La crisis de Macron

  • Errores acumulados de un gobernante
  • El desafío de los chalecos amarillos

 

Emmanuel Macron, actual presidente de Francia, es graduado en Filosofía y Ciencia Política. Su formación académica es muy buena y domina la lógica cartesiana y la dialéctica. Muy joven se vinculó al Banco Rothschild y allí sus colegas se percataron de que tenía una gran habilidad para negociar y emprender novedosos proyectos. Pronto se ganó su respeto y se consagró aún más cuando consigue cerrar un trato de 9.000 millones de euros, lo que le zanjó la confianza y el apoyo los jerarcas de la entidad financiera. Sus conocidos le admiraban la frialdad con la que miraba los negocios y el futuro. Casado a los 17 años con una dama mayor, se interpretó esa predilección afectiva como un gesto de madurez. Pronto era claro que todas sus energías las centraba en ser el primero entre los banqueros, lo que le permitió relacionarse con las personas más adineradas de Francia y de la banca internacional. Pocos preveían, entonces, que su ambición era la de lanzarse luego a la arena política.

Como uno de los personajes de Stendal, esperó su oportunidad para incursionar en la lucha por el poder. En medio de la crisis del socialismo contaba con grandes amigos en ese sector, en tanto que en la derecha lo veían con cierta desconfianza. También tenía nexos con sectores y partidos del centro, lo que le permitía a Macron moverse con soltura en varios ámbitos partidistas escudado en su condición de banquero. Cuando el gobierno del socialista Hollande hizo agua, los analistas dicen que Macron se promocionó como un dirigente moderado, sin enemigos políticos, que se podía apoyar  en cuanto ningún socialista contaba con verdadero calado popular y ello podría facilitar que la líder de extrema derecha, Le Pen, llegase por el voto popular al poder.

Macron, entonces, fue designado por Hollande como ministro de Economía, Recuperación Productiva y Asuntos Digitales. Pero muy pronto borró su curiosa sociedad con los socialistas y, apoyado tras bambalinas por los banqueros y especuladores, se empieza a posicionar como demócrata centrista y asume un discurso republicano a la antigua usanza, que le gana el respaldo de los nostálgicos del radicalismo francés. Formó acto seguido su propio movimiento político centrista denominado “En Marcha”. La propaganda electoral lo presentó como un salvador que podía evitar la irrupción catastrófica del neofascismo galo y su campaña se enfocó en revalidar los mensajes de libertad,  igualdad y democracia. Unas veces, según sus oyentes, se presentaba como un mesías de la economía y otras como un demócrata con sensibilidad social. Les prometía a los ricos hacerlos más ricos y a los de menores recursos, impedir que los castigaran con más impuestos directos e indirectos. A veces, incluso, intentó discursos al estilo el general De Gaulle, sobre la grandeza de Francia, aunque sin conseguir asociar su imagen a la del famoso estadista, pero tranquilizando en algo los conservadores.

Para Macron lo que contó, al final, es que llegó al poder e impidió que la extrema derecha, que cometió toda clase de errores, ganara las elecciones. Ya en el arranque de su gobierno se presentó como un gran reformista. Sin embargo, confiado en su popularidad y poder, se olvidó de sus promesas electorales y subió los impuestos a los empleados y la clase media, en especial en cuanto a combustibles y los servicios públicos. No percibió el descontento que se incubaba en casi todos los sectores sociales. No vio, tampoco, que en la opinión pública perdió credibilidad y se dudaba de su capacidad real para solucionar los problemas políticos y económicos más urgentes.

Macron impactó cuando frente al presidente Donald Trump dijo que Europa debía tener una fuerza militar propia y disuasiva frente a Estados Unidos, Rusia y China. Pretendía, de improvisto, convertirse en líder europeo pero Trump no le hizo mayor caso y, por el contrario, les exigió a los europeos que pagaran lo que le debían a la OTAN.

Lo cierto es que con el pasar de los meses los problemas domésticos franceses se multiplicaron. El republicanismo verbal del Presidente se percibe como vacío, en tanto el descontento popular creció contra los impuestos, la burocracia, las alzas continuas en combustibles, pasajes, alimentos, arriendos y la caída en el nivel de vida. Una crisis agravada por el impacto de los migrantes que ponen en peligro sus puestos de trabajo locales y presiona el gasto público. Es allí en donde muchos sectores poblacionales se lanzan a la calle y los llamados “chalecos amarillos” irrumpen en París y la provincia. Se mueven, igualmente, por las redes sociales denunciando la corrupción. Las protestas pronto degeneran en desórdenes y la Fuerza Pública tiene que intervenir, generándose escenas propias de cualquier país tercermundista.

Aunque el Presidente francés abrió un diálogo nacional, este no funciona y, por el contrario, viene perdiendo mayor margen de gobernabilidad, con renuncias clave en el gabinete. Una completa sinsalida frente a la cual el Eliseo no parece tener una hoja de ruta viable a corto plazo.