“OJALÁ SIGAN VINIENDO”
Crónica| Los ángeles de Riosucio

Pablo Uribe
La Patrulla Aérea Civil Colombiana una vez al mes realiza una brigada de salud en algún lugar abandonado del país. Esta vez, como lo viene haciendo desde hace 4 años, llegó a este municipio del Chocó, donde, en dos días, atendió 1,382 personas.

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A JOSÉ* le tiemblan las piernas cada tanto. No sabe en qué momento, pero sí por qué empezó a sentir esas ráfagas de hielo en sus tendones. “Fue de tanto pescar en aguas frías”, explica, en un acento que delata su origen, de Unguía, un pueblo ubicado a varios kilómetros de Riosucio, donde hoy maneja una tienda.

Tiene 59 años, pero habla como si hubiese vivido un siglo. Un tiempo que ha pasado inadvertido al igual que en Riosucio. Aquí no hay acueducto, tampoco agua potable y menos vías. “Hemos sido olvidados”, dice.

La única novedad en este humilde municipio sobre el río Atrato es que, aparte de las mutaciones de la violencia, unos médicos vienen a prestar servicios gratuitos de salud en una brigada de dos días. Se llaman la Patrulla Aérea Civil Colombiana (PAC).

Brigada

En Bogotá, un día y medio antes de que José viera a la Patrulla en persona, a eso de las 6 de la mañana, un grupo de médicos, voluntarios y pilotos se reúne en un salón del Aeroclub de Colombia.

No tienen ningún ánimo de lucro, ningún afán de protagonismo. Son más bien lo que normativamente se cree de un médico, aquel que tiene como máxima de vida la bondad y el altruismo.

Visten un par de botas pantaneras, se echan al hombro una maleta pequeña y los más asustadizos luchan contra el miedo a las alturas. En grupos de máximo seis, se suben en avionetas dispuestas por la PAC, una asociación de más de 80 pilotos privados que transporta a los más de 500 voluntarios de la salud a los lugares más inhóspitos del país.

Esta vez, como casi siempre, la misión será compleja, aunque las condiciones de Riosucio hacen que quizá sea aún más difícil. “Durante los últimos cuatro años se ha ido varias veces”, dice Pamela, gerente general, luego de aterrizar en medio de un aeropuerto rodeado de banano en Chigorodó.

choco(Voluntarios de la Patrulla Aérea Civil Colombiana se dirigen a Riosucio: Pablo Uribe)

 

Desde julio de 2013 al menos 19 niños indígenas murieron por causa de enfermedades prevenibles en el municipio. En alerta por la situación, la ONU hizo un llamado en 2015 para que las autoridades intervinieran ante las altas tasas de mortalidad infantil.

La Patrulla recibió el llamado y de inmediato llegó a tratar la problemática en Riosucio. Por cuarto año consecutivo, está de nuevo en casa. La comunidad arropa a este grupo de voluntarios como si fuera parte suya; parece un elemento ineludible de su desarrollo social.

Es claro que en el Chocó “hay más niños que adultos”

Liceo

La inmensidad del Chocó se manifiesta de diferentes maneras. Además de su costa, que bordea los océanos Pacífico y Atlántico, tiene una población pluriétnica y multirracial, que se aglomera en Riosucio y sus zonas aledañas. Los niños de los Embera Dobidá y los Wounaan sufren de problemas de alimentación asociados a la escases y la contaminación del río Atrato.

La mayoría ha llegado luego de cinco horas en lancha desde corregimientos como San Juan o Marcial, bien adentro del departamento. Para ser atendidos, “la Patrulla ha enviado un cargamento con dos toneladas de medicamentos, máquinas de anestesia y monitores, que salieron de Bogotá hacia Chigorodó y de ahí a Riosucio”, cuenta Enrique Martin, director de operaciones.

