Andrés Molano-Rojas | El Nuevo Siglo
Domingo, 24 de Abril de 2016

Desde la frontera

 

El de las fronteras nunca ha sido un asunto fácil para los Estados.  Viven obsesionados con ellas, con su delimitación, con su defensa, con su protección y control.  Con frecuencia, paradójicamente, las dejan abandonadas a su suerte.  Quizá porque son demasiado periféricas en lo geográfico, marginales en lo económico, residuales en lo político.  En el caso de Colombia, las fronteras encarnan a la perfección la relación disfuncional que ha existido a lo largo de la historia entre Estado, territorio e institucionalidad.  Esa disfuncionalidad ha hecho de muchas zonas de frontera verdaderos territorios desgobernados.

La frontera es en primer lugar “frente”, puesto de avanzada de la expansión territorial, y eso tal vez explique su carácter conflictivo, tanto en el plano interno como interestatal.  También es confín, último horizonte y a la vez “confinamiento” -parapeto que encierra, muro que protege-.  Y por supuesto, es “límite”:  término, y en ese sentido, lugar de encuentro con el “otro”, el “vecino”, del que es imperativo distinguirse y, al cual es, al mismo tiempo, necesario reconocer como distinto.

La frontera es, además, todo lo que ocurre en la vida de quienes la habitan: las prácticas, las necesidades, la memoria, los modos materiales de vida (unos más formales y lícitos que otros) y también los imaginarios de los pobladores.  Por eso ninguna política pública de fronteras puede construirse sin involucrarlos, sin comprometer a las autoridades locales, sin la participación de las organizaciones sociales que operan y de los gremios que producen sobre el terreno.

El conflicto interno ha golpeado duramente a las fronteras.  Incluso llegó a desbordarse hacia los Estados vecinos, perturbando las relaciones bilaterales y alterando sustancialmente la agenda binacional con varios de ellos.  Algunas zonas de frontera sirven hoy como santuario y retaguardia de los grupos armados ilegales, y a ello se añaden fenómenos como los cultivos ilícitos, la minería ilegal, el tráfico de personas, que con otros factores, generan un peligroso cóctel en materia de seguridad y convivencia social que no devendrá inocuo simplemente con firmar un papel en La Habana.

Si la paz, como ha dicho tantas veces el Gobierno nacional, es territorial, deberá serlo especialmente en las fronteras.  Allí aflorarán, como en pocas regiones, los principales desafíos del posconflicto.  Pero también reside en ellas la oportunidad de saldar una deuda histórica, de normalizar la relación entre Estado y territorio, de perfeccionar las instituciones y empoderar a la sociedad, e integrarlas, de una vez por todas, en un proyecto compartido de nación sin el cual no habrá ninguna paz posible.

*Analista y profesor de Relaciones Internacionales