DIANA SOFÍA GIRALDO | El Nuevo Siglo
Viernes, 7 de Marzo de 2014

¿Se agota la capacidad de aguante?

 

Transmilenio  se convirtió en el escenario preferido para las protestas populares en Bogotá. Sus carriles exclusivos y sus estaciones presencian a diario las manifestaciones de ciudadanos indignados o en proceso de indignarse, por motivos que van desde la inconformidad de padres de familia, por deficiencias en el colegio donde estudian sus hijos, hasta la destitución del Alcalde.

Ocasionalmente, las causas son imputables al sistema, como sucedió esta semana. Habría pasado más o menos inadvertida pues  la ciudadanía mira estos episodios como rutinarios. Pero esta vez hay que prestarle atención por las lecciones que deja sobre el comportamiento de una gente normalmente pacífica, a la cual las equivocaciones administrativas y los abusos gubernamentales están empujando al borde de la exasperación.

Los retardos, las fallas de los buses alimentadores, la aglomeración, los desórdenes para ingresar al portal y al propio bus, la inseguridad, el robo descarado que ya se volvió atraco público, el manoseo a las mujeres                                de cualquier edad, sexo y condición que se arriesgan a utilizar este transporte, se acumularon hasta  enfurecer a los usuarios. Ya no valen las disculpas ni la represión. Los pasajeros están realmente  bravos. Y lo demostraron.

El Alcalde saltó al escenario para robarse el show,  demostrar su dominio de las masas, probar su popularidad y darle al país entero una lección de liderazgo que facilitara una nueva embestida contra el Procurador, cuya decisión de sancionarlo era confirmada en esos precisos minutos por el Consejo de Estado. Saltó al techo de una camioneta, megáfono en mano para mostrarle al país un líder en acción. Y ahí comenzó a verse que el estado de la opinión es muy distinto de lo que presumen sus dirigentes.

Primera sorpresa: lo recibieron con una sonora rechifla y durante su discurso no hubo un solo instante de silencio para escuchar lo que decía. Su voz se perdía entre el barullo y, cuando subió el tono, sus gritos fueron unos más dentro de la ensordecedora oleada de reclamos.

Cuando menos lo pensaba, se encontró a su lado con una contradictora vehemente, que exponía con elocuencia las peticiones del público. La multitud la escuchaba y la aplaudía. El griterío se reanudó cuando el Alcalde volvió a hablar. Cuando dijo que buscarían soluciones, el coro enfurecido gritó que ya estaban cansados de oír mentiras. Ofreció mejorar la seguridad de los pasajeros y le contestaron que ojalá fuera cierto. Comenzó a culpar a los oligarcas enemigos del pueblo y los manifestantes respondieron que esa es “la misma carreta”. Afirmó que la única solución era el metro y la tempestad de silbidos casi no deja escuchar los gritos de “no vinimos a hablar de eso”.            

Para colmo de infortunios aparecieron los gases que se suponía no serían usados para dispersar la reunión del Alcalde con “su” pueblo. Y alcanzaron no solo a ese pueblo sino al Alcalde.

La lección está lo suficientemente clara para que la entiendan los demagogos o aspirantes a serlo: si un gobierno es incapaz de solucionar los problemas sentidos de la comunidad, no hay discurso político que aplaque las inconformidades. No es un tema de izquierdas ni derechas, sino de buena administración. Como lo repetían los  manifestantes, “la gente no traga más cuentos”.