Reforma en relaciones EU-Europa

Foto archivo AFP

Pareciera que el presidente Trump, a toda costa y sacrificio, desea configurar un escenario internacional con aguas agitadas y vientos borrascosos, condiciones siempre propensas a estallidos bélicos e inestabilidades regionales que desde luego justifican el incremento del gasto militar.  No sólo es la “guerra comercial” China, es también Irán, las relaciones con Europa y Rusia, y en menor grado, los nexos con Latinoamérica.

No obstante, ahora se perfilan nuevos liderazgos en la Unión Europea, y esto tendería a cambiar las relaciones; esto implica innovar las estrategias.  No sólo en las relaciones del Viejo Continente con Washington, que es algo esencial, sino también en función de los nexos con China, Rusia, los países de Europa del Este y de Oriente Medio. Se requieren en la actualidad, nuevos planteamientos.

La naturaleza del mandato de Trump trata de afianzar un populismo inmediatista entre sus seguidores, en particular ahora que prácticamente se mantiene en campaña, en pro de conseguir un nuevo período presidencial. Se pueden percibir resultados en el corto plazo, pero en función del largo aliento, las disposiciones desde la Casa Blanca amenazan las condiciones de crecimiento económico, además de los flujos de comercio y finanzas. 

Los liderazgos en la actual condición de multipolaridad no dejan de involucrar riesgos relacionados con futuros padecimientos.  Y uno cree hasta que las cosas pasan.  Allí están por ejemplo, los devastadores resultados que se tuvo con la Gripe de Kansas, la que se originó en ese territorio, el 4 de marzo de 1918.  Fue tan letal esta infección que pudo llegar a cobrarse entre 34 millones y 52 millones de víctimas fatales en todo el mundo. 

Se menciona esto, porque en medio del bullicio, las frivolidades y las perturbaciones nuestras de cada día, ha llegado una noticia relativamente alentadora desde Europa, desde la Vieja Europa que nos ha legado la Revolución Francesa y la Ilustración desde París, o bien el Estado de Bienestar reforzado por Bismarck desde los procesos de la Unificación Alemana.

Las novedades alentadoras que se han conocido a inicios de este mes y dan cuenta de la renovación en los nombramientos de posiciones claves en la Unión Europea, el proyecto político de mayor calado histórico al inicio de este Siglo XXI.

Para ocupar la presidencia de la Comisión Europea -por primera vez una mujer en tal posición- la alemana Ursula von der Leyen; quien presidirá el Banco Central europeo, la francesa Christine Lagarde; el español Josep Borrell será el jefe de la diplomacia europea, a la vez que el socialista holandés Frans Timmermans y la liberal de Dinamarca Margrethe Vestager serán los vice-presidentes de la Comisión.

Todo este acuerdo ha surgido a raíz de la distribución de cuotas de poder, luego del resultado de las elecciones pasadas que se llevaron a cabo en los países de la Unión Europea.  De entrada un rasgo alentador: es posible hablar en Europa, no obstante las diferencias de posiciones, desde la ultra-derecha populista, hasta la socialdemocracia y los partidos verdes. 

Es posible en Europa, aún, poder dialogar, establecer comunicación con base en argumentos más que en sonidos guturales.  Es posible aún entendernos como seres humanos.  Este es un rasgo que va escaseando en nuestras sociedades, sustituido por emotividades tan desenfrenadas, como de escasa racionalidad, por decirlo con cortesía. 

Intensa negociación

Es indiscutible que los procesos de nombramiento de los nuevos oficiales de la Unión Europea han costado un esfuerzo considerable.  Claro que sí.  Allí están las prolongadas reuniones.  Al menos dos de ellas duraron más allá de 10 horas continuas.  Allí están los desvelos de políticos tomando decisiones y de técnicos fortaleciendo los procesos con documentos, borradores de resolución y análisis situacionales. 

Todo un ejemplo de cómo la voluntad política puede concretarse en resultados, en programas estratégicos de política conjunta y en planes de seguimiento. Elementos que hacen falta, como se hace evidente, en la institucionalidad de la integración latinoamericana, que aún subsiste a pesar de las políticas económicas que gravitan en torno al populismo conservador, según el cual, se asume que “el mercado lo soluciona todo, y todo es todo”.

Por supuesto que el caudillismo del matoneo centrado en dar órdenes puede resultar más rápido y aparentemente más fácil de implementarse.  Es el estilo de “a callar y a cumplir”.  Pero por lo general los costos de estos procesos se pueden establecer más a largo plazo.  He allí el componente que no se ve, que no se percibe.  Es un costo social y mundial diferido, que deberá de ser cancelado trágicamente, por generaciones futuras.

Ya se verá, por ejemplo, el desbocado déficit fiscal, deuda total incrementada y gasto militar estratosférico, que está dejando el mandatario desde la capital estadounidense.  Ya se puede ver también, el “estilo de gobierno” que tiene postrada -quien lo diría- a la potencia petrolera latinoamericana, Venezuela.  Para esto último se han necesitado 20 años.

Quizá con esto de Europa todavía puede haber esperanza en medio de las condiciones de belicosidad innecesaria en el mundo.  Véase el costo no requerido que está teniendo la guerra comercial iniciada en Washington, véase el carácter irascible de quienes desestabilizan las de por sí, frágiles condiciones en Oriente Medio, en Irán y el Golfo Pérsico. 

Se va haciendo indiscutible, en la actualidad, la necesidad de un replanteamiento de posiciones, mínimamente entre Washington y Europa; siendo claro que China y Rusia también establecerán su estrategia en este ajedrez de sistemas internacionales.  Se trata de lograr un mínimo de estabilidad y desarrollo.  No sabemos si se logre. No obstante, por ahora, algún resquicio de luz nos llega, nuevamente, desde Europa.

*Ph.D. University of Pittsburgh/Harvard. Profesor, Facultad de Administración de la Universidad del Rosario. El contenido de este artículo es de entera responsabilidad del autor por lo que no compromete a entidad o institución alguna.