Duque, hora de arriesgar

  • Recuperación de la esperanza
  • La juventud y la alta política

 

En Colombia no es extraño que se den presidentes jóvenes. Especialmente en las últimas décadas, donde se ha dado una sucesión de ellos, inclusive en los tiempos más difíciles. Pero la llegada de un joven como el presidente Iván Duque tiene, tal vez, particularidades que no son, precisamente, similares a las de sus colegas anteriores. Y cuya llegada, a no dudarlo, se constituye en un elemento preponderante en los análisis del año 2018 (ver portada).

Es sabido que César Gaviria, por ejemplo, llegó a la Presidencia cuando tenía una edad similar a la Duque, pero en circunstancias catastróficas. No sólo porque fue un sustituto de emergencia del inmolado Luis Carlos Galán, sino porque los candidatos de la justa presidencial inmediatamente anterior habían sido también asesinados, como el aspirante de la UP, Jaime Pardo, o habían sufrido el secuestro de manos del M-19, como Álvaro Gómez. De hecho, en la misma campaña en la que ganó Gaviria, cayeron por efectos de las balas, en 1990, otro candidato de la UP, el joven y carismático Bernardo Jaramillo, como también el recién firmante del proceso de paz por parte del M-19, Carlos Pizarro, acribillado en un avión comercial.

No podrán imaginarse los más jóvenes de hoy el nivel de incertidumbre que adquirió entonces la viabilidad de Colombia como entidad nacional. De suyo, desde entonces se comenzó a ver el país, en el exterior, como un “Estado fallido”, malhadado epíteto que intentó resumir en un solo calificativo la embestida contra la democracia en ambos flancos de las guerrillas y el narcoterrorismo, a veces unidos. La verdad sea dicha, semejante palabreja del “Estado fallido” parecía más bien fruto de una mentalidad algo calenturienta, aparentemente académica, puesto que nunca creímos que las bases democráticas colombianas fueran a sufrir un cambio tan drástico. Aun así, la conspiración criminal había impuesto un reto superlativo que mantenía la desestabilización y el escepticismo a la orden del día.

Ante ello, Gaviria contestó moviéndose ágilmente y estremeciendo las bloqueadas instituciones del país, a lo que por desgracia se dio corto alcance bajo la consigna folclórica del “revolcón”. Pero la nación pudo salir adelante a partir de un solo instrumento clave: la política. Es decir, el mecanismo por medio del cual los países logran orientarse, reafirmar su identidad y enfocar debidamente su vocación de futuro. En eso, Gaviria acertó. Y la juventud le sirvió para arriesgar en momentos en que ello era lo aconsejable hasta el punto de sacar avante un nueva Constitución de consenso democrático, en medio de otras reformas económicas expeditas, que en principio se pensó una idea utópica e irrealizable.

No obstante, el optimismo que Gaviria alcanzó a despertar se fue de bruces, no solo corrido su mandato, sino especialmente en la administración siguiente del también joven y colega de partido, Ernesto Samper, mediatizado permanentemente por los escándalos que habían rodeado su campaña. Fue un cuatrienio casi perdido del que sin embargo salió el país con la victoria posterior de Andrés Pastrana, otro joven que se había saltado la fila india del Partido Conservador. Prometió la paz con las Farc y el ELN, en lo que no fructificó a raíz de la hoy comprobadamente estéril terquedad guerrillera, pero dejó en firme el Plan Colombia que sirvió de base para la recuperación, en dieciséis años, de la autoridad estatal en el doble mandato de Álvaro Uribe y lograr la entrega de buena parte de las Farc en el doble trayecto subsiguiente de Juan Manuel Santos.

Durante el lapso Uribe-Santos, el país creció considerablemente y cambió sus indicadores esenciales, a raíz del bum minero-energético, así como que terminó de romperse el bipartidismo que de alguna manera había servido de base a Gaviria, Samper y Pastrana. Fue entonces, en este 2018 de tantas aristas políticas, cuando llegó a la presidencia el joven Iván Duque, fruto de una división inédita del espectro político colombiano entre centroderecha y centroizquierda.

Pupilo de Uribe, como en principio lo fue Santos, Duque ha visto, sin embargo, declinar de modo vertiginoso su popularidad en la trayectoria muy corta de su periodo y elevarse ostensiblemente el pesimismo ciudadano. Pero, precisamente por su juventud y moderación, el Presidente puede reconocer sus yerros, afianzar sus ideas principales y recuperar la esperanza. Es la tarea inmediata. Para ello no basta con anunciar pactos o coaliciones. Hay que hacer política… alta política en el pleno y fecundo sentido de la palabra. No puede, en esa vía, el Presidente resignarse de antemano a ser un simple administrador de las realidades circundantes. Puede ir mucho más allá: señalar propósitos nacionales de gran envergadura. Tiene el camino despejado para ello… si lo quiere.