La implosión del Mónaco

* Concentrarse en lo verdaderamente importante

  • Dejar atrás las desgastadas y cíclicas polémicas 

 

 

Hoy será demolido el edificio Mónaco, que se ha convertido en un símbolo, sin duda nefasto, del poder criminal que llegó a tener en las décadas de los ochenta y noventa el ya extinto líder del cartel narcotraficante de Medellín, Pablo Escobar.

La destrucción de la edificación, que dará paso a la construcción de un parque en homenaje a las miles de víctimas del narcoterrorismo en la capital antioqueña y todo el país, generó un curioso debate en los últimos días. De un lado están quienes apoyan la decisión de la Alcaldía de Medellín de implosionar este símbolo de la barbarie y el crimen organizado, sobre todo porque algunos avivatos han creado alrededor del mismo, la tumba del capo y hasta los sitios de los más cruentos ataques una creciente modalidad de “narcotours”, que rayan en la apología al delito y ofenden la memoria de los afectados por la violencia narcotraficante.

En la otra orilla están los sectores que consideran que sería mejor utilizar el edificio para tareas de apoyo y asistencia a las víctimas de la violencia, o reacondicionarlo para que allí funcionen de nuevo sedes policiales, militares, de la Fiscalía y la justicia, como una muestra de que el Estado triunfó sobre los carteles de Medellín y Cali, y de que la institucionalidad utiliza ahora para el bien lo que estos consiguieron con drogas y violencia.

Existe una tercera corriente de opinión que sostiene que no se puede borrar ni ‘demoler’ la historia, por más nefasta que sea. Traen a colación incluso que en muchos países aún se conservan las ruinas o vestigios de las peores tragedias y barbaries, con el fin de rendir homenaje a las víctimas y servir de símbolo permanente de lo que el mundo no puede permitir que se repita. Hablan, por ejemplo, de cómo se conservan algunos de los campamentos nazis durante el Holocausto, sin que ello se interprete como apología al delito ni se diga que sus miles de visitantes cada año están motivados por el morbo y la indolencia con las víctimas.

Es más, el debate ha dado lugar a otras polémicas, como el poner de  nuevo sobre la mesa los problemas que ha enfrentado en las últimas décadas la legislación colombiana para poder extinguir el dominio de miles de propiedades muebles e inmuebles decomisadas a los narcotraficantes, guerrilleros, paramilitares, corruptos y  delincuentes de toda ralea. Otros analistas han aprovechado las discusiones alrededor de la demolición hoy del edificio Mónaco para hacer una radiografía de la evolución del narcotráfico en treinta años y cómo se pasó de grandes organizaciones y reconocidos capos a un escenario más difuso, con organizaciones más pequeñas y nuevos actores locales e internacionales. Y, claro, no faltan los que aprovechan la coyuntura para advertir que hoy, lamentablemente, el tráfico de narcóticos se encuentra otra vez en auge, como lo prueba el aumento de los narcocultivos, el boom del narcotráfico y el récord en decomisos de cocaína en Colombia y el exterior.

Lo importante, en todo caso, no es si el edificio Mónaco debió ser conservado o si lo mejor es reducirlo a escombros. Eso termina siendo un hecho circunstancial. Lo que hay que relievar, por encima de todo, es cómo Medellín y el país entero se supieron sobreponer al embate del narcoterrorismo. No es momento, tampoco, de caer en el desgatado tema de si Escobar es el colombiano más conocido en el mundo y menos de ahondar en el porqué del morbo nacional e internacional que aún despierta su figura -como lo prueban el eco de muchas series, películas y libros en torno al mundo criminal que lo rodeó-. Todo lo contrario: la implosión de la edificación símbolo de su imperio delincuencial es ocasión propicia para recordar a los miles de muertos y heridos por sus atentados. De rendir homenaje también a los miles de altos funcionarios, policías, militares, jueces, periodistas y demás personas que lo sacrificaron todo, incluso su vida, para evitar que el narcotráfico terminara cooptando al Estado colombiano. También para destacar una vez más cómo el país logró superar esa negra etapa de su historia. Esto es lo que debe permanecer perenne en la memoria de todos nosotros, sin importar que sobrevivan o no los símbolos de los victimarios, que terminan siendo un asunto menor al que muchas veces se le presta una atención tan excesiva como innecesaria.