Ética profesional, reto de la educación superior

Foto archivo El Nuevo Siglo
Un enfoque hacia al uso social del conocimiento. Nueva entrega de la alianza entre EL NUEVO SIGLO y la Procuraduría General 

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En una semana cualquiera se pueden encontrar algunos titulares de prensa como los siguientes: “Interpol Panamá captura a médico solicitado por México”, “Capturados dos abogados investigados por extorsión en Bucaramanga”, “El director anticorrupción capturado por supuesto soborno”, “Capturan a profesor que dirigía banda de roba-carros en El Progreso”, “A la cárcel, doctor de Medicina Legal que había abusado de dos niñas en exámenes forenses”. Estos titulares dan cuenta de la controversia que está poniendo en cuestión el actuar ético de los profesionales en el país. Esto, porque la sociedad, en la medida que se va ampliando el capital moral de los ciudadanos, exige acciones coherentes con su ideal democrático, de justicia y de paz.

Esta situación particular abre la pregunta por la formación ética de los ciudadanos que acceden a la educación superior ¿Cómo fortalecer el ejercicio responsable de los profesionales en Colombia? Ante esto, a la universidad se la interroga no solo por la generalidad de su quehacer, sino también por su carácter específicamente científico, ético y político; en lo que radica la importancia de pensar la formación como un proceso en el que, necesariamente, el individuo desarrolla capacidades que posibilitan el ejercicio responsable de la profesión.

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Generalmente, parte de la formación ética (cursos o asignaturas de ética) es asumida del mismo modo en el contexto de la educación superior y en el de la educación básica y media: como un trabajo individual poco valorado, tanto por la administración educativa, como por los estudiantes.

Se llega hasta considerar que la ética no debería estar en los currículos de los programas académicos como asignatura. Podría ser un asunto transversal a la formación o una práctica personal que no requiere su enseñanza.

Quizá esta forma de considerar la formación ética radique en el hecho de que no se ha logrado relacionarla de manera adecuada y significativa con los demás cursos o asignaturas del plan de estudio de los programas académicos. No obstante, se coincide, sin vacilaciones, en que la ética es importante para la formación de los profesionales, quienes deben poseer, además de las habilidades correspondientes al ámbito disciplinar, las competencias éticas necesarias para obrar de manera responsable en sus campos de desempeño laboral, en particular, y como ciudadanos, en general.

De ahí la importancia de los esfuerzos e iniciativas que están realizando las universidades y sus programas académicos por incluir en sus currículos y planes de estudios aspectos relacionados con la ética en la disciplina.

Las universidades han ido fortaleciendo los comités de ética, se han desarrollado en el país redes y colectivos de ética de las profesiones, así como la realización de eventos académicos sobre temas relacionados con la ética.

Implicaciones

Una profesión no solo implica el dominio técnico de habilidades específicas de una determinada disciplina, y es mucho más que una forma de obtener ingresos económicos para la realización de un plan de vida. Las profesiones son, hoy, un bien social y cultural que tienen a la base las capacidades (físicas e intelectuales) de los ciudadanos para transformar, enriquecer y mejorar la calidad de vida en una democracia.

De ahí que, la exigencia de la formación universitaria esté orientada a procurar profesionales capaces y moralmente responsables frente a los desafíos, no solo de sus campos disciplinares, sino, fundamentalmente, frente al uso social del conocimiento.

ENS

Existe una concepción -de cierta manera restringida- sobre la ética profesional en el campo de la formación universitaria que la entiende, exclusivamente, en relación con los códigos de ética de las profesiones que cuentan con ellos. Por ejemplo, los abogados y su código de confidencialidad para con sus clientes; o el código de honestidad de los médicos para con sus pacientes; o el código de responsabilidad que adquiere un piloto de una aerolínea comercial.

La ética profesional no se puede entender como una ética de contenido. Es decir, saber cómo se debe vivir no es suficiente para vivir mejor o tomar las mejores decisiones. Se esperaría que los mejores pensamientos orientaran las acciones de los individuos, pero no siempre se da esta condición. En la vida cotidiana, el individuo se enfrenta a una cantidad de variables que determinan, al menos en parte, su deliberación y posterior acción, enfrentándose, así, a los llamados ‘dilemas morales’; por lo que, pese a que puede tomar el mejor curso de acción posible y prever consecuencias, frecuentemente elige lo contrario, aun conociendo los efectos negativos de su acción.

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Imaginarios sociales

Ahora bien, el modelo cultural y económico actual de la sociedad hace pensar que hay profesiones más nobles e importantes que otras: profesiones de primer o segundo orden, siendo las de primer orden las que cuentan con mayor valor social y, en consecuencia, mejores remuneraciones.  Estos imaginarios sociales inciden en la elección de los individuos para ingresar a la universidad y elegir un programa académico; elección que, en muchos casos, no está acompañada de un proceso vocacional frente a los desempeños, destrezas y motivaciones que se requieren para el ejercicio de una profesión.

Esto podría implicar que el individuo asuma la profesión como un artificio técnico del que solo tiene que dar cuenta de unos conocimientos y aplicaciones disciplinares y no de los grados de incidencia social que sus acciones como profesional pueden tener.

Los deberes y derechos del trabajador son logros relativamente recientes. La esclavitud -dicen popularmente- se ha negociado a ocho horas diarias, en el mejor de los casos. ¿Qué implica esto? Que pese a trabajar por una remuneración y con una serie de descansos y sin ser sometidos a maltratos físicos, los hombres aún invierten gran parte de su vida en una labor cotidiana, la cual, muchas veces, no ejercen por gusto o con pasión, sino por necesidad o supervivencia.

El hombre promedio trabaja cerca de 40 años. Es decir, que casi toda su vida madura y racional está atravesada por su profesión, lo que implica que sus deliberaciones, sus reflexiones y, por ende, sus acciones se relacionen, de una u otra manera, con su trabajo profesional.

La ética profesional, entonces, se hace necesaria para mediar y regular las reflexiones y acciones del hombre en su entorno profesional, a partir del enriquecimiento de los debates y las deliberaciones de un individuo en el ejercicio de su profesión, pretendiendo orientar -pese a que, a veces, no suceda así- el actuar de los individuos frente a sus responsabilidades y las exigencias que implican la disciplina y la profesión en el mundo laboral.

* Director del Instituto Nacional de Investigación e Innovación Social (INIS). Director de la Licenciatura en Ciencias Sociales Universidad de Cundinamarca