Son un poco más de las 10 de la mañana y la fila se empieza a llenar de mujeres vestidas con ‘parumas’ (faldas indígenas) de flores color sapote, naranja y rosa. Por cada una, al menos se cuentan tres niños. Es claro que en el Chocó “hay más niños que adultos”, como dice un conductor; para darse cuenta basta pasear por los salones del Liceo Antonio Ricaurte.

foto

(Madres de las etnias Emberá Dobidá y Wounan aguardan frente a uno de los salones donde se hacen consultas de pediatría: Pablo Uribe)

 

Una abuela de la etnia Wounan se va revisar sus dientes. “Vine a la brigada porque decían que había odontología”, comenta Lita Chorchó, en un español que deja en evidencia que no es su lengua nativa.  Acompañada por sus sobrinas, sus ojos achinados expresan tranquilidad, pese a que es la primera vez que le hacen este procedimiento.  Algunos odontólogos comentan que les ha sorprendido la “capacidad para aguantar dolor” de las comunidad indígenas. “Ni se inmutan”, dicen.

Los médicos van y vienen como las ráfagas que golpean las piernas de José. El bosque húmedo tropical de la región no impide que se atiendan niños indígenas que padecen vómito, fiebre y diarrea, un diagnostico que suele repetirse en cada cita.

Sea cual sea su posición en la comunidad  -cacique o gobernador- algunos ven a la brigada como la única forma de tratar a sus hijos. Hace unos años, Agustín era el gobernador de una pequeña comunidad Emberá Dobidá localizada en Guandó, Quiparadó. Se encargaba de los animales y de construir casas para su gente hasta que un día se le terminó el periodo y tuvo que volver a ser un miembro más.

A sus 47 años tiene ocho hijos que “lo van a cuidar” cuando sea viejo, dice, defendiendo lo importante de una familia grande. Hoy lo acompañan cuatro de ellos, que con otras 11 personas salieron en la madrugada de su comunidad y han llegado a Riosucio luego de cuatro horas en lancha.

Los hijos de Agustín vienen a un control preventivo, ya que en la comunidad hay un brote de “paludismo y diarrea”. Las niñas están descalzas al igual que la mayoría de mujeres que visitan el liceo.

La jornada avanza y dos jóvenes afrocolombianos encargados de logística hacen maromas para entretener a los niños. Hace sol, calor y las filas empiezan a tomar una forma curvilínea; están muy largas, es decir.

“Agua de limón, azúcar y panela, el que tiene…”, cantan y, luego, gritan “grupos de a tres”. Pese a las barreras entre el español y el emberá el entretenimiento no tiene barreras, menos el infantil.

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(Niños juegan mientras esperan su turno en el Liceo Antonio Ricaurte de Riosucio: Pablo Uribe)

 

Al sur del Liceo, Claudia corre con sus botas pantaneras que se retuercen en la medida en que acelera. Su cara transmite una fecunda felicidad tras casi 30 años de asistir a la brigada. “Estoy feliz, estoy feliz”, dice esta pediatra bogotana, que desde 1993 hace parte de la misión.

Todos se sienten gratificados. La voluntad de servir gratuitamente requiere un compromiso individual de verdad, incapaz de ser mentiroso.

La tarde comienza a caer y, como buenos médicos, empiezan a escribir los reportes en cada uno de los seis salones dispuestos para atender a la gente. Francisco, un nutricionista de 29 años, pone su mano sobre la cara mientras cuenta que el 95% de los niños que atendió tenían anemia. “El indígena no tiene la oportunidad de comer carne casi nunca”, explica, “por lo que el nivel de sodio es muy bajo en la sangre”.

“La mayoría de mujeres que se hicieron el ligamento de trompas lo vieron muy bien. Ven esto como una oportunidad de mejora”

Poco a poco los brigadistas empiezan a llegar a un salón donde reparten arepas fritas y huevos revueltos. El silencio es abrumador. No es ese silencio que da miedo por su inconmensurable deseo de venganza, sino aquel que significa la satisfacción de una misión cumplida. Las palabras sobran.

Centro de salud

Ubicado en el costado oriental del Rio Sucio –sí, de ahí viene el nombre de la ciudad-, el centro de salud, una casa grande que se extiende en un piso, hace lo imposible para prestar los servicios básicos. La brigada, equipada con monitores, medicamentos y anestesia, la ha convertido en un lugar prestador de servicios de salud categoría 2, algo inimaginable sin su presencia.

Apenas ha salido el sol y los voluntarios se preparan para salir al hospital o al Liceo. En el borde de la casa donde se hospedan esperan una lancha, mientras tanto una mujer y su hijo yacen sobre una especia de islita de madera que se une con la superficie por un muelle. Allí, untan su cuerpo de jabón, le echan detergente a su ropa y, despreocupadamente, hacen sus necesidades fisiológicas.

Ginecólogos, anestesiólogos y auxiliares de enfermería llegan al centro de salud y en menos de cinco minutos ya visten sus uniformes azules de cirugía. La brigada no solo tiene un componente nutricional y de pediatría, también está enfocada en ginecología, buscando que la mujer, por decisión propia, decida si quiere seguir algún método anticonceptivo o realizarse la ligadura de trompas.

mujeres

(Mujeres esperan en el centro de salud de Riosucio, Chocó, para ser atendidas: Pablo Uribe)

 

La mañana transcurre en medio de miradas escépticas y asustadizas de afrocolombianas que esperan ser atendidas. Entre ellas está Yarley, de 33 años, que no quiere tener más hijos.

“Tengo tres niños y los papás casi no me ayudan con ellos” dice, y, al ser preguntada por la operación, anota que “es mi primera, me da miedo”.

Una mujer de más de 100 kilos, Johanna (31 años), bebe una bebida a base de malta mientras que su amiga Yarley es intervenida quirúrgicamente. Lleva un año y cuatro meses de operada de las trompas, luego de sufrir una preclancia durante su sexto embarazo.

“No es bueno tener ese poco de hijos como está la situación”, explica, relantando además, que “las mamás antes no tenían ese poco de niños que yo veo ahora”.

Tímidamente, mujeres mayores de 30 años esperan su llamado. Sin excepción, todas son afro, aunque la operación haya sido anunciada para todo tipo de razas y etnias. En las comunidades indígenas, cuenta una brigadista, está mal visto que las mujeres se realicen la ligadura de trompas. “Una vez, en el sur del país, un hombre nos quería pegar con un machete”, expone. Se cree –agrega- que de esta forma la mujer le será infiel al hombre por no poder concebir.

El pomeroy -forma como técnicamente se le conoce a la ligadura de trompas- es un método que bloquea la concepción de por vida. Por eso algunas jóvenes optan por la inserción de un implante sudérmico o plaquetas para planificar de manera correcta.

Silvana y Jaderis son parte de ellas. La primera, de 27 años, ya tiene tres hijos y cree que las plaquetas son una buena forma de anticoncepción. Aunque se ríe al momento de ser preguntada sobre si quiere tener más hijos, está convencida, al menos hoy, de ponerse la inyección.

No solo hay mujeres en el centro de salud. Una cortada, que casi se lleva el dedo de su amigo, es atendida mientras que Jesús (23 años), desesperado, da vueltas con su hermano por los pasillos. Al ser preguntado por las intervenciones que se están haciendo dice: “Están bien, las niñas de 12, 13 años ya están embarazadas. Al menos que se cuiden un poco más”. “Es decisión de ellas que no quieran tener más hijos. Los hijos son el futuro del pueblo”, agregó.

Mientras el cielo da pistas de lo terrible que puede llegar a ser un aguacero allí, un mulato alto ríe mientras habla descomplicado sobre la jornada en el liceo.

“Vea, por lo menos esto que le ponen plaquitas a la gente y esa vaina. Y gratis, porque después dicen que lo otro”, señala. “Pero los culpables no somos nosotros los hombres, las culpables son las mujeres”.

El agua empieza a caer sobre la arena de la cancha de fútbol del Antonio Ricaurte. Es una llovizna mansa y placentera que refresca después de una humedad del 85%. El ambiente no se compara con el de hace un año, cuando el municipio estaba inundado y la brigada tuvo que transportarse en lancha. “No sabía cómo era caminar por Riosucio”, comenta una voluntaria.

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(Panorámica del Liceo Antonio Ricaurte)

 

Ella, como muchos de sus compañeros, había navegado el municipio en las últimas visitas, pero hoy, aparte de saber cómo son las calles, tiene otra certeza: que la brigada ha logrado concientizar a la comunidad sobre la prevención de enfermedades y natalidad, después de atender a 1382 personas.

“La mayoría de mujeres que se hicieron el ligamento de trompas lo vieron muy bien. Ven esto como una oportunidad de mejora”, concluye sobre el tema Nery Palacio, una auxiliar de más de 46 años de experiencia en Riosucio.

“Tuvimos un gran avance porque las comunidades indígenas se colocaron el dispositivo”.

 

*Este nombre ha sido cambiado por razones de seguridad.