Amylkar D. Acosta M | El Nuevo Siglo
Martes, 10 de Mayo de 2016

La gran alianza por la paz

 

Construcción de paz debe darse desde los territorios, no desde los escritorios”

 

INCEREÍBLEMENTE desde 1971 no se hacía en Colombia un censo del sector agropecuario. Por fin le llegó su hora y el año pasado se realizó el Censo agropecuario, gracias al cual se dispone de información actualizada y confiable de la pungente realidad del campo colombiano de la que se adolecía. Ahora ya no hay disculpas, la política agropecuaria dejará de “volar por instrumentos”, partiendo de supuestos o suposiciones para su implementación.

Ahora los responsables de la gestión pública, los formuladores de la política pública y el Congreso de la República disponen de esta base para la determinación de una transformación integral del sector, tal como quedó planteada en el Plan de Desarrollo y lo contempla el primer punto de los cinco que hacen parte de la Agenda que se negocia en La Habana.

Se dio otro paso importante con La Misión rural, coordinada por el experto José Antonio Ocampo, complemento necesario del Censo agropecuario, que le sirvió de base para diagnosticar con toda crudeza la dramática situación que acusa el campo colombiano. Colombia es un país con enormes brechas, pero la mayor de ellas es la que existe entre las zonas rurales y las ciudades. Además del diagnóstico, la Misión rural esboza y propone una estrategia tendiente a sacar el campo de la postración, la exclusión social y la pre-modernidad, para, de esta manera, reivindicar la población allí asentada. 

Es bien sabido que la falta de un ordenamiento del territorio se ha constituido en una fuente generadora de conflictos en el campo, tanto por la ocupación como por el uso del territorio. De allí la perentoria necesidad de avanzar en el ordenamiento territorial, tanto departamental como regional, esfuerzo en el que está empeñado el DNP y IGAC, como lo manda la Ley orgánica de ordenamiento territorial.

Y, claro, no se puede abordar la problemática del campo y de la ruralidad, que han sido el teatro de la guerra cruel y cruenta que por más de medio siglo lo ha asolado, sin aludir al postconflicto, una vez que se le ponga término al conflicto armado con la firma del Acuerdo de La Habana. Partimos de la premisa de que la negociación llegó a su punto de no retorno y que es inminente el acuerdo y por lo tanto, habida cuenta de que la paz es territorial, desde ya las regiones deben alistarse para asumir los retos que planteará este nuevo escenario. La construcción de la paz se tiene que dar desde los territorios y no desde los escritorios.

Se impone, entonces, la necesidad de forjar una Gran Alianza por la Paz, como bien supremo de la Nación. No la dejemos escapar, para ver si, al igual que las estirpes condenadas a Cien años de soledad en la obra cumbre de nuestro laureado García Márquez, tengamos “por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra”. 

Montería, mayo 6 de 2016