La geopolítica comercial

  • China desarrolla su estrategia
  • El avance del poderío asiático

Las dos potencias mundiales de Occidente y Asia libran en la actualidad una guerra comercial que el gobierno de China califica como la más grande en la historia de la humanidad. Y los hechos corroboran esa afirmación. En el 2000, según cifras de organismos internacionales, la economía del país asiático representaba el 3,6% del PIB mundial, pero ya para 2016 su participación se elevaba al 15%. En ese mismo año aparece China como el mayor productor agrícola e industrial global, disputando, cabeza a cabeza, con Estados Unidos el predominio en los principales mercados. Hoy por hoy la nación asiática es la mayor consumidora mundial de energía, lo mismo que de cobre, aluminio, estaño, zinc, carbonato de litio y soja, entre otros productos. También es la más poderosa prestamista internacional y tenedora mundial de reservas. Incluso, hay más de 100 empresas chinas entre las grandes del planeta.

Paralelo a esos notables avances comerciales, Pekín se ha ocupado de modernizar su arsenal bélico y rearmar sus fuerzas militares de aire, mar y tierra. Y esto gracias a que gran parte de sus billonarias divisas y utilidades en los negocios provienen de sus ventas a los Estados Unidos, su principal socio y rival comercial.

Todo lo anterior explica por qué el pulso político y comercial entre Pekín y Washington tiene consecuencias no solo en esas potencias, sino en terceros países, ya sea por el ‘efecto dominó’ de los tratados de libre comercio, o por la política de renegociación comercial global que adelanta el gobierno de Donald Trump para disminuir el déficit de su país. La cuestión es tal que ya algunas naciones industrializadas y emergentes revisan sus políticas de desarrollo y buscan hacer más competitiva su producción local, en la dirección de blindarse lo más posible de la disputa entre China y Estados Unidos. Por lo mismo se abre paso ahora, en determinadas áreas económicas, un proteccionismo estratégico y defensivo.

Para no pocos analistas de los mercados internacionales, es claro que el impacto de la crisis económica mundial que golpeó a China en 2016, determinó que esta comprara menos petróleo en el exterior, lo que influyó en una caída más pronunciada del valor del crudo. Ello en forma paralela a que Estados Unidos aumentara de forma significativa su producción petrolera. Hoy, en cambio, desde principios de 2018 la cotización del ‘oro negro’ está al alza, en gran parte por la demanda creciente de la potencia asiática.

Hoy por hoy las inversiones de China en nuestra región son cuantiosas. Su geopolítica busca asegurar mercados, comprar o asociarse a empresas petroleras, mineras y de sectores estratégicos, así como participar como financiadora en grandes proyectos de desarrollo, así algunos resulten un fiasco, como pasó con el tristemente célebre canal interoceánico en Nicaragua, que apuntaló por un tiempo la dictadura de Ortega. Lo mismo que las megaobras que el chavismo prometió en Venezuela, y que se quedaron en el papel. Pero aun así, la oposición de ese país dice que China controla la llamada “Franja del Orinoco”, la más grande reserva de crudo de la vecina nación. Está claro, igualmente, que los planes de relanzar la industria de hidrocarburos y la industria con capital asiático tampoco se concretaron. Pero pese a ello, el cuestionado mandatario Nicolás Maduro acaba de conseguir un nuevo préstamo durante su viaje a China, esta vez por 50 mil millones de dólares, sin que se conozcan a ciencia cierta los términos de la negociación. En otras naciones, como Ecuador, el capital chino domina gran parte del mercado del cobre y pisa duro en los de plata y petróleo.

Como se ve, parecería que la geopolítica de expansión china busca el predominio, a futuro, en los mercados de países modestos, por lo que no sorprende que se anuncien ahora grandes inversiones en El Salvador, donde participarían de la construcción del Puerto de la Unión, que movilizaría 100 mil conteiner anuales, al tiempo que se crearía una zona especial en donde la legislación sería de corte internacional. También harían parte del proyecto férreo en todo ese país centroamericano. Ya Washington expresó su malestar por esa alianza entre El Salvador y China, incluso por cuanto se dice que se habría concertado en la negociación que la nación centroamericana rompiese con Taiwán.

Como se ve, en materia política y comercial China juega duro y cuando invierte grandes capitales no está pensando en el corto plazo ni en pequeño. Lo evidente es que ya se habla que de continuar, una parte de América atrasada y dividida, estaría entrando en poco tiempo a la era del predominio asiático.