Camisa blanca, un infaltable en el armario femenino

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En sus inicios, la camisa blanca era exclusivamente para los hombres. Su origen se remonta a la época victoriana donde las camisas y sus cuellos eran símbolo de riqueza y poder. Hoy es una prensa indispensable en el armario, que ha evolucionado sin perder su estilo y sobriedad.

En el antiguo Egipto fue donde apareció por primera vez esta prenda de vestir de lino delgado con una abertura para pasar la cabeza y recibía el nombre de kalasiris, posteriormente, en el Imperio Romano se le agregaron mangas y se le conocía como túnica manicata.

En un principio las camisas se ponían pasándolas por la cabeza como una camiseta, ya que al principio se consideraban una prenda de ropa interior  y si se veía algo, era solo el cuello de la misma. Su principal función era la de proteger la piel, pero además mantener limpia la indumentaria exterior.

Las mujeres empezaron a utilizarla en época de la segunda guerra mundial, cuando lograron hacer parte del mercado laboral y se valían de este atuendo para demostrar independencia, acercándose así al estatus de los hombres y convirtiéndose en otro símbolo de empoderamiento.

En 1981, la reconocida diseñadora Carolina Herrera nos afianzó y confirmó su elegancia en la primera colección que hizo en donde las camisas blancas fueron las protagonistas y  que  posteriormente se convirtieron en icono de su firma.

Según Lucy Barragán “la camisa blanca se ha convertido en una pieza que parecería eterna, versátil y que dependiendo quién y cómo se use se acomoda con la personalidad de quien la lleva, es una prenda atemporal y que no tiene edad”.

“Amamos esta prenda que por su naturaleza, ya que puede ser usada de mil formas acomodándose a cualquier ocasión dependiendo de sus complementos, es una prenda que se ajusta a lo que se necesite y por esto debe ser un elemento fundamental en el vestier femenino, es un lienzo básico para construir un buen estilismo” concluye Catalina Barragán.

Indudablemente, la evolución de esta prenda ha sido increíble en cuanto a estructuras, formas y materiales, sin perder nunca su elegancia.