naturalmente motivo de controversias. No en vano Ucrania tiene las mayores reservas de titanio en Europa, recurso crucial en medicina, la nueva industria automotriz y también la aeroespacial. Al igual que en cuanto al litio, el “nuevo petróleo mundial” (y que está en buena proporción en la zona invadida por Rusia). Para no hablar de la riqueza ucraniana en otros minerales que ahora se denominan “raros” o la combinación del hierro y el manganeso en el también nuevo acero ecológico.
Pero esto solo es un comienzo. Queda, desde luego, la gran incógnita de Rusia. Solo de lo que ocurra cuando se sepa con certeza lo que depare la negociación con el invasor se sabrá la verdadera suerte de Euroasia, incluidos los requerimientos de Europa.