Argentina: Legitimidad y complacencias política

AFP
Los números del presidente son regulares, en medio de una crisis económica que golpea a los argentinos

 

SE conocen ahora las últimas cifras que estarían explicando aún más, si es que esto es posible, el descontento social en Argentina y la crisis recurrente de gobernabilidad que vive ese país.  Producto de los últimos informes se evidencia que tan sólo el pasado mes de septiembre, la inflación aumentó 7 por ciento, la producción industrial retrocedió un 5.6 por ciento, siendo este el cuarto mes de caída.  Se estima que las jubilaciones y los salarios han perdido al menos un 14 por ciento de su capacidad adquisitiva durante la gestión de Mauricio Macri (1959 - ), iniciada el 10 de diciembre de 2015.

 

Estas condiciones crean indiscutiblemente una crisis de legitimidad que, siguiendo los planteamientos de Jürgen Habermas se enraízan en la ineficacia del gobierno a fin de abrir oportunidades y de aumentar las capacidades de las personas.  Se compromete la gobernabilidad y la gobernanza.  Esto es un hecho.  Pero existe, indudablemente un juego de percepciones mediante las cuales, un 40 por ciento de la población de Buenos Aires, se manifiesta favorable a Macri, a pesar de todo, contra toda esperanza.

 

 En estas posiciones políticas no sólo afecta el fenómeno de la esperanza.  Se tiene la perspectiva para algunos optimistas, que mediante la condicionalidad y los nuevos recursos financieros frescos, producto de los 50,000 millones de dólares que dará el Fondo Monetario Internacional (FMI) puede mejorar el escenario social y económico de Argentina.  Se aferra uno muchas veces a que “la esperanza es lo último que se pierde”. 

 

De acuerdo.  Eso influye, pero también hay otro factor: el elemento de contraste, que tiene relación con las opciones factibles que aparecen. En Argentina la oposición kirchnerista camina por la cornisa con todo el riesgo de enfrentar una debacle: Cristina Fernández de Kirchner estaría a punto de ir a prisión, con base en las acusaciones que pesan sobre ella.  El libreto es muy conocido: apropiación indebida de fondos y en general obscuros manejos de los recursos públicos.

 

 Ciertamente en Argentina, en América Latina, en muchas partes del mundo ocurren hechos que van superando los más agudos trabajos de ficción, ya sea que estos emergieran de la pluma de Isaac Asimov (1920-1992) o de Franz Kafka (1883-1924).  Allí está Trump, Maduro en Venezuela o Duterte en Filipinas.  Allí está la contundente amenaza de Bolsonaro en Brasil.  Una senda auténtica, de descenso a la barbarie.

 

Se indica esto en el caso de Argentina reconociendo que Macri es de poco presentar, pero presentar al fin de cuentas.  Tómese nota que el actual presidente argentino ganó siendo una persona que tenía una deuda millonaria.  Hay evidencia de que el actual gobernante se auto-condonó la deuda que en momento determinado habría ascendido a 70,000 millones y que ahora con la devaluación podría estar rozando el doble de ese monto, tal y como lo documenta recientemente el investigador Luis Bruschtein en el diario Página 12.

 

 En ocasiones podemos estar frente al fenómeno –lo puntualiza Bruschtein- de los lemmings.  Unos roedores que según el mito, se lanzan al mar en una suerte de suicidio colectivo.  Se trataría de una medida de control poblacional, dado que la alta fertilidad de las hembras y el ciclo relativamente corto de vida pueden desembocar en auténticas explosiones de población.

 

Quizá en este juego colectivo de la “post-modernidad” actuemos sí, como algo de lemmings.  O para decirlo parafraseando a Montesquieu, Rosseau o Marx, uno de los éxitos más grandes de los grupos hegemónicos es hacer que se perpetúen las condiciones de carencias y exclusión con las que convivimos habitualmente, eso de las inequidades se nos hace ya parte del paisaje.  Esas serían las peores cadenas: “la indiferencia y el olvido”.

 

 ¿En medio de todo esto qué está en juego, cuáles son los problemas de legitimidad?  Pues se encuentra en juego un conjunto de procesos que en buena lid, deberían irse traduciendo en mayores oportunidades y ampliación de capacidades para las personas.  Ese es un aspecto vital del desarrollo que se desea.

El centro del debate debe centrarse en propiciar un modelo de democracia abierto, con mejoras substanciales en la ciudadanía, en la educación y la formación del capital humano. 

 

Es obvio que en la medida que una sociedad sea más incluyente, se tendrán factores que pueden propiciar círculos virtuosos en la mejora de la calidad de vida.  El crecimiento económico exclusivamente no es –como factor único- algo suficiente.  Pero existen correas de transmisión que pueden hacer que el mismo se vea reflejado en desarrollo: el papel de las instituciones incluyentes, la seguridad social, la generación de empleo, de emprendimiento e innovación de las empresas –el único lugar donde se produce la riqueza.

 

Cuando un gobierno fracasa en mejorar esas oportunidades, en no propiciar cuando menos mejoras en las condiciones de equidad, la dinámica de los acontecimientos genera mecanismos negativos.  En la medida que aumente la población pobre, al final, perdemos todos, dada la carencia de demanda efectiva que pueda actuar como catalizador, como motor impulsor de la actividad económica y de la mejora social de un país.

 

El centro del debate debe centrarse en propiciar un modelo de democracia abierto, con mejoras substanciales en la ciudadanía, en la educación y la formación del capital humano.  De lo contrario se continuará con las sendas de la exclusión y el elitismo, con las condiciones de vida marginal para amplios sectores sociales.-

 

Ph.D. University of Pittsburgh/Harvard Profesor, Facultad de Administración de la Universidad del Rosario El contenido de este artículo es de entera responsabilidad del autor por lo que no compromete a entidad o institución alguna